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La isla de la amistad y el desenfreno

Todo ocurre “a mil por hora” en “La isla olvidada”, la flamante película animada de DreamWorks que nuevamente reúne a los codirectores de “El Gato con Botas: El último deseo”, Joel Crawford y Januel P. Mercado. Su nuevo filme tiene el sello de ambos de principio a fin: es hiperquinético, hipercolorido, hipersensorial, hiperemotivo. Todo es exuberante en este relato sobre una amistad en vilo y sobre lo complicado que puede ser aceptar que “mi mejor amigo” existe más allá de mí mismo, con sus propias necesidades y anhelos, de modo que es inevitable que llegue el momento en que sus deseos no estén alineados con los míos. Es una pieza sobre la mutabilidad de las relaciones, incluso aquellas que dábamos por sentadas.

Ambientada en Filipinas (y enriquecida con una versión pop del imaginario cultural de ese país), “La isla olvidada” cuenta la historia de Jo y Raissa, dos niñas que se conocen en la escuela y se vuelven mejores amigas a lo largo de la infancia y la adolescencia. Ambas son inseparables. Sin embargo, cuando la vida “adulta” llama a la puerta, algo parece cambiar: Raissa se prepara para irse a estudiar a la universidad en los Estados Unidos, mientras que Jo trabaja vestida con una botarga de pollo y se resiste a la idea de perder a su amiga. De pronto, algo sucede en la que podría ser su última noche juntas: ante ellas se abre un portal que conduce a un reino misterioso del cual han escuchado desde pequeñas. ¿Cómo resistirse a dejarse caer en ese sitio mágico?

El principal atributo de “La isla olvidada” es de carácter estético. Su acabado plástico, de inspiración abiertamente noventera, se desborda por los límites de la pantalla. Así, los colores y motivos de la década de 1990 adquieren un protagonismo hipnótico para quienes fuimos jóvenes en aquella época, mientras que despiertan la curiosidad del resto de las generaciones. Sí, nuestra estética fue exorbitante a su modo.

La película, además, está construida con arrebatos visuales que resultan entretenidísimos. Todo es excesivo: las reacciones de los protagonistas, el ritmo, la banda sonora, el diseño de los personajes. Me divierte un montón la forma en que Crawford y Mercado llevan las cosas siempre “más allá”, incluso si estos recursos hiperbólicos parecen marcar el carácter visual de la animación contemporánea, como lo vemos en títulos como los del “Spiderverso” de Spider-Man, los “Chicos Malos”, las “Tortugas Ninja” o los “Mitchell contra las Máquinas”. Seguro que ya me cachaste por dónde va la propuesta de “La isla olvidada”. Ahora llévalo al paroxismo y ahí está: animación desmesurada y casi caótica.

Pero “La isla olvidada” también se disfruta discursivamente. Tras años de amistad, dos chicas deben separarse porque sus caminos son distintos. ¿Puede una infranqueable distancia dar la estocada final a una amistad profunda y de tantos años? Es así que el filme revela su carácter de “coming of age” o película de maduración. Las amigas inseparables deberán crecer, deberán aprender que su “otra mitad” existe (como ya lo expuse) más allá de ellas, aun sin ellas... o a pesar de ellas, porque también hay una tremenda guerra de voluntades en esta trama. Es un relato sobre los afectos y cómo a veces los llevamos por caminos sanos y, a veces, por caminos más bien tóxicos; es un relato sobre reconocer que el bienestar del otro al que quiero también puede brindarme solaz.

Jo y Raissa tienen que aprender a quererse sin poseerse. No está fácil, los seres humanos tropezamos siempre con esa piedra. La isla olvidada se siente como una gran y desenfrenada fiesta: puede que al día siguiente no te acuerdes de nada, pero de los amigos de verdad, sí, siempre. Es una celebración por todas las amistades que nos marcaron en la infancia y por esas figuras que dejan una huella tan profunda, que nos acompañan sin importar dónde estemos.

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