Ideas

La inteligencia artificial y el voto libre

La democracia va más allá de las urnas, inicia mucho antes, en la intimidad de una conciencia capaz de informarse, comparar, dudar, deliberar y decidir. El voto es solamente el instante visible de un proceso interior. Por eso, cuando se debilita la capacidad de pensar, también se debilita lentamente la libertad política. Queremos ciudadanos más educados y responsables.

La inteligencia artificial posee enormes ventajas. Puede ayudarnos a ordenar información, comprender asuntos complejos, contrastar argumentos y descubrir perspectivas que quizá no habíamos considerado. Sería absurdo rechazar un instrumento tan poderoso por miedo a sus posibles abusos. El problema no está necesariamente en la herramienta, sino en la relación que establecemos con ella.

Sí existe una pereza mental que se va adquiriendo casi sin que nos demos cuenta. Dejamos que una aplicación escriba por nosotros, que resuma e interprete y, finalmente, decida muchas cosas.

Poco a poco podemos perder el hábito de redactar una idea, sostener una opinión, reconocer una contradicción o llegar a una conclusión propia. Si la mente no se ejercita, termina por aceptar con facilidad lo que otros le sugieren.

El mayor peligro político de la inteligencia artificial quizá no sea solamente que difunda propaganda a favor o en contra de un partido o candidato. Existe otro riesgo más profundo: que adormezca al ciudadano, que anestesie su juicio y lo convierta en un consumidor pasivo de respuestas aparentemente inteligentes. Una democracia formada por personas que han renunciado a pensar podrá conservarse en el poder en las elecciones, campañas y urnas, pero perder poco a poco su verdadera sustancia. Ciudadanos libres y educados.

La libertad no consiste únicamente en poder elegir entre varias opciones, sino en comprender por qué elegimos una de ellas. Un voto emitido por repetición, resentimiento, miedo, consigna o dependencia tecnológica puede ser legal, pero difícilmente será plenamente libre.

Por eso debemos utilizar la inteligencia artificial para fortalecer nuestra inteligencia, no para sustituirla. Podemos pedirle datos, argumentos y explicaciones; pero nos corresponde verificar, contrastar, discernir y decidir. La última palabra no debe pertenecer al algoritmo, sino a la conciencia.

La democracia necesita ciudadanos mentalmente despiertos. Frente a una tecnología que cada día “piensa” más rápido y mejor, nuestra responsabilidad no es pensar menos, sino pensar más: con mayor profundidad, independencia y sentido crítico. Solo así la inteligencia artificial podrá convertirse en una aliada de la libertad y no en la incómoda antesala de nuestra renuncia a ella.

Estemos atentos a no perder nuestro análisis y pensamiento crítico. Y tomar en cuenta este riesgo de sumisión y sometimiento, con el uso inadecuado de esta gran herramienta.

dellamary@gmail.com

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