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La ficción os hará libres, un rato

No es tan difícil. El otro lo miró con expresión burlona y repuso: Si tú lo dices, ha de ser cosa de acercarse a ella y cortésmente hacer a un lado a sus guardaespaldas diciéndoles: con permiso, permítanos, vamos a secuestrar a la Presidenta. El primero que habló sonrió: no me refiero a que podríamos secuestrarla así nomás, quiero decir que no es tan complicado como la gente cree, recuerda cuántas veces se le han acercado, un día hasta la tocaron; claro, en este caso no se trataría sólo de acercarse a ella, sino de llevársela unas horas, insisto, no sería tan difícil.

Quienes platican son el militar retirado, con grado de coronel, Elpidio Larrañaga, fue parte del extinguido Estado Mayor Presidencial desde el sexenio de Luis Echeverría, se jubiló un año antes de que Enrique Peña Nieto entregará todo lo que entregó a López Obrador. El otro es Luis Azafrán, doctor en ciencia política, especializado en economía, su obra más celebrada es “Democracia y economía en México, el costo de la demagogia y la ignorancia”.

Se conocieron un día que el Dr. Azafrán, en el sexenio de Vicente Fox, fue a Los Pinos a presentarle al presidente una propuesta para potenciar la economía del Sur a través de planear el desarrollo de la mano de las comunidades y añadir a las cuentas de la productividad elementos socioambientales: apuntar hacia un modelo económico diferente pero complementario con el que hizo del Norte de México una potencia económica global. Fox no entendió porque conjugaba a la perfección los dos elementos del ensayo de Azafrán: demagogia e ignorancia. A quien sí estimuló fue al entonces mayor Larrañaga, que se acercó al Dr. para decirle que su propuesta era muy interesante, claro, es originario de Huajuapan de León, Oaxaca; quedaron de comentarla y, cosa extraña en México, cumplieron: se citaron en un Sanborns, el mismo en el que más de veinte años después hablan sobre secuestrar a Claudia Sheinbaum.

Viejo y frustrado, Azafrán comentó a su amigo que ha escuchado muchas de las “mañaneras” de la Presidenta para contrastarlas con la realidad económica, política y social, la de más allá de Palacio Nacional, y cada día se pregunta con más ahínco, enojado ¿cómo es posible que la Dra. Sheinbaum digas esas cosas, las cree o de plano es muy apta para simular y mentir? Le fascinaría, dijo al coronel, tener dos horas de entrevista a solas con la Presidenta para cuestionarla sobre el sistema de salud, las medicinas, las finanzas públicas, los programas sociales, la relación del régimen con el crimen organizado. ¿En verdad está convencida de que las instituciones que destruyeron, del Poder Judicial al INE, del Banco de México al INAI, fue en beneficio de la gente? ¿De cuál gente habla? ¿Qué opina verdaderamente del Tren Maya, de la refinería en Dos Bocas? ¿Habla seriamente cuando declara que no han militarizado al país o cuando jura que no lo han endeudado? ¿Qué opina, honestamente, sobre la corrupción en su administración y en la previa?

Qué cara pondría —se aceleró aún más Azafrán y se le puso la cara amarillenta— si le digo que el pueblo cubano sufre una dictadura terrible, también el nicaragüense, que están salvajemente sometidos ¿lo aceptaría? Ella y yo, tú también, coronel, con el juramento solemne de que lo que nos diga quedará entre nosotros, le explicaría que tuvimos que recurrir a la violencia de raptarla porque ya no puedo con la incertidumbre: ¿es usted perversa, es ignorante? ¿El fin es que su movimiento no suelte el poder y todos los medios se justifican? Y no únicamente los medios ¿justifica los daños colaterales? Pobreza, crisis económica, violencia, el fin de la democracia, cesar el estado de derecho y ceder control territorial a los criminales.

El coronel hizo una mueca que podría pasar a la categoría de sonrisa. Me gustaría decirte que más vale que intentemos levantar a la Presidenta, si no lo hacemos te volverás loco, pero creo que es tarde: tú, querido Luis, ya perdiste la cordura. Cosa que no me asusta, me especialicé, en el Estado Mayor, en apoyar locuras de los señores presidentes a los que serví; te aseguro que difícil no está. Con todo y que estoy cierto de que no saldrás de ninguna duda, la señora presidenta, lo sé por experiencia, está convencidísima de lo que discursea porque para ser presidente —otra de las cosas que la experiencia me enseñó— es necesario deshacerse de los conocimientos previos, de la moral que tengan, si alguna, y ya que lo logran, ellos mismos, ahora ella misma, rellenan la página en blanco en que se convirtieron, con su realidad: los saberes que inventan, la ética que les conviene y a los demás, a la república, los ven muy a la distancia, sólo así puede ocurrir el milagro: su fe en ellos mismos, en ella misma; esa fe es toda la constatación que necesitan para sentirse satisfechos y material de primera para la Historia.

Larrañaga y Azafrán abdujeron a la mandataria de la manera más simple: dentro de Palacio Nacional. El esquema que usó Elpidio fue el de una comedia de enredos, muy en sintonía con lo que son ahora los cuerpos de seguridad, y consiguió llevarla, ella no supo qué pasaba, a la habitación en la que murió Benito Juárez. Ahí Azafrán se dio gusto inquiriendo a la Presidenta, llegó al extremo de amenazarla: si él percibía que no era sincera, no la dejarían libre. El interrogatorio duró tres horas, las que le tomó a los de seguridad preguntarse: ¿dónde andará la Presidenta? ¿Cuál? Preguntó el más avispado. Azafrán no se recuperó, repetía sin cesar: el que sabe nada sabe y aquellos que nada saben, hoy, lo saben todo; se volvió cristiano. Tiempo después Larrañaga hizo un resumen de lo sucedido: lo que el Dr. obtuvo esa noche fue una mañanera Montessori. No añadió más, no era necesario.

agustino20@gmail.com

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