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La fatal selfie de Velasco

Hay errores que no modifican una política, pero revelan su verdadera jerarquía. . El 9 de julio, el gobierno mexicano anunció acciones legales por la muerte de 17 connacionales bajo custodia y durante operativos de ICE. La Presidenta Claudia Sheinbaum prometió hacer todo lo posible. La Cancillería habló de denuncias, organismos internacionales y cartas dirigidas a centros de detención.

La decisión era correcta. México dejaba de tratar cada muerte como un expediente aislado y comenzaba a señalar una responsabilidad institucional.

Estados Unidos respondió devolviendo las cartas. Consideró inadmisible que México pretendiera condicionar la actuación de funcionarios estadounidenses dentro de su territorio y recomendó utilizar los canales diplomáticos tradicionales.

Era un desaire directo a la Presidenta y a su nueva estrategia.

Dos días después, el canciller Roberto Velasco publicó una selfie con Marco Rubio durante la final del Mundial. Escribió que había sido “un gusto” saludarlo, lo felicitó por la organización del torneo y celebró lo que ambos países pueden lograr juntos.

El problema no fue que Velasco se reuniera con Rubio. La diplomacia exige hablar incluso después de un agravio. Tampoco debía convertir una fotografía en otro comunicado sobre los migrantes muertos. Eso habría sido artificial.

El problema fue la emoción que no pudo contener.

Velasco apareció desbordado por la satisfacción de estar junto al secretario de Estado estadounidense. No como el técnico responsable de administrar una relación compleja, sino como alguien fascinado por haber sido admitido en la escena del poder.

La imagen no sugería prudencia institucional ni dominio de sí. Proyectaba el entusiasmo de quien mira el poder desde afuera y, al encontrarse dentro, necesita demostrarlo. En un canciller, esa ansiedad no es inocente: altera el mensaje del Estado.

Y Velasco ya no era el funcionario que acompañaba la política exterior. Era el canciller.

Su obligación no consistía únicamente en preservar el diálogo. También debía proteger la autoridad de la presidenta que acababa de elevar el tono frente a Washington. En cambio, su entusiasmo convirtió aquella firmeza en una indignación provisional: suficientemente intensa para una conferencia, pero incapaz de sobrevivir a una selfie.

La fotografía perjudicó severamente a Sheinbaum porque transmitió un mensaje distinto al que ella había construido. Mientras la presidenta exigía consecuencias, su canciller parecía celebrar el acceso. Mientras México protestaba, su representante sonreía como quien acaba de recibir una distinción personal.

Washington no necesita interpretar discursos; observa conductas. La secuencia le permitió concluir que las muertes pueden producir denuncias y cartas, pero no alterarán la fascinación mexicana por la cercanía con el poder estadounidense.

Ése es el error fatal.

No fue la fotografía. Fue exhibir que la indignación oficial tenía menos fuerza que la emoción personal del canciller. Velasco confundió servir al poder con sentirse parte de él y, durante unos segundos, olvidó que no estaba ahí para presumir a quién conocía, sino para cuidar a quien lo había nombrado.

Estados Unidos devolvió las cartas de México. La selfie de Velasco terminó de vaciarlas.

paola.nadine@gmail.com 

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