Ideas

La expansión de la ciudad en los sesenta

En 1963 y 1964, respectivamente, se concluyeron las obras de los primeros rascacielos de la ciudad: el Condominio Guadalajara y el Hotel Hilton.

1964 marcó también un hito en la ciudad, pues el 8 de junio nació en Guadalajara Juan José Francisco Gutiérrez Pérez, a quien se llamó “el tapatío un millón”, justamente porque Guadalajara llegaba al millón de habitantes, acontecimiento que fue motivo de júbilo para habitantes y autoridades.

Su nombre se integró con los del cardenal arzobispo de la ciudad, el gobernador del Estado y el presidente municipal. Hablamos, respectivamente, del excelentísimo señor cardenal José Garibi Rivera, el profesor Juan Gil Preciado y el licenciado Francisco Medina Ascencio.

La ciudad iba expandiéndose. El único límite natural ha sido hacia el Norte, la Barranca de Oblatos, pero hacia los otros tres puntos cardinales fue creciendo a gran velocidad, a tal grado que hoy se encuentra conurbada con varios municipios:

Zapopan, Tlaquepaque, Tonalá, El Salto, Juanacatlán, Tlajomulco de Zúñiga e Ixtlahuacán de los Membrillos.

Suena increíble. En aquel tiempo —como dice el Evangelio—, uno de los paseos que más disfrutaba era ir con mis papás a la carretera a Chapala y estacionarnos a un costado, a la altura del aeropuerto, para ver el aterrizaje y el despegue de los aviones. Muchas familias hacían lo mismo, a eso de las cinco o seis de la tarde, y se veían enormes filas de vehículos estacionados y familias enteras disfrutando de un espectáculo que, además, era gratuito.

Lo anecdótico de esta parte del relato es que mi papá me decía: “Hijo, yo no lo voy a ver, pero cuando seas grande, está ya no será la carretera a Chapala; será una de las más grandes avenidas de Guadalajara, que llegará hasta Ixtlahuacán y quizá hasta Chapala”.

No cabía esa idea en mi cabeza, pero ahora el municipio de Ixtlahuacán de los Membrillos ya forma parte integral de la zona conurbada de la ciudad, y lo que antes era pleno campo no tardará mucho en convertirse en una extensión de la noble y leal Guadalajara.

De esa época tengo también un recuerdo muy especial.

A mediados de los años sesenta, hacia el poniente de la ciudad, la Inmobiliaria Meneses Saldaña realizó un desarrollo habitacional que resultó muy atractivo: el fraccionamiento Vallarta San Jorge.

Mis papás decidieron ir a conocerlo, pese a que se encontraba en las afueras de la ciudad, porque después de la Glorieta de la diosa Minerva, hacia el poniente, ya comenzaba la carretera a Nogales. Pero la visión de los fraccionadores les permitió entender que el crecimiento de la ciudad sería mayor hacia el poniente y luego hacia el Sur, por lo que era la carretera a México, después avenida de los Ingenieros y hoy avenida López Mateos.

El fraccionamiento Vallarta San Jorge tenía, además, un atractivo especial para mi papá por los nombres de sus calles, como Fidias (escultor que dirigió los trabajos artísticos del Partenón por encargo de Pericles), Heródoto (el padre de la historia), Euclides (célebre geómetra y matemático), Alejandro (el Magno, el gran conquistador) y Homero (a quien se atribuyen la Ilíada y la Odisea), ya que era un devoto admirador de la cultura griega, sus artes y su filosofía.

Un domingo fuimos a conocer el incipiente fraccionamiento y, en el lugar que hoy ocupa su glorieta central, estaba precisamente la caseta de ventas, donde había una hermosa maqueta que a mi hermano y a mí nos encantaba contemplar. Nos impresionaba ver, a escala, cómo estaba planeada la colonia, mientras nuestros papás recibían información de los vendedores, quienes pacientemente les explicaban los planes de venta, el financiamiento y las bondades del desarrollo, que incluía escuela, mercado y templo, lo que representaba un atractivo más.

La glorieta y la edificación aún se conservan y para mí tienen ese valor histórico. Espero que no se le vaya a ocurrir a alguien derruirlas. El imaginario popular la llama la Glorieta de los Picos y fue obra del arquitecto Marco Aldaco. Por lo que sé, el fraccionamiento se desarrolló con capital tapatío y de la ciudad de Monterrey.

Las oficinas de la inmobiliaria no estaban allí, sino en la esquina de las actuales avenidas de los Arcos y Circunvalación Agustín Yáñez, una zona que también en aquellos tiempos estaba alejada del centro de la ciudad y a unos pasos del ingreso al fraccionamiento Jardines del Bosque, que tenía su emblemático Pájaro de Fuego, una enorme construcción de unos quince metros de largo y doce de alto, obra del arquitecto Mathias Goeritz, y que se encuentra en la actualidad en la confluencia de las avenidas Inglaterra y Arcos.

Ya en otra página les contaré otra breve historia de fraccionamientos y me habré de referir precisamente a Jardines del Bosque, que se desarrolló respetando buena parte del antiguo Bosque de Santa Eduwiges. Es una de las colonias más bonitas del poniente de la ciudad, como la Colonia Chapalita, obra también de la visión del desarrollador José Aguilar Figueroa y del urbanista José Amezcua Rivas, quienes concibieron la idea de la ciudad jardín: “Una casa en un jardín y un jardín en cada casa”.

Historias llenas de recuerdos que, sin duda alguna, les traerán a ustedes muchos más, porque aquella Guadalajara de la década de los sesenta era verdaderamente grandiosa. Teníamos al primer cardenal mexicano, el mencionado señor arzobispo José Garibi Rivera; un supercampeón de futbol, el Club Guadalajara, las Chivas Rayadas, que dominaba la liga con una plantilla integrada solo por jugadores mexicanos, como Tubo Gómez, Chaires, el Tigre Sepúlveda, el Jamaicón Villegas, el Bigotón Juan Jasso, Panchito Flores, Chololo Díaz, Chava Reyes, Héctor Hernández, Sabás Ponce y el Pina Arellano. ¡Un equipazo, sin duda! Y lo reconozco sin que ello signifique claudicar a mis colores rojinegros del Atlas, que siempre llevaré en mi corazón. Además, teníamos un campeón mundial de peso gallo, José Becerra; al gran tenista Antonio Palafox, eterna pareja de Rafael “Pelón” Osuna; y, en el plano político, a un gran alcalde, don Pancho Medina Ascencio, y a un excelente gobernador, el profesor Juan Gil Preciado. Nada más ni nada menos. Además, por si fuera poco, los dos primeros rascacielos de provincia, rivales de la Torre Latinoamericana del antiguo Distrito Federal: el Condominio Guadalajara y el Hotel Hilton. ¿Algo más? ¡Qué ciudad!

Bueno, pues ya le seguiremos en la próxima, aquí en EL INFORMADOR, si Dios quiere. Los espero con café, bísquets con mantequilla y mermelada de fresa. Gracias por su lectura y sus correos. Feliz domingo.

lcampirano@yahoo.com

Temas

Sigue navegando