La batalla por nuestra libertad
Mientras intentas leer esta columna, quizá un anuncio emergente ya cubrió parte de la pantalla. Tal vez un banner parpadea junto a estas palabras, apareció una notificación o tu teléfono vibró para recordarte que hay algo más esperando tu atención. Esta columna también está compitiendo por ella.
En algún lugar del mundo, mientras intentas concentrarte en estas líneas, un equipo de ingenieros, diseñadores y especialistas en comportamiento trabaja para conseguir que apartes la mirada.
No te conocen personalmente, pero conocen tus hábitos. Saben a qué hora te conectas, qué imágenes te detienen, qué emociones te hacen reaccionar y qué contenido puede mantenerte unos minutos más frente a la pantalla.
En esa batalla, cada segundo cuenta. De un lado estamos nosotros. Del otro, las empresas más poderosas del mundo, equipadas con algoritmos y datos, cuyo negocio consiste en capturar nuestra atención y convertirla en consumo.
Nosotros contra gigantes armados de super algoritmos y millones de datos. Esa no es una competencia justa.
Las notificaciones, las recompensas inmediatas, el scroll infinito y los contenidos cada vez más breves no aparecieron por accidente. Son parte de un modelo económico en el que, cuanto más tiempo permanecemos frente a las plataformas, más datos generamos, más publicidad observamos y mayores son las posibilidades de que consumamos. Convirtieron nuestra atención en mercancía.
El problema es que aprendimos a utilizar las plataformas antes de aprender a comprenderlas. Entramos al campo de batalla sin saber que estábamos en guerra.
Sabemos cómo encender un dispositivo, descargar una aplicación y compartir una fotografía. Pero pocas veces nos preguntamos por qué aparece determinado contenido en nuestra pantalla, qué información recopilan las plataformas o cómo consiguen que, después de mirar un video, permanezcamos conectados durante una hora.
Confundimos saber utilizar la tecnología con comprenderla. Por eso nos urge hablar de alfabetización digital.
Durante siglos, alfabetizar significó enseñar a leer y escribir. Después comprendimos que también necesitábamos aprender el lenguaje de los números y de la ciencia. Hoy debemos incorporar un aprendizaje nuevo y urgente: entender las tecnologías y los algoritmos que intervienen todos los días en lo que vemos, pensamos, deseamos y consumimos.
No necesitamos convertirnos en programadores. Pero sí debemos saber que el contenido que aparece en nuestra pantalla no llegó ahí por casualidad. Un algoritmo selecciona y ordena aquello que calcula que puede retenernos durante más tiempo. Cada clic, cada pausa y cada reacción le proporcionan información para conocernos, anticipar nuestro comportamiento y mostrarnos nuevos contenidos, productos o mensajes.
Por lo menos debemos conocer al adversario para comenzar a darle la batalla.
Alfabetizarnos digitalmente significa reconocer esos mecanismos y distinguir entre el contenido que elegimos y el que un algoritmo eligió para nosotros. Pero también exige desarrollar el criterio para discernir cuándo una información es verdadera, falsa o dudosa, y reconocer cuándo una imagen, una voz o un texto fueron creados o manipulados mediante inteligencia artificial. Significa, en suma, aprender a movernos en el mundo digital sin entregar a otros el control de nuestra atención ni de nuestras creencias.
Esta tarea no es exclusiva para niñas, niños y jóvenes. La batalla nos involucra a todas y todos.
También los adultos hemos perdido conversaciones por mirar una notificación. Hemos tomado el teléfono sin recordar qué buscábamos y entregado minutos —a veces horas— a una pantalla que prometía distraernos “sólo un instante”.
Sin embargo, seguimos tratando la desconexión como un asunto de voluntad individual. Le pedimos disciplina a quien enfrenta sistemas construidos y perfeccionados para vencerla. Pero la voluntad necesita conocimiento. En eso consiste equilibrar la batalla.
Las instituciones educativas deben enseñar no sólo a utilizar herramientas digitales, sino a comprender la lógica que existe detrás de ellas. Las familias necesitan conversar y construir acuerdos. Las empresas tecnológicas deben asumir responsabilidades frente a los efectos de sus productos. Y el Estado debe garantizar que nuestros derechos estén por encima de cualquier modelo de negocio.
El adversario aparece cuando dejamos de utilizar la tecnología y la tecnología comienza a utilizarnos.
La victoria, por lo tanto, no consiste en romper nuestros teléfonos ni abandonar las redes. Consiste en recuperar la posibilidad de elegir: decidir cuándo conectarnos, cuánto tiempo permanecer y en qué momento retirarnos.
Eso es más que administrar nuestro tiempo. Es recuperar nuestra libertad.
Aquello a lo que prestamos atención termina construyendo nuestra vida. Nuestra mirada alimenta pensamientos; los pensamientos orientan decisiones; y las decisiones determinan en buena medida quiénes somos.
Alfabetizarnos digitalmente es comprender las fuerzas que compiten por dirigir esa atención. Es encender una luz sobre el campo de batalla.
No estamos condenados a perder. Podemos reconocer los mecanismos que buscan atraparnos, recuperar el tiempo y decidir dónde colocamos la mirada. Pero para lograrlo necesitamos conocimiento, herramientas y conciencia.
Si llegaste hasta estas últimas líneas sin obedecer una notificación, abrir otro enlace o abandonar la lectura por alguno de los anuncios que compiten con esta columna, acabas de ganar una pequeña batalla.
La siguiente consiste en comprender cómo lo hiciste.
La batalla por nuestra atención comenzó sin darnos cuenta. Alfabetizarnos digitalmente es el primer paso para recuperar la libertad y que volvamos a ser nosotros quien decide qué merece el privilegio de nuestra mirada.
twitter: @rvillanueval