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Jessica, ¿por qué no pediste ayuda?

La madrugada del 3 de agosto en El Salto, Jalisco, ocurrió una tragedia doblemente inexplicable. Amisadab Murillo, 28 años, escolta de un mando de la Policía estatal, mató de cuatro balazos a su pareja, Jessica Cárdenas, 35 años. Después se dio un tiro en la cabeza. Estaban a bordo de una camioneta oficial.

Las crónicas policiales -alimentadas de información proporcionada por la autoridad- consignaron un “suicidio ampliado”, término jurídico inexistente y ridículamente eufemístico. Fue un feminicidio. El feminicidio de Jessica, aludida en las notas como “una mujer”, sin nombrarla.

Jessica era una abogada “muy inteligente”, según refirieron colegas. Pero no era cualquier abogada. Trabajaba en el Juzgado Segundo de Control especializado en violencia de género con sede en el Centro de Justicia para las Mujeres de Guadalajara.

Por testimonios de amigas e indirectamente de familiares, todo indica que, a pesar de conocer la ley y trabajar dentro de la institución responsable de atender la violencia de género, nunca pidió ayuda.

Conoció a su feminicida, Amisadab, en una vinatería que Jessica puso en El Salto. Tenían un año y medio de relación. Sus amigas me contaron que hace unos meses ella cambió su comportamiento.

Dejó de arreglarse -o lo hacía a escondidas en el trabajo-, abandonó el gimnasio y se alejó de su círculo social. Sus amistades creen que vivía amenazada y con miedo pues él era violento.

“Hubo varios altercados y al ser escolta y siempre andar armado, se le hacía muy fácil sacar el arma”, refirió un testimonio. Ayer Juan Pablo Hernández, secretario de seguridad estatal, confirmó que el agresor cargaba su arma 24/7 debido a sus funciones.
Varios testimonios dijeron que Jessica planeaba un viaje a Estados Unidos en estos días y Jessica sugirió que su idea era no regresar a México. Pero no tienen más detalles sobre un posible esfuerzo por abandonar el ciclo de violencia.  

¿Qué condiciones de miedo, alienación psicológica o entorno laboral y social desfavorable impidieron que denunciara? Sus amigas barajan hipótesis inútilmente: el miedo, la vergüenza, las amenazas.

Otro testimonio expuso que Jessica rechazaba sentirse víctima, lo cual, en opinión de esta persona cercana, fue una señal de alerta: “Era pedir apoyo, pero saltándola a ella, quizás denunciar una misma… porque ya no era con ella”, se lamentó.  

Jessica dejó dos menores huérfanos.

Según el violentómetro, una señal de grado máximo de riesgo se expresa cuando la víctima recibe amenazas de muerte con objetos o armas. Muchas veces sigue el asesinato.

“No tenemos que dejar pasar nada desapercibido, no tomar nada a la ligera”, acotó una amiga.  

Al hecho inexplicable del feminicidio de Jessica se suma su silencio ante la violencia que padeció.  

Desde las entrañas del aparato judicial no pudo pedir ayuda -o no se la brindaron; lo ignoramos-. ¿Qué vio o qué vivió que decidió callar? El machismo, el poder, la codicia sexual de los hombres y la violencia rodearon su vida.

“No debió pasar”, me dijo su colega. Ni a ella ni a ninguna otra.

P.D. En un mundo ideal, el Centro de Justicia para las Mujeres debió ayudarla. Una mujer puede acudir para denunciar violencia. Pero también ofrecen servicios integrales: evaluación psicológica y la aplicación del violentómetro para determinar la gravedad de un caso.

También brindan asesoría jurídica, representación legal y consejería. Y ofrecen refugios temporales para mujeres y sus hijos, emiten órdenes de restricción y medidas de protección, así como talleres y capacitación para que la mujer salga del ciclo de violencia.

A través del chatbot Violeta de WhatsApp 33-14-15-10-02 puedes consultar todos sus servicios y direcciones. O acudir a uno de los cinco centros en Guadalajara, Vallarta, Colotlán, Tlaquepaque y Tlajomulco. Más informes en el 33-36-68-18-80.

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