Piero en Santa María
Todavía estaba en pie la casa de Sabino 212 de la que José de León Toral salió para matar a Obregón. En las tardes, siluetas oscuras envueltas en chales negros, inquilinas desde el tiempo de la Cristiada, asomaban por las ventanas de los caserones más viejos de Santo Tomás y Santa María la Ribera.
En las calles con nombres de árboles, flores y poetas había rincones intactos que aún habrían reconocido Epigmenio González, Francisco Ayala y Victoriano Miranda, los primeros pobladores de la colonia; esquinas que les resultarían familiares a Amado Nervo, Ángel de Campo, Dr. Atl, Enriqueta Camarillo, Mariano Azuela y Federico Gamboa, nuestros vecinos ilustres.
Había una primaria abierta desde el Porfiriato, El Pensador Mexicano; un asilo de ancianos en la calle de Cedro y una casa de salud mental, que un día perteneció al torero Vicente Segura, cuya arquitectura ecléctica tenía algo de castillo embrujado.
Así recuerdo esa colonia: fachadas de cantera, escaleras de piedra, barandales de hierro, macetas en los patios, en donde se incubaban plantas olorosas, azoteas cubiertas de tendederos y una luz que no he vuelto a ver y que, por las tardes, al caer silenciosa sobre los patios, parecía desacelerar el tiempo.
Apenas ese año se había inaugurado el Metro. En las paredes cercanas a la Normal de Maestros había pintas que recordaban la matanza de Tlatelolco. Era frecuente hallar en las ventanas y en los cristales de los autos calcomanías con los aros diseñados por Lynce Wyman para las Olimpiadas de 1968. Aunque los Juegos de ese año ya eran historia, aquí y allá la fanfarria olímpica de Jiménez Mabarak seguía sonando.
El lechero recogía las botellas vacías que desde la noche anterior se le habían dejado en plena calle, a la puerta de las casas, y las remplazaba por otras llenas. Los viernes pasaba a cobrar el consumo que las familias hacían a lo largo de la semana.
Todo estaba a tiro de piedra: la farmacia del “Güero” Agustín, la miscelánea con sus anaqueles de madera, su frasco de chiles en vinagre y la hielera de metal, con el logo de Cocacola o de la cerveza Corona, donde se “enfriaban” bajo un bloque de hielo inmenso los refrescos de aquel tiempo: Lulú, Pato Pascual, Delaware, Jarritos, Dr. Brown. A unos pasos, la papelería “Atenas”, la fuente de sodas “El Cadete”, el café existencialista “El Uno”. Los cines Cosmos, Lux, Ópera, Palacio y Majestic.
Las mañanas de Santa María olían al combustible quemado con el que se calentaba el “bóiler” a la hora del baño. En las tardes y en las noches, las familias se reunían ante al televisor en blanco y negro —de la marca Stromberg-Carlson—, para ver los noticieros, la revista Nescafé o los programas Imágenes de nuestro mundo, Audacia es el juego, Halcones del espacio, El oso fumarola, Batman, Tarzán y Viaje a las estrellas.
Algunas tardes aparecía en la calle un gitano que hacía bailar a un oso con un pandero. Santa María sonaba. Sonaba al carrito de camotes y al silbato del afilador, a los gritos de un voceador que pasaba ofreciendo El Gráfico y el Últimas Noticias, a los gritos de los vendedores de gas y agua Electropura, y los aullidos de una anciana que había perdido la razón y llegaba de tarde en tarde gritando cosas que no se entendían. La Llorona de Santo Tomás, le decían.
En la glorieta de Amado Nervo y Lauro Aguirre se erguía una robusta palmera, plantada en los años 30 en sustitución de alguna fuente que se construyó a principios de siglo, y que a pesar de los años y los cambios brutales se mantiene en su sitio todavía.
Ahí se reunían los muchachos de las calles cercanas para fraguar las “cascaritas”, que aumentaron de frecuencia al acercarse el Mundial del 70, y que los menores presenciábamos desde la banqueta, con la siempre incumplida esperanza de que los mayores “nos dieran chance” de alinear aunque fuera un rato.
En la palma de Amado Nervo se decidían las idas al cine, se partía en grupo rumbo a las fiestas y se resolvían a puñetazo limpio todo tipo de agravios y querellas.
Es posible dividir la vida en décadas, pero también en canciones. Siempre asocié aquellos días con aquella de Serge Gainsbourg y Jane Birkin que se oía en todas partes: “Te amo, yo tampoco”, el sencillo de 45 revoluciones que debía su título a la frase de Dalí: “Picasso es español, yo también. Picasso es un genio, yo también. Picasso es comunista, yo tampoco”.
Sin embargo, ayer llegó de pronto la noticia de la muerte de Piero, el italo-argentino que en 1969 se inmortalizó con “Mi viejo”, una canción que ponía tristones y humedecía los ojos de quienes ya veían al suyo caminando lerdo, y como perdonando el viento.
La canción pegó y sonó durante años. No sé cuánto tiempo llevaba yo sin escucharla, pero anoche, ante la noticia, volví a oírla y en solo unos segundos la vieja Santa María, mi gente y mi vida de esos años, habían vuelto a mí.
Piero, mi querido Piero, dije. Y luego me senté a escribir.
X: @hdemauleon