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Gil cambió el dugout por la televisión y a la afición de Charros no le hizo ninguna gracia

Benjamín Gil consiguió algo que seguramente no estaba entre sus propósitos: provocar molestia entre numerosos aficionados de los Charros de Jalisco precisamente cuando el equipo comienza a levantar vuelo en la Liga Mexicana del Pacífico. Primero fue el anuncio de su incorporación a los Diablos Rojos del México para la temporada de verano de 2027 y después su decisión de ausentarse del dugout jalisciense para participar como comentarista de televisión durante la Serie Mundial de Grandes Ligas. Dos acontecimientos que, juntos, han dejado una sensación de incomodidad entre quienes esperan de su manejador algo más que capacidad para ganar partidos.

No se trata de desconocer los méritos de Gil, que son muchos, ni de cuestionar su derecho a desarrollar actividades profesionales fuera del terreno de juego. Tiene experiencia, conocimientos, títulos y una trayectoria que lo convierte en una voz autorizada para analizar el béisbol. El problema es la oportunidad, las circunstancias y el mensaje que reciben quienes siguen a los Charros y esperan de su manejador una identificación plena con la organización que actualmente representa.

He tenido oportunidad de conversar sobre el asunto con integrantes de la peña de peloteros, aficionados habituales y personas que frecuentan el estadio. La percepción que encontré fue marcadamente desfavorable. Lejos de provocar satisfacción porque el manejador de Charros apareciera en las transmisiones de la Serie Mundial, su ausencia generó cuestionamientos y la impresión de que sus compromisos mediáticos estaban recibiendo una prioridad que no correspondía al momento deportivo de Jalisco. No pretendo convertir esas conversaciones en una encuesta, pero el malestar existe y merece ser tomado en cuenta.

La llegada de Gil a los Diablos constituye una decisión profesional legítima. Cada manejador tiene derecho a buscar nuevos desafíos y mejores oportunidades. Sin embargo, el béisbol también tiene memoria, rivalidades e identidades que no desaparecen con la firma de un contrato. Los escarlatas no son cualquier equipo para los aficionados jaliscienses: son precisamente quienes impidieron que Charros conquistara el campeonato de la Liga Mexicana de Beisbol en la Serie del Rey de 2025, cuando se impusieron en cuatro encuentros.

A ello se agrega que el propio Gil había protagonizado enfrentamientos verbales con la organización capitalina y su afición, llegando a expresar que no le interesaba formar parte de ese equipo. Cambiar de opinión no constituye ninguna falta y las circunstancias profesionales pueden evolucionar, pero resulta comprensible que quienes recuerdan aquellas declaraciones observen con extrañeza su incorporación al club que antes criticaba.

Y cuando todavía estaba fresca esa noticia llegó la siguiente: Gil dejaría temporalmente el mando de Charros para incorporarse a la cobertura televisiva del Clásico de Otoño. La directiva autorizó su ausencia y Noé Muñoz asumió la responsabilidad de conducir al equipo. Conviene subrayarlo: no se trató de una salida unilateral ni de una decisión tomada a espaldas de la organización.

Pero una cosa es contar con autorización y otra que la decisión resulte acertada desde la perspectiva de la afición. Un manejador no solamente administra alineaciones, movimientos de lanzadores y estrategias ofensivas. También representa liderazgo, identidad y compromiso. Hay quienes podrían argumentar que la presencia de Gil en las transmisiones de Grandes Ligas proyecta su figura profesional y prestigia al béisbol mexicano. Es atendible. Sin embargo, para el aficionado que paga su boleto, acompaña al equipo y espera verlo competir al máximo nivel, resulta igualmente legítimo preguntarse por qué su manejador está comentando partidos de otras organizaciones mientras los Charros disputan los suyos.

Lo interesante es que Jalisco ha respondido favorablemente durante su ausencia. El trabajo de Noé Muñoz merece reconocimiento y demuestra que existe capacidad dentro del cuerpo técnico para mantener el funcionamiento del conjunto. Al corte del miércoles 28 de octubre, los Charros registraban ocho victorias y cinco derrotas, después de imponerse consecutivamente a los Cañeros de Los Mochis por 8-5 y 11-7, resultados que les permitieron colocarse entre los equipos con mejores registros del circuito.

Con Gil o sin Gil sentado en el dugout, los Charros están encontrando el camino de la recuperación. Esto no significa que su ausencia provoque los triunfos ni que su presencia resulte innecesaria, pero confirma que el equipo tiene recursos propios, peloteros capaces y una estructura deportiva que puede responder. Y ésa es una señal alentadora, especialmente porque todavía falta mucho calendario y será indispensable sostener el rendimiento cuando lleguen los encuentros verdaderamente decisivos.

El episodio deja, sin embargo, una reflexión que trasciende a Gil y alcanza al futuro de toda la organización. La directiva de Charros ha trabajado intensamente para consolidar una identidad compartida entre sus equipos de la Liga Mexicana del Pacífico y de la Liga Mexicana de Beisbol. Son dos planteles distintos, participan en circuitos diferentes, con calendarios y exigencias propias, pero representan los mismos colores, la misma plaza y una afición a la que se ha buscado integrar en un solo sentimiento de pertenencia.

No ha sido una tarea sencilla. El equipo de verano surgió de la adquisición de la franquicia de los Mariachis de Guadalajara, una organización relativamente nueva que había llegado al circuito mediante una expansión y que arrastraba limitaciones deportivas y estructurales. Transformar aquella realidad en unos Charros competitivos requería mucho más que cambiar el nombre y los uniformes. Había que reconstruir el proyecto, fortalecer la plantilla, mejorar su profundidad y convencer a los aficionados de que también durante el verano podían aspirar a un conjunto protagonista.

Ese esfuerzo merece reconocerse. En 2025, la organización conquistó el campeonato de la Zona Norte y disputó la Serie del Rey contra Diablos. Aunque la final terminó con una dolorosa barrida favorable a los capitalinos, alcanzar esa instancia representó un salto extraordinario para una franquicia que apenas estaba consolidando su nueva etapa. En 2026 volvió a disputar la postemporada, aunque sin repetir aquella hazaña.

Pero quedó claro que faltaba algo más: ese último impulso que separa a los equipos competitivos de los verdaderos campeones. Para vencer a organizaciones poderosas y consolidadas se necesita profundidad en el roster, pitcheo suficiente, recursos, planificación y continuidad. La directiva ha avanzado considerablemente, pero todavía tiene trabajo por delante.

Por eso la salida de Gil hacia los Diablos debe convertirse en una oportunidad para fortalecer el proyecto de verano, no en un motivo para resignarse. La directiva tiene que trabajar desde ahora en la contratación de un manejador de primer nivel para 2027. No solamente alguien con nombre, prestigio o antecedentes ganadores, sino un conductor capaz de involucrarse plenamente con la organización, desarrollar jugadores, administrar adecuadamente sus recursos y construir un equipo verdaderamente sólido.

Tampoco bastará con encontrar un buen estratega. Habrá que reforzar posiciones, fortalecer el cuerpo de lanzadores, asegurar mayor profundidad y construir una novena capaz de sostenerse durante toda la campaña y llegar a los playoffs con posibilidades reales de conquistar el campeonato. La próxima temporada de verano está más cerca de lo que parece, y una organización con aspiraciones importantes no puede esperar al inicio del calendario para resolver sus necesidades fundamentales.

Hay también un desafío de identidad. Los Charros de la Liga del Pacífico tienen un arraigo más profundo entre los aficionados jaliscienses. Su historia reciente, sus satisfacciones deportivas y la relación construida con los seguidores han generado una identificación que el equipo de verano todavía está desarrollando. La tarea consiste en equilibrar progresivamente el nivel competitivo y la capacidad de convocatoria de ambos conjuntos, sin desconocer las diferencias entre las dos ligas.

El objetivo debe ser que los Charros de verano despierten el mismo entusiasmo, confianza y expectativas que los del invierno. Que la afición sienta que tiene un solo gran proyecto de béisbol jalisciense durante prácticamente todo el año y que los avances de una temporada se traduzcan en mayor fortaleza institucional para la siguiente.

Se ha trabajado mucho y se sigue trabajando. Sería injusto negar las inversiones, los avances deportivos y el empeño de la directiva por transformar una franquicia que nació con debilidades en una organización competitiva. Pero también sería conformista sostener que ya se hizo suficiente. Falta ese último impulso, ese famoso fuá que convierte una buena estructura en un verdadero equipo campeón.

Y en Jalisco la afición no se conforma fácilmente. Reconoce el esfuerzo, agradece los triunfos y acompaña a sus equipos, pero también exige cada vez más. Quiere ver a sus Charros compitiendo por el título invernal y quiere que el conjunto de verano deje de ser una promesa en construcción para convertirse en un aspirante permanente a la corona. Esa exigencia no debe interpretarse como ingratitud, sino como una consecuencia natural de las expectativas que la propia organización ha generado.

Benjamín Gil tiene suficientes campeonatos para que nadie cuestione su lugar en la historia reciente del béisbol mexicano. Ha demostrado capacidad ganadora y una personalidad que difícilmente pasa inadvertida. Sin embargo, los antecedentes tampoco le conceden inmunidad frente a la crítica. La grandeza de un manejador no se mide solamente por los trofeos conquistados, sino también por su identificación con los equipos y la confianza que consigue mantener entre quienes lo respaldan.

Ahora que la Serie Mundial terminó, habrá que observar cómo se desarrolla su relación con Charros durante el resto de la campaña. Gil podrá encontrar en Diablos nuevos desafíos y continuar cultivando su faceta como comentarista, pero mientras sea el manejador de Jalisco resulta razonable que sus seguidores esperen que su principal compromiso profesional esté en el dugout jalisciense.

Y cuando llegue el verano de 2027, corresponderá a la directiva demostrar que la fortaleza de Charros no depende de una sola persona. El proyecto debe continuar, fortalecerse y aspirar a más. Porque una cosa es haber rescatado y transformado una franquicia, otra haberla llevado a disputar una final y otra, mucho más difícil, consolidarla como una organización ganadora.

La afición jalisciense quiere compromiso en el dugout, solidez en el terreno, continuidad en los proyectos y campeonatos en ambas ligas. Porque esto es Jalisco, donde no basta con competir y donde las expectativas crecen con cada triunfo. Se ha avanzado mucho, pero falta ese último fuá para transformar el esfuerzo en gloria. Y precisamente porque reconoce lo que se ha construido, la afición espera mucho, muchísimo más de la directiva y de toda la organización. ¡Y confía en ellas para conseguirlo!

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@salvadorcosio1

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