Francia incendiada
Casi 2 mil 400 detenidos, un muerto y un ayuntamiento histórico en llamas. Francia vivió el sábado una de sus jornadas más violentas en años, y la advertencia no es solo francesa: el próximo país podría ser cualquiera.
La mecha prendió primero semanas antes con las protestas de estudiantes por el abandono de sus planteles (una escuela infestada de ratas aumentó el enojo), la falta de maestros, aulas sobrepobladas y el rechazo a Parcoursup, un algoritmo meritocrático que decide su acceso a la universidad.
Hace mes y medio, un video en TikTok convocó a una protesta nacional el 17 de octubre por el alto precio de la gasolina. Esta tomó fuerza gracias a los reclamos de los estudiantes que insuflaron el ánimo social: más de 800 mil salieron el sábado a las calles en todo el país, según organizadores.
Francia enfrenta también una ruptura generacional: el 85% de los 8 mil detenidos desde que comenzaron las revueltas son menores de edad.
En un mundo globalizado, los males también son compartidos: desigualdad extrema, pérdida del poder adquisitivo, educación precarizada y encarecimiento del combustible encabezan las razones del descontento social en Francia.
Pero las reivindicaciones sociales de los franceses son más: vivienda accesible, educación digna, igualdad de oportunidades y en general la búsqueda de un equilibrio en la vida que permita a la juventud mirar hacia el futuro y a los adultos llegar a fin de mes.
La deuda de Francia es el 119% de su PIB y este año destinará unos 79 mil millones de euros a intereses, más que a Educación Nacional.
Esto dibuja un panorama complejo minado por problemáticas sociales y descontento que se canaliza hacia las calles.
Sébastien Lecornu, primer ministro de Francia, atribuyó la violencia en varias ciudades de Francia a “grupos de extrema izquierda” (¿les suena conocido?).
Las explicaciones reducidas a una visión política binaria radical -extrema izquierda versus extrema derecha- son una puerta falsa que se aparta de la realidad: la gente está enojada y pelea por derechos humanos básicos como la educación, la movilidad y la vivienda.
Cualquier parecido con la realidad local no es mera coincidencia.
P.D. Para la redacción de esta columna me basé en los excelentes reportes y crónicas de Daniel Verdú en EL PAÍS.