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Extrañaremos al Jalisco

La próxima semana Guadalajara volverá a recibir una Copa del Mundo, su tercera. Veremos turistas de todos los rincones del planeta, banderas en restaurantes y plazas, y durante algunas semanas nuestra ciudad volverá a formar parte del escenario principal del futbol mundial.

Sin embargo, para muchos tapatíos este Mundial será muy distinto a los anteriores.

Los mundiales de 1970 y 1986 tuvieron como escenario el Estadio Jalisco. Cuando fue construido en 1960, se encontraba prácticamente en el extremo Norte de Guadalajara, dentro de una Colonia Independencia que entonces representaba la expansión de la ciudad. La Calzada Independencia era la arteria más importante de la época y alrededor del estadio todavía había numerosos terrenos vacíos. No tenía grandes estacionamientos, pero tampoco los necesitaba. Poca gente tenía automóvil y miles de aficionados llegaban caminando o en camión.

Con el tiempo, el estadio se convirtió en mucho más que una cancha de futbol. Junto con la Plaza de Toros Nuevo Progreso -que terminaría sustituyendo a la antigua Plaza del Progreso tras la construcción de Plaza Tapatía- formó el más grande complejo deportivo y de entretenimiento popular de Guadalajara.

Pero lo que hacía especial al Coloso de la Calzada Independencia no era solamente el estadio.

Era todo lo que ocurría alrededor.

Quienes alcanzamos a vivir aquella época recordamos que los partidos comenzaban mucho antes del silbatazo inicial. Los domingos a las doce del día, cuando jugaban las Chivas, las calles de la Colonia Independencia se llenaban de gente. Familias enteras acudían a desayunar a los alrededores del estadio. El olor de la birria salía de las famosas camionetas estacionadas afuera. Había puestos de tacos, vendedores de camisetas, banderas, recuerdos y toda clase de fayuca futbolera. La gente caminaba, platicaba, desayunaba y luego entraba al estadio.

Las Chivas jugaban noventa minutos, pero la experiencia ocupaba toda la mañana y a veces se extendía hasta entrada la tarde en alguna de las cantinas de los alrededores.

También era una experiencia accesible para prácticamente cualquier familia tapatía. En mis recuerdos más antiguos, un boleto de zona C costaba apenas veinte pesos. Allí convivían personas de todos los niveles sociales, unidas por algo tan sencillo como ver jugar al equipo más popular de la ciudad.

Todavía recuerdo haber asistido a un partido del Mundial de 1986. Tenía apenas seis años. Mi abuelo insistió en que me llevaran a su palco para ver aquel Brasil de Sócrates contra esa España de Butragueño. Algunos tíos y tías se quedaron fuera porque ya no había espacio para todos. No recuerdo demasiado del partido, pero sí recuerdo llevar una bandera de Brasil y escuchar a todo el estadio apoyar a la verdeamarelha. Aquella tarde, Guadalajara hizo sentir a los brasileños como si jugaran en Río de Janeiro.

Durante décadas, además de las Chivas, el Atlas, la Universidad de Guadalajara e incluso los Gallos Azucareros pasaron por el Jalisco. Pero las Chivas eran el corazón de aquella experiencia urbana y popular.

Todo comenzó a cambiar cuando Jorge Vergara compró el equipo.

Sus intenciones eran buenas y sus ambiciones enormes. Muchos recordamos el proyecto del Centro JVC, que pretendía desarrollarse junto al Bosque de La Primavera. Reunió a algunos de los arquitectos más importantes del mundo, incluido Philip Johnson, el primer ganador del Premio Pritzker. Yo estudiaba arquitectura en aquellos años y gracias a un amigo de mis padres pude asistir a conferencias y exposiciones relacionadas con el proyecto. Para quienes comenzábamos nuestra formación profesional era motivo de orgullo pensar que Guadalajara podría albergar una obra de esa magnitud.

Al final, de todo aquel complejo sólo se construyó el estadio.

Y el estadio es extraordinario. Su arquitectura es espectacular, su tecnología es de primer nivel y responde perfectamente a las exigencias del futbol moderno. Sin embargo, con el paso de los años he llegado a pensar que el problema nunca fue el edificio.
Fue la experiencia urbana que dejamos atrás.

El nuevo estadio está lejos de los centros de población, depende en gran medida del automóvil y resulta difícil de integrar a la vida cotidiana de la ciudad. Ya no existe aquella tradición de desayunar birria antes del partido, caminar entre vendedores ambulantes o quedarse un rato más conviviendo al terminar el encuentro. Muchas de las pequeñas economías que vivían alrededor de los partidos desaparecieron junto con los juegos de las Chivas en el Jalisco.

Lo curioso es que mientras Guadalajara se alejaba de ese modelo, muchas ciudades comenzaron a hacer exactamente lo contrario. Boston conservó Fenway Park en pleno tejido urbano. Los Padres de San Diego llevaron su estadio al corazón de la ciudad. Denver también integró el suyo al transporte masivo y a la vida del centro. Cada vez más ciudades entienden que un estadio no es solamente una instalación deportiva, sino también una pieza de identidad urbana.

Por eso me preocupa escuchar propuestas para alejar todavía más algunos equipos de sus entornos tradicionales. Más allá del futbol, estas decisiones modifican la manera en que una ciudad construye sus recuerdos.

Dentro de unos días Guadalajara volverá a recibir una Copa del Mundo. Guadalajara tendrá un estadio moderno, el Fan Fest y miles de visitantes. Todo eso está muy bien.

Pero sospecho que muchos tapatíos estaremos pensando en otra cosa. Pensaremos en la lejanía de los partidos para aquellos que no vamos a ir porque el precio de los boletos es impagable. En aquellas mañanas de domingo en la Colonia Independencia. En las camionetas de birria, los puestos de tacos, la fayuca futbolera, las banderas de Brasil y la multitud caminando hacia el estadio.

Porque los estadios pueden cambiarse de lugar. Lo que resulta mucho más difícil de reemplazar son las tradiciones urbanas que durante generaciones ayudaron a construir la identidad tapatía.

Y en este Mundial, muchos extrañaremos al Jalisco.

El Jalisco y La Plaza de toros Nuevo Progreso en la década de los años setenta, con una naciente Colonia Independencia a sus alrededores. CORTESÍA

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