Ideas

Escribas y fariseos

“No mentir, no robar, no traicionar al pueblo.” La consigna se repite como un credo civil. Se pronuncia con solemnidad, se eleva a dogma, se convierte en contraseña de pertenencia. El problema no es el principio: es la distancia entre lo que se exige y lo que se vive. Cuando la ética se vuelve liturgia pública y no práctica del poder, deja de ordenar la política y comienza a encubrirla.

La austeridad se predica como virtud fundacional, pero no se asume como experiencia compartida. Se pide al pueblo apretarse el cinturón mientras la excepción se normaliza en los márgenes del poder. Se exige paciencia a quienes cargan los costos de las decisiones; no se exige renuncia a quienes deciden. El sacrificio se distribuye hacia abajo; la indulgencia se reserva hacia arriba. Ese desbalance no es un error de comunicación: es un diseño moral.

Se invoca un “humanismo” que funciona como escenografía. Un vocabulario noble para suavizar el impacto de políticas que despojan, desplazan o silencian. El lenguaje del bien se vuelve coartada del daño cuando la retórica promete dignidad y la práctica administra pérdidas. Para unos, el derecho; para otros, la espera. Para unos, el acceso; para otros, la promesa aplazada. Para unos, la épica del cambio; para otros, la intemperie de sus consecuencias.

La moral vertical ordena el espacio público: se exige lealtad y se llama traición a la crítica; se pide unidad y se condiciona a la obediencia; se demanda confianza ciega y se ofrece verdad parcial. Así, la ética deja de ser límite del poder y se vuelve instrumento del poder. La norma ya no opera como autocontrol del Gobierno, sino como disciplina para los gobernados.

Este patrón no es nuevo. En distintas épocas, proyectos que se proclamaron redentores terminaron blindándose con una superioridad moral que los volvió refractarios a la rendición de cuentas. La historia es pródiga en ejemplos de lenguajes de salvación —religiosos o políticos— que sustituyen la coherencia por el ritual, la justicia por la consigna, la responsabilidad por la épica.

El reclamo antiguo contra los fariseos no iba contra la ley, sino contra su uso selectivo: exigir al pueblo lo que el poder no está dispuesto a exigirse a sí mismo; cargar a los otros con sacrificios que no se comparten; predicar sobriedad sin vivirla; convertir la virtud en espectáculo y la excepción en regla.

No faltan principios. Falta someter el poder a los principios que proclama. No hay transformación posible cuando la ética es vertical y el sacrificio siempre es ajeno. La autoridad moral no nace del dogma, sino de la coherencia entre lo que se dice, lo que se pide y lo que se está dispuesto a perder.

Los fariseos no cayeron por la ley que defendían, sino por la distancia entre lo que exigían y lo que estaban dispuestos a vivir. El poder que moraliza sin tocarse a sí mismo termina expuesto por su propia incoherencia.

paola.nadine@gmail.com 

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