En busca de la sensatez soñada
Necedades, hay quien las llama certezas, otros más las entronizan en calidad de principios y existen para quienes alcanzan el rango de valores. ¿A partir de cuáles necedades medimos lo que sucede y lo que no sucede? Según la fórmula atribuida al filósofo Protágoras: el hombre —y la mujer— es la medida de todas las cosas que son en cuanto son, y de las que no son en cuanto no son; valoramos según la medida que cada cual somos y, por hoy, al menos por hoy, esa medida quiero que esté dada por la necedad, signo de nuestro tiempo (quizá de todos, pero no complicaré más el argumento). Necedad, aquello que tiene la cualidad de necio: “ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber”.
¿A partir de qué determinamos lo que revela ignorancia o desconocimiento de eso que suponemos que otras, otros debían saber? Desde lo que cada cual creemos conocer y apoyados en quienes congenian con nuestro entender; a una de las vertientes de ese congeniar la llamamos academia, no toda, sólo la que nos viene bien; a otra, opinión pública u opinión a secas, las que coinciden con nuestras ideas; también se puede congeniar con el sentido común y con su versión demagógica: la sabiduría popular, siempre acomodaticia al interés que las reclame como soporte de sus saberes-principios-valores. Seamos pesimistas, hoy lo seré yo: puras necedades.
Una de las cualidades de los necios es no escuchar aquello que confronte a sus necedades; el conocimiento que ostentan con seguridad y la verdad que esgrimen con el sello de única e inconfundible prescinden de algo consustancial al conocimiento que ha civilizado a la humanidad y la verdad con la que se solidifican las comunidades justas: la deliberación. Cada necio, cada necia está parapetado detrás de sus necedades; si por un rato las hiciéramos a un lado descubriríamos que a quienes preferimos desdeñar tienen pensamientos merecedores de ser tomados en cuenta.
Pero hagamos a un lado el ensueño de que los necios dejamos de serlo. Mejor que inicie el torneo de necedades, triunfará aquél o aquélla a quien los hechos, en algún momento, le den la razón, así sea por un margen pequeño, aunque suficiente para que acomode, en la historia, en la coyuntura, necedades más tenaces que las de sus rivales. Me hago cargo del oxímoron: necedades validadas por la razón, encuentro de nociones opuestas que en este caso no dan paso a un sentido nuevo, sino al reencuentro con una vieja y vilipendiada constante: la realidad que, al final, cuando imperan estas u otras necedades, termina por presentarlas como nuevas, como si fuera la primera vez. Necios.
La lista de pretextos para que los bandos practiquen y pongan a competir necedades es larga: Cuba, neoliberalismo, democracia, autoritarismo, populismo, Estados Unidos, migración, transformación, “los de antes”. Cayó el Muro de Berlín en 1989 y las necedades del socialismo ejercido a imagen y semejanza del despotismo histórico fueron parte de los escombros; mientras, las triunfantes necedades del capitalismo no tuvieron que reparar en otra cosa sino en ver tirado a su archienemigo para coronarse las sienes con el laurel de una gloria que festinaba la derrota del otro, de lo otro, no el triunfo de la justicia, de la inclusión, de la igualdad, de la libertad, de los derechos humanos, de la democracia. Esto no significa que lo que había de aquel lado del Muro fuera mejor; implica únicamente que se impusieron las necedades de uno de los bandos. Y si de necedades va el relato, da igual la que se pregone vencedora.
Más cerca en el tiempo, con el argumento anterior: las necedades de Nicolás Maduro (representante de las necedades de su régimen y del que lo antecedió) vs. las necedades de Donald Trump (adalid de los necios que cada semana ganan más terreno en el mundo). Se impuso el segundo, de la mano de la potencia militar y económica de Estados Unidos, y bendecido por la necedad que ha hecho que el estado de derecho, de país en país y el internacional, sea como ilustración rupestre en la cueva oscura de lo que era y ya no es. Pero la realidad de los venezolanos no varió para que la justicia, la libertad, la democracia, los derechos humanos, etc., fueran parte de su día a día. Sólo cambiaron de necio. Entiendo que habrá quien prefiera un adjetivo más contundente, soez; me parece que cuando a las necias, a los necios, los insultamos, lo que conseguimos es confirmarles que están en lo correcto.
Más cerca en la geografía. Las necias y los necios del PRI y del PAN fueron derrotados por las necedades de Andrés Manuel López Obrador, aupado en su partido, como los demás: “Conjura de los necios”, la novela de John Kennedy Toole: “La mayoría de los necios no entienden mi visión del mundo”. Las necedades de los primeros allanaron la rampa de lanzamiento para que se impusieran las del segundo, y las de todos juntos abrieron la cesta en la que estaban las serpientes criminales; ahora vagan libres por amplias zonas del país y se han reproducido y mimetizado con nuestros necios de toda la vida. Es dramático escuchar a esos necios, mujeres y hombres, debatir en el Congreso, gobernar estados o dictar en la conferencia “mañanera” puras necedades, por cuidarse de ellos mismos y de los necios allende la frontera. Piensa, ¡oh patria querida!, que el cielo un gran necio en casi cada político te dio, género indistinto: ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber, con su toque de actualidad, embusteros y perversos. No olvidemos que, si la inercia hace lo suyo y nosotros nada, termina por gobernar quien con más ahínco necea.