Ideas

El respeto a la naturaleza

Para iniciarse en la ética —entendida no como catecismo, sino como la «educación del hombre para el bien»—, no hay nada mejor que la lectura de las catorce lecciones de Cartilla moral (1944), el célebre opúsculo de uno de nuestros grandes humanistas, don Alfonso Reyes (1889-1959).

Aunque de raíces griegas y cristianas, la ética que propone el regiomontano es universal y laica. Se basa en «aquel eterno principio: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan”» (Cartilla moral, Fondo de Cultura Económica, 2004, p. 46). De este modo, la ética puede ser entendida como una serie de respetos: por nuestro cuerpo y alma, por nuestra familia, por nuestra sociedad, por la especie humana... Y, asimismo, por el medio ambiente.

«No se trata ya —escribe un Reyes adelantado a su época— de la naturaleza humana, de nuestro cuerpo, etcétera; sino de la naturaleza exterior al hombre. A algunos hasta parecerá extraño que se haga entrar en la moral el respeto a los reinos mineral, vegetal y animal. Pero debe recordarse que estos reinos constituyen la morada humana, el escenario de nuestra vida» (p. 49).

La actual crisis ecológica no es, por tanto, meramente política o técnica. Es una crisis educativa y moral. Escribe Reyes: «En verdad, el espíritu de maldad asoma ya cuando, por gusto, enturbiamos un depósito de agua clara que hay en el campo; o cuando arrancamos ramas de los árboles por sólo ejercitar las fuerzas; o cuando matamos animales sin necesidad y fuera de los casos en que nos sirven de alimento; o cuando torturamos por crueldad a los animales domésticos, o bien nos negamos a adoptar prácticas que los alivien un poco en su trabajo» (p. 50).

¿Sentirá placer perverso aquel que, por un afán de lucro, enturbia nuestros ríos y lagos? ¿Acaso es exagerado decir que la complacencia pasiva de las autoridades ante este mal sistemático constituye nada menos que una falla moral? ¿No hace falta una renovación ético-educativa cuyo marco sea el amor a la naturaleza, entendida, ya no sólo como «morada humana», sino como parte de nosotros mismos?

Los antiguos griegos, «creadores del mundo cultural y moral en que todavía vivimos» (p. 31), creían en la unidad profunda entre el bien (agathós) y la belleza (kalós); por eso tenían una sola palabra para designar el ideal supremo de la persona excelente o virtuosa: kalokagathía. Reyes recoge esta tradición al promover el humanismo entendido no como cuerpo de conocimientos sino como orientación al servicio del bien humano, así como el gusto —hoy día, imperioso— por la cultura y el valor de la excelencia, la belleza y la perfección artística.

No es ningún misterio. Miembro del Ateneo de la Juventud, lector de Aristóteles, traductor de Homero, exégeta de los trágicos griegos, autor de La crítica en la edad ateniense (1941) y de Estudios helénicos (1957), Reyes fue un helenófilo inapelable que encarnó a la perfección ese ideal de equilibrio armónico entre el alma y el cuerpo, el espíritu y la naturaleza, la ética y la estética.

Sólo un hombre que logró fundir en su interior el bien y la belleza pudo haber escrito: 

«Este respeto al mundo natural que habitamos, a las cosas de la tierra, va creando en nuestro espíritu un hábito de contemplación amorosa que contribuye mucho a nuestra felicidad y que, de paso, desarrolla nuestro espíritu de observación y nuestra inteligencia. 

Pero no debemos quedarnos con los ojos fijos en la tierra. También debemos levantarlos a los espacios celestes. Debemos interesarnos por el cielo que nos cubre, su régimen de nubes, lluvias y vientos, sus estrellas nocturnas» (pp. 50-51).

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