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El Paso de Cortés

Quienes pensaban que la manía topográfica era exclusiva de Mr. Trump, se equivocaron; también nuestro Gobierno ha ingresado en esa moda nunca superada y todo el tiempo discutible y polémica.

Para fundar la propuesta del cambio que afectará a todos los libros de geografía mexicana, se adujo una carta de Carlos V en que se declaran varios de los crímenes del conquistador. De inmediato, los herederos del 68 deberían estar buscando documentos similares para exigir que cualquier espacio que lleva los nombres de Díaz Ordaz o de Luis Echeverría los cambien, renombrándolos, por ejemplo, “2 de octubre no se olvida” o algo por el estilo.

Igual camino podrían seguir para quitar de nuestra nomenclatura a mucho más de la mitad de los personajes que dan nombre a calles, parques, plazas, mercados, colonias, pueblos y ciudades, y así como se instauró un instituto para devolver al pueblo mexicano lo robado, podría ahora fundarse un instituto para librar a nuestro país de nombres cuestionables o francamente detestables, previa instalación de un supremo tribunal que tome las decisiones adecuadas.

Que ahora se llamara al Paso de Cortés, Paso de los pueblos indígenas ¿de cuáles de todos? ¿De los tlaxcaltecas acompañando a Cortés para abatir el dominio sanguinario de los aztecas? ¿De los pueblos mayos o yaquis que jamás han pasado por el debatido paso? Sería mucho más simple y honesto llamarle paso de los tres mil 600 por la altura a la que está, o más poéticamente, paso de los volcanes.

Por otra parte, denostar a Hernán Cortés no significa borrar de nuestra historia los hechos ocurridos, incluyendo el paso por el cual llegó a la antigua metrópoli azteca, pues hasta donde alcanzo a entender, lo que la ahora polémica nomenclatura indica es única y solamente que por allí pasó el susodicho, sin que llamarle así equivalga a un homenaje o glorificación.

Igual podríamos lanzar la propuesta de que el estrecho de Bering cambie de nombre, por haber sido el de un danés al servicio del odiado imperio ruso quien lo cruzó, en mérito a lo cual se le dio tal denominación, ahora podría llamarse “paso de los pueblos asiáticos”, que fueron los primeros invasores del continente llamado americano, lo cual podría llevarnos a un movimiento continental para cambiarle el nombre a América por cualquier otro que no tenga nada que ver con el colonialismo geográfico ideológico europeo, y ya en ese sinuoso camino, cambiarle también el nombre a México. ¿Por qué imperialista razón debe llamarse a todo un país, con el nombre de una sola etnia? ¿Acaso los mayas no fueron incluso una civilización todavía más grande e importante? ¿Y qué decir de los olmecas o los toltecas? La solución consecuente con la propuesta presidencial sería que este país se llamara de ahora en adelante Nación de los pueblos originarios ubicables entre Estados Unidos y Guatemala, aunque queden fuera de tal denominación los pueblos de origen africano o europeo, y desde luego todos los mestizos, que somos la mayoría.

Que todo este alegato, y en consecuencia también esta columna, es una inútil pérdida de tiempo, claro que sí, pero el Mundial no podía durar todo el sexenio, y hechas las paces con la España de hoy y con Perú, qué nos quedaría si no volver a tratar los insolubles casos de la corrupción y la inseguridad, de las desapariciones forzadas, los campos de entrenamiento delincuencial, las fosas clandestinas, el reclutamiento, los fraudes al erario, y el caos de los partidos ante un nuevo proceso electoral, ¿no es mejor elevar nuestra mirada a ese mítico paso ubicado entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl?

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