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El paraíso del individualista

Me encanta ver películas y leer; además de entretenerme, me parece que permite que el espectador pueda, por unos breves instantes, ver el mundo desde otro lente, desde una mirada con paradigmas totalmente distintos a los propios. Esto me divierte especialmente en el cine, donde la transmisión de este universo creado no es solo verbal, sino también visual.

Vi la película Eternidad, dirigida por David Freyne, que trata sobre Joan y Larry, una pareja octogenaria que de pronto, como muchos octogenarios, dan el paso hacia el otro lado. Y resulta que el otro lado no es para nada lo que esperaban. ¿Dios? Cero. ¿Cielo, infierno? Inventos.

No. Del otro lado hay una Oficina de Coordinación de Vida Después de la Muerte en la que las personas pueden elegir, de entre cientos de folletos, la eternidad adecuada para ellas. Pero con una condición: no hay cambio de eternidad una vez elegida, ni tampoco visitas a otras. Larry llega primero, confundido y atolondrado, molesto con su coordinadora, que trata el proceso como un sencillo trámite burocrático, como la obtención de una licencia de conducir o la elección de un platillo en un restaurante. Decide esperar a su esposa en una eternidad que sabe que ella disfrutará: la playa. Y justo entonces se la encuentra llegando.

¡Perfecto! Ahora podrán elegir e irse juntos a pasar su paraíso de elección el resto de la eternidad. Excepto que… Luke, el primer esposo de Joan, un héroe de la guerra de Corea, se encuentra en este limbo desde hace 67 años esperándola para llevarla consigo.

La película trata sobre la difícil decisión de Joan. ¿Se irá con el amor de su juventud, que no alcanzó a disfrutar porque la muerte se lo arrebató muy pronto? ¿O con el hombre con quien lleva 65 años casada, con quien envejeció y tuvo hijos?

Disfruté tanto de la película que la vi dos veces en la misma semana y, al hacerlo, en la segunda vuelta, ya sabiendo el desenlace, me di cuenta de la cosmovisión detrás de la idea.

El cielo no es aquel lugar en el que se ama y se vive en comunión por el resto de la eternidad con la humanidad y tus seres queridos. No. El cielo es una eternidad elegida con base en tus deseos y satisfacciones, totalmente desconectada de los otros. ¿Quieres encontrarte con tus padres? Te digo qué eternidad eligieron, pero entonces tendrías que convivir con ellos para siempre, sin escapatoria. El “paraíso” presentado en la película es individualismo que no supera las barreras y los límites del cuerpo físico. El lugar en el que apareces en el estado de tu cuerpo en el que tú fuiste más feliz y donde tú vas a elegir dónde a ti más te apetezca estar.

El amor se reemplaza por satisfacción personal. El vínculo, por la supremacía del deseo. ¿Y la pureza del alma? Inexistente. Los defectos de la persona persisten, así como las consecuencias del rencor y el dolor. ¿El perfeccionamiento del espíritu una vez superada la corrupción de la materia en un mundo roto? Ideas extrañas que nos dicen “aquí abajo”.

Dentro del envoltorio de una trama divertida se esconde la oscuridad de la desesperanza. El mensaje de que la vida aquí abajo no tiene realmente ningún sentido porque, al final, todos llegaremos al mismo vertedero, en donde la supremacía del deseo se mantendrá para ofrecernos una eternidad artificial en la que nada ni nadie importe, más que tú.

@luciachidan

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