El Niño y la geografía trastornada de México
La nueva advertencia climática de las Naciones Unidas describe una perturbación de gran escala en el sistema planetario del que depende nuestra existencia. La Organización Meteorológica Mundial confirmó que el fenómeno de El Niño se ha consolidado y que alcanzará una intensidad especialmente fuerte hacia finales de 2026, y persistirá al menos hasta febrero de 2027. Las aguas del Pacífico ecuatorial no sólo están más cálidas de lo habitual: bajo su superficie se han registrado anomalías superiores a ocho grados centígrados en algunas zonas, una reserva extraordinaria de energía capaz de alterar la circulación atmosférica y desplazar las lluvias a miles de kilómetros.
António Guterres había advertido ya que la humanidad camina sobre hielo cada vez más delgado y que la “bomba de tiempo climática” continúa avanzando. Hoy añade que el planeta se interna en aguas desconocidas. La imagen no es retórica. Expresa el ingreso en una condición histórica en la cual la experiencia acumulada comienza a perder capacidad para anticipar el porvenir. El clima que conocimos deja de ser la medida suficiente del clima que viene.
México se encuentra particularmente expuesto. El Niño no produce los mismos efectos en todas las regiones ni actúa de manera mecánica. Sin embargo, los antecedentes del Servicio Meteorológico Nacional indican que, durante el invierno, suele favorecer precipitaciones en el noroeste y noreste, mientras reduce las lluvias en buena parte del centro y sur del país. El escenario resulta inquietante porque podría trastornar la geografía habitual del agua: territorios septentrionales acostumbrados a la aridez enfrentarían episodios de lluvia intensa, escurrimientos súbitos e inundaciones; regiones meridionales históricamente húmedas podrían sufrir déficit de precipitación, pérdida de cosechas, incendios y menor recarga de acuíferos.
Las perspectivas elaboradas por el SMN y otras instituciones para 2026 ya identificaron señales compatibles con esa redistribución: lluvias superiores al promedio en sectores del noroeste y de la frontera norte, junto con déficits durante distintos momentos del verano en áreas del noreste, centro-norte y sur. No se trata todavía de un mapa definitivo para los próximos meses, pues la propia ciencia reconoce límites de predictibilidad y advierte que el Atlántico, los frentes fríos y otros mecanismos atmosféricos pueden reforzar o modificar los efectos de El Niño. Sin embargo, la incertidumbre no debe utilizarse como coartada para la inacción, pues es precisamente la magnitud del daño posible la que obliga a prevenir.
La vulnerabilidad mexicana no procede únicamente del clima. El Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático ha identificado 273 municipios prioritarios por su exposición y sus limitadas capacidades de adaptación. La amenaza natural encuentra un territorio políticamente producido: ciudades construidas sobre cauces, selvas taladas, suelos erosionados, acuíferos sobreexplotados, redes hidráulicas deterioradas y comunidades rurales sin seguros ni infraestructura suficiente. La sequía y la inundación parecen fenómenos opuestos, pero comparten como raíz institucional la incapacidad de ordenar el territorio conforme a los límites de la naturaleza.
El Niño es un fenómeno natural; el cambio climático antropogénico no lo causa. Pero ocurre ahora sobre océanos y continentes ya recalentados. Es la superposición de ambas dinámicas -variabilidad natural y calentamiento provocado por los seres humanos- la que multiplica el riesgo de calor extremo, incendios, lluvias torrenciales y crisis alimentarias. La naturaleza no está “castigando” a la humanidad, pero sí está respondiendo a relaciones físicas que nuestras sociedades decidieron ignorar por décadas.
Por ello, México necesita pasar de la administración reactiva del desastre a una política de anticipación: proteger cuencas y bosques, revisar presas y bordos, asegurar cultivos, preparar sistemas de salud, garantizar reservas de agua y convertir los pronósticos estacionales en decisiones territoriales concretas. El verdadero reloj climático no mide solamente cuánto falta para la catástrofe, sino también el tiempo político desperdiciado entre lo que la ciencia advierte y las decisiones políticas.
Gobernar significa también aprender a habitar los límites de la Tierra, y en esa medida, la cuestión crítica se encuentra en si seremos capaces de reconocerlo, antes de que sea demasiado tarde.