Ideas

El Mundial también se juega en la sala de la casa

Hay algo hermoso en la manera en que nos vamos preparando para presenciar un Mundial de futbol. No se trata solamente de comprar boletos, revisar calendarios, conseguir una camiseta o apartar un momento frente a la pantalla. Hay, en el fondo, una pequeña ceremonia colectiva que empieza antes del silbatazo inicial.

El Mundial no llega de golpe: se anuncia en las conversaciones, en los planes familiares, en los mensajes de los amigos, en la pregunta sencilla de siempre: “¿Dónde vamos a ver el partido?”. Y esa pregunta, que parece trivial, en realidad abre una puerta muy humana: la necesidad de reunirnos.

Porque el fútbol, cuando se vive bien, no es únicamente competencia. Es un pretexto oportuno para convivir. Es esa mesa donde se juntan generaciones distintas; el abuelo que recuerda otros mundiales, el padre que explica una jugada, el niño que apenas descubre la emoción de gritar un gol. Es la sala convertida en un palco, el restaurante en una pequeña plaza pública, el estadio en templo popular donde miles de desconocidos respiran al mismo tiempo.

Prepararse para ver un partido también implica preparar el ánimo. Conviene llegar con disposición alegre, con apertura, con ganas de disfrutar sin convertir la pasión en pleito. El fútbol despierta entusiasmo, pero también puede despertar excesos. Por eso hace falta una educación emocional del aficionado: saber celebrar sin humillar, apoyar sin insultar, competir simbólicamente sin perder la cordialidad.

Un Mundial nos recuerda que la vida también necesita pausas compartidas. En medio de tantas preocupaciones, de tantas prisas y pantallas solitarias, reunirse a ver un partido puede ser una forma sencilla de recuperar la convivencia con la gente que quieres y dejar atrás el creciente individualismo. No todo encuentro familiar tiene que ser solemne. A veces basta una botana, una televisión encendida, unas risas, un abrazo inesperado después de un gol, para sentir que todavía sabemos estar juntos.

Quienes tengan la fortuna de asistir al estadio vivirán la emoción directa de la porra, del color, del rugido de la multitud. Quienes lo vean en casa también podrán participar de esa fiesta, porque el Mundial también se juega en la sala, en la oficina, en el café, en la convivencia que se arma alrededor de una pelota que rueda lejos, pero toca fibras muy cercanas.

Preparémonos, entonces, no solo como espectadores, sino como anfitriones de una alegría posible. Hagamos de cada partido una ocasión para encontrarnos, para conversar, para recordar que el deporte puede unir lo que la rutina diaria ya nos ha alejado.

Al final, quizá no recordemos todos los marcadores. Pero sí recordaremos con quién vimos aquel gol, quién gritó primero, quién se emocionó hasta las lágrimas y en qué lugar se volvió a sentar, no solo por unas horas, junto con la vieja y querida tribu social, ya sea con las amistades o la familia.

dellamary@gmail.com

Temas

Sigue navegando