Ideas

El Mundial de los tres países... y de una sola lógica

Por primera vez en la historia, una Copa del Mundo se disputa simultáneamente en tres países. México, Estados Unidos y Canadá comparten la organización del torneo más importante del planeta en un momento particularmente complejo para América del Norte.

Los tres anfitriones atraviesan debates políticos profundos. Estados Unidos enfrenta una polarización que parece haberse vuelto permanente y que se expresa en cada elección, en cada discusión pública y en cada decisión de Gobierno. Canadá vive tensiones derivadas del costo de vida, la migración y el desgaste de sus liderazgos tradicionales. México, por su parte, encara el reto de consolidar una nueva etapa política marcada por la concentración del poder federal, la redefinición institucional y los desafíos persistentes en materia de seguridad.

Paradójicamente, mientras la política divide, el futbol vuelve a ofrecer un espacio de encuentro. No es casualidad que una de las especies más emblemáticas de la región, la mariposa monarca, conecte cada año a los tres países mediante una misma ruta migratoria. Su recorrido ignora fronteras, aduanas y discursos nacionalistas. Une territorios distintos bajo un mismo ciclo natural. Algo parecido pretende hacer el futbol.

Sin embargo, detrás de la narrativa de integración continental emerge otra realidad menos romántica. Este Mundial también parece confirmar la transformación definitiva de la FIFA en una maquinaria comercial de dimensiones inéditas.

Los precios de boletos, hospedaje y experiencias oficiales han convertido la fiesta futbolística en un espectáculo cada vez más inaccesible para amplios sectores de la población. Lo que durante décadas fue una celebración popular corre el riesgo de convertirse en un producto premium. El Mundial que nació en las calles, en las plazas y en los barrios parece diseñado hoy para quienes pueden pagar el acceso a una experiencia cuidadosamente empaquetada.

La lógica comercial alcanza incluso aspectos que antes parecían intocables. Las llamadas pausas de hidratación aparecen en prácticamente todos los encuentros, aun cuando las condiciones climáticas no las justifican plenamente. Más que una necesidad deportiva, parecen responder a una necesidad de mercado: generar espacios adicionales para exposición comercial y venta publicitaria.

No se trata de cuestionar la viabilidad económica del torneo. Organizar un evento de esta magnitud exige recursos extraordinarios. El problema surge cuando la rentabilidad desplaza al espíritu que hizo grande al futbol.

Quizá la gran pregunta de este Mundial no sea quién levantará la copa. La pregunta es otra: si el futbol seguirá siendo un patrimonio cultural compartido o terminará convertido en un producto exclusivo administrado bajo la lógica de quienes pueden comprarlo todo.

Porque las copas duran un mes. Los negocios también. Pero la identidad colectiva que construye el deporte es mucho más difícil de recuperar una vez que se pierde.

@DelToroIsmael_
 

Temas

Sigue navegando