El gobierno sin poder
Por extraño que parezca, en política muchas veces obtener el poder es la parte sencilla del proyecto. Lo verdaderamente complicado es descubrir qué hacer con él cuando finalmente se tiene.
Durante años, Morena construyó una narrativa alrededor de una idea simple: recuperar el control del Estado para transformar un país que, según su diagnóstico, había sido abandonado por los gobiernos anteriores. Esa promesa le permitió construir una mayoría política inédita y convertirse en la fuerza dominante del sistema mexicano.
Pero hoy, con Claudia Sheinbaum en la Presidencia, la pregunta empieza a cambiar. Ya no es si Morena puede ganar elecciones. Eso ya lo demostró. La pregunta es si puede gobernar y, como dice su propia promesa, transformar.
Porque una cosa es controlar las instituciones políticas, dominar el Congreso y tener una base social sólida. Otra muy distinta es modificar para bien la realidad cotidiana de millones de mexicanos.
Las últimas semanas han dejado una fotografía interesante: un gobierno fuerte en términos electorales y políticos, pero enfrentando problemas que no se resuelven solamente con discursos, conferencias mañaneras o mayorías legislativas.
La paradoja de la narrativa del poder es sencilla: al principio sirve para explicar los problemas; después obliga a hacerse responsable de ellos.
Durante años, la inseguridad, la corrupción, la falta de servicios públicos o el estancamiento económico podían presentarse como herencia del pasado. Pero el tiempo tiene una costumbre: convierte al heredero en responsable.
El conflicto con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación es un ejemplo de esto. La relación entre la izquierda mexicana y los movimientos sociales siempre ha sido complicada: aliados cuando se busca llegar al poder, incómodos cuando llega el momento de ejercerlo.
La CNTE representa una vieja pregunta para cualquier gobierno progresista: ¿qué ocurre cuando los movimientos que ayudaron a construir el poder empiezan a exigirle cuentas al mismo poder? Gobernar implica decidir. Y decidir significa que alguien, tarde o temprano, quedará inconforme.
El problema es que muchos gobiernos llegan al poder prometiendo resolverle todo a todos, pero descubren rápidamente que administrar un país no funciona como una campaña electoral permanente. Hay recursos limitados, prioridades que elegir y grupos que, después de ser aliados, pueden convertirse en críticos.
Pero si existe un tema capaz de definir este sexenio es la seguridad.
México lleva años viviendo una especie de normalización del fracaso: cada administración anuncia una nueva estrategia, una nueva institución o una nueva coordinación, pero la realidad en muchas regiones sigue marcada por violencia, extorsión y territorios donde el Estado comparte autoridad con grupos criminales.
La seguridad no es solamente un problema de policías o militares. Es un examen sobre la capacidad del Estado para estar presente.
Un gobierno puede sobrevivir durante cierto tiempo con malos resultados macroeconómicos —algo que ya comienza a preocupar—, pero resulta mucho más complicado gobernar cuando la gente siente que su colonia, su negocio o su familia siguen expuestos.
Y en medio de este escenario aparece el Mundial de 2026 como una enorme vitrina. México tendrá la oportunidad de mostrarse ante el mundo, pero también de verse a sí mismo. Los grandes eventos internacionales tienen una característica: exhiben tanto las fortalezas como las debilidades de un país.
La infraestructura, la organización y la capacidad institucional estarán bajo observación. Porque una cosa es organizar una gran fiesta durante unas semanas; otra muy distinta es demostrar que el país puede funcionar cuando las cámaras se apagan y los invitados se van.
Estas semanas dejan una conclusión: el mayor reto de Morena no es conservar el poder. El verdadero reto es demostrar que sabe utilizarlo.
Porque la historia política mexicana está llena de gobiernos que acumularon fuerza, construyeron mayorías y dominaron el discurso público. Pero pocos lograron convertirse en aquello que México necesita: estadistas capaces de transformar instituciones y no solamente administrar popularidad (popularidad qué cuando no da resultados, se acaba rápido).
Al final, el poder no se mide por cuánto tiempo se conserva, sino por lo que se construye con él.
La pregunta no es quién tiene el control. La pregunta verdaderamente importante es: ¿para qué lo quiere?