El espectral espectro político
Hay una concentración excesiva en las nociones “derecha” e “izquierda”, como si el siglo XX no hubiera terminado hace veinticinco años; como si el símbolo que marcaba objetivamente esa división, el muro de Berlín no hubiera sido derruido en 1989. Como si la política y sus conceptos permanecieran en el tiempo, a despecho de las sociedades y sus culturas, de sus gobiernos, de la tecnología. Quizá la idea de que ciertos modos permanecen tiene que ver con que otros rasgos humanos parecen inmutables: la búsqueda de poder y la codicia. Antes, esa codicia y ese poder se perseguían de manera diferenciada según la doctrina que profesaran, de derecha o de izquierda. Pero como en efecto, el siglo XX hace mucho se agotó, hoy el poder y la codicia soltaron aquellos lastres: la adscripción a un sitio del espectro político es irrelevante para los resultados que en las sociedades tienen las acciones (o las omisiones) de los Gobiernos.
Después de las elecciones en Colombia, en las que se impuso, lo afirman notas periodísticas y analistas serios (mujeres y hombres), no la derecha: la mismísima ultraderecha. No la definamos, el caso es que, así sea con una noción superficial, por meros sobreentendidos o por un conocimiento académico de lo que significa “ultraderecha significa”, el mapa geopolítico en Latinoamérica, y por ahí van otras regiones del mundo, se tiñó de derechismo. No será que más bien debemos preguntar ¿neoliberalismo de derecha o de izquierda?
El neoliberalismo se impuso incluso en economías regidas por partidos comunistas, es decir, de izquierda, digamos la China (la cubana ya sacó una bandera blanca para pedir una tregua y la venezolana está en el trance de despojarse de un socialismo que fue nomás demagogia depredadora, empobrecedora).
La política neoliberal rige; esa que deja al mercado en calidad de regulador de las relaciones económicas, de lo que se siguen desregulaciones legales, o dejar esas regulaciones a condición de hacerse de la vista gorda cuando estorben al ansia irrefrenable del capital por acumularse, o sea: es mandatorio la intervención mínima del Estado en el juego de la economía.
Neoliberalismo rampante cuyo artículo de fe es que el crecimiento económico sostenido es imprescindible para el progreso, aunque la evidencia sea elocuente: muy pocos han progresado, de ahí que la secuela del progreso neoliberal sea la desigualdad, apuntalada por la obligada austeridad gubernamental que afecta a las y a los más vulnerables. Neoliberalismo que tiene en la competencia su rito fundamental y que va por más, no es estático: se le ha adicionado un alto contenido de ocurrencias personales, las del autoritario —género indistinto— de derecha o de izquierda que sólo favorece sus mercados, que hace que el Estado intervenga donde le conviene.
Neoliberalismo personalizado para el que el crecimiento económico es el enriquecimiento del autoritario y los suyos, para el que el progreso es frases/eslogan en sus discursos, por ejemplo: hacer grande a América otra vez, o soberanía. Neoliberalismo de autor que no tolera la competencia, especialmente la política, y que ve en la democracia un riesgo personal, por lo que se abraza al “aislacionismo transaccional”, mezcla de aislacionismo tradicional (sustitución de importaciones, la muy nuestra cortina de nopal, concepto de José Luis Cuevas de 1951, en el manifiesto contra el nacionalismo artístico) más pragmatismo transaccional: el autoritario en turno no se guía por ideologías rígidas, sino por lo que le permita cerrar tratos efectivos en cada coyuntura (efectivos, se entiende, para él o ella y sus grupos de interés), quizá sirvan como ejemplo de este aislacionismo transaccional del neoliberalismo renovado, el gobierno de Estados Unidos y el de México.
América, el continente, no se está vistiendo de derecha, lo que es claro es que gobierne quien gobierne, la desigualdad es la seña de identidad: la prosperidad incluyente no la han aportado ni unos ni otros, tampoco hay grandes diferencias en el tratamiento a las libertades y a los derechos: nuestros territorios, si de algo se han pintado desde hace tanto, es de injusticia.
En 1984 Norberto Bobbio publicó “El futuro de la democracia”, la segunda edición apareció corregida y aumentada en 1991. En el capítulo “Stuart Mill visto desde la izquierda” (Mill, adalid del liberalismo) leemos: “Una vez reconocida (por Giulio Giorello y Marco Mondadori) mediante Mill y Feyerabend la fecundidad del conflicto y del disenso, de la pluralidad de los puntos de vista, llegan a la conclusión de que es necesaria para la izquierda una verdadera y propia ‘revolución copernicana’, que consistiría en superar el dogma de los sistemas centrados y reconocer el sistema social como un conjunto de interacciones entre grupos con funciones de utilidad (la cita es tomada de J.C. Harsanyi) que, en cuanto tal, excluye toda concentración de poder que pretenda organizar la vida social de acuerdo con un plan unitario (y aquí nada menos la cita es tomada del príncipe de los economistas librecambistas. Friedrich von Hayek).”
Una página adelante, Bobbio añade: “la repropuesta de Mill desde la izquierda es un hecho que debe celebrarse. Las ideas tan felizmente expresadas por Mill sobre la necesidad de los límites del poder, aun cuando este provenga de la mayoría, sobre la fecundidad del conflicto, el elogio de la diversidad, la condena del conformismo, la absoluta prioridad que en una sociedad bien gobernada se da a la libertad de expresión”.
Derecha o izquierda ¿sólo esta última necesita una “revolución copernicana”? Que parafraseada sería: el centro del cosmos no son tus ideas, más bien éstas giran alrededor de un sol mayor: la sociedad en la que existen otras ideas. Hoy, esa revolución es imprescindible para todo proyecto político ¿o acaso la derecha no requiere límites al poder, “aun cuando este provenga de la mayoría”?
Desde ella y la izquierda ¿no deben ser constantes el elogio de la diversidad y la condena del conformismo, además de la absoluta prioridad a la libertad de expresión?
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