Ideas

El enemigo necesario

Hay gobiernos que necesitan explicar. Y hay gobiernos que prefieren encontrar un enemigo.

En México, el caso de Rubén Rocha Moya abrió una pregunta demasiado incómoda para el oficialismo: ¿qué pasa cuando las acusaciones sobre posibles vínculos con el crimen organizado ya no alcanzan solamente a adversarios, sino a figuras cercanas al poder?

No era una pregunta menor. En un país que lleva años enterrando muertos y viendo cómo el crimen organizado se sienta demasiadas veces en la mesa de la política, hablar de narcopolíticos no es hablar de propaganda. Es hablar de una herida nacional.

Por eso el tema tomó tanta fuerza.

Porque no necesitaba demasiada explicación.

La indignación estaba lista.

Y entonces… apareció otro enemigo.

Uno viejo, uno conocido: Estados Unidos.

La conversación empezó a desplazarse, ya no se trataba solamente de responder qué había detrás de las acusaciones, qué se sabía, qué se iba a investigar y quién debía asumir responsabilidad política. De pronto, el centro empezó a moverse hacia la soberanía, la intervención extranjera, la defensa de la patria y los riesgos de que Washington quisiera influir en las elecciones mexicanas.

No desapareció Rocha Moya.

Pero dejó de estar solo, y eso importa.

Porque cuando una crisis amenaza al partido, el poder necesita repartir el peso de la indignación. Necesita que la conversación ya no tenga un solo rostro, una sola pregunta, una sola incomodidad. Necesita poner enfrente un adversario más útil, más emocional, más fácil de reconocer.

La narcopolítica provoca rabia.

Pero Estados Unidos provoca memoria.

Y en política, la memoria también se usa.

Se usa para convocar orgullo, para cerrar filas, para hacer que cualquier cuestionamiento parezca una traición y para convertir una exigencia legítima de explicaciones en un gesto sospechoso frente al extranjero.

Ese es el riesgo.

No que México defienda su soberanía; debe hacerlo.

El riesgo es que la soberanía se vuelva una palabra conveniente: fuerte cuando protege al partido, débil cuando debería proteger a las familias.

Porque mientras toda esa energía política se concentra en convertir a Washington en el enemigo narrativo del momento, hay otro frente abierto con Estados Unidos que sí puede tocar la vida cotidiana de millones de mexicanos: el T-MEC, la industria automotriz, los aranceles, las inversiones, la migración y los empleos.

Ahí están Coahuila, Nuevo León, Guanajuato, Puebla, Aguascalientes, San Luis Potosí, Querétaro y Jalisco. Ahí están las plantas, los proveedores, las familias que dependen de una cadena productiva. Ahí está la gente que no vive de discursos, sino de turnos, nóminas, exportaciones y decisiones que se toman lejos de su mesa.

Esa también es soberanía, quizá la más concreta.

La que no cabe en una consigna, pero sí en el recibo de luz, en la mesa, en el crédito, en si los hijos estudian o no, en el empleo que se conserva o se pierde.

Por eso la pregunta no es si México debe defenderse de cualquier intento de intervención extranjera.

La pregunta es por qué el gobierno parece reaccionar con más urgencia cuando está en riesgo el relato de Morena que cuando está en riesgo la economía de las familias.

Porque al final, los enemigos que el poder elige siempre revelan algo.

No sólo de quién le preocupa.

También de quién está dispuesto a dejar esperando.

paola.nadine@gmail.com 

Temas

Sigue navegando