El derecho a equivocarse sin público
Piensa en algo que dijiste a los quince años y que hoy te daría vergüenza repetir. Oh, sí, todos tenemos un momento que, si hubiera quedado grabado, hoy nos seguiría poniendo la cara roja de vergüenza. Una opinión que defendiste sin entenderla, una broma que salió mal. Ahora imagina que alguien lo hubiera grabado y que ese video apareciera cada vez que intentaras presentarte ante nuevas personas.
Muchos adultos tuvimos la oportunidad de crecer sin dejar un registro público de cada equivocación. Nuestros errores permanecieron en la memoria de unos cuantos y, con el tiempo, algunos de esos recuerdos hasta se olvidaron. Pudimos cambiar sin tener que explicarle a un desconocido por qué ya no éramos aquella persona.
Para quienes crecen rodeados de cámaras y redes sociales, esa posibilidad puede ser mucho más frágil. El video de una equivocación puede salir del salón de clases, circular entre miles de personas y regresar meses después. Ahora, aquella equivocación le pone a esa persona una etiqueta que será difícil de borrar, aun cuando quien se equivocó ya pidió disculpas, reparó el daño o cambió de opinión.
Crecer implica ensayar quién quieres ser. A veces repites ideas para pertenecer a un grupo. A veces confundes la crueldad con el humor. A veces hablas con una seguridad que todavía no puedes sostener con argumentos suficientes. Por eso hacen falta adultos que acompañen, límites claros y oportunidades para comprender las consecuencias.
También hace falta un espacio donde se pueda ensayar, corregir y rehacer. Cuando una equivocación se convierte en espectáculo, la atención se desplaza hacia las reacciones del público. Aparecen comentarios, burlas y personas que opinan sin conocer lo ocurrido. Quien cometió el error puede terminar más preocupado por escapar de la humillación que por entender a quién lastimó y cómo reparar el daño.
Compartir por diversión la vergüenza de un adolescente puede tener consecuencias graves. Antes de difundir, deberíamos preguntarnos a quién estamos ayudando cuando compartimos este tipo de contenido.
La responsabilidad también nos alcanza a los adultos. Cuando publicamos el castigo de un hijo, reenviamos una pelea escolar o participamos en una burla colectiva, ampliamos la exposición de alguien que todavía está aprendiendo a vivir con los demás. A veces, incluso, convertimos su vulnerabilidad en contenido para nuestra propia audiencia.
Una escuela necesita atender las faltas, proteger a quienes sufrieron daño y establecer consecuencias. Necesita, además, abrir un camino de regreso: que el estudiante pueda reconocer lo ocurrido, reparar lo que esté a su alcance y demostrar con su conducta que aprendió.
¿Para qué educamos si después tratamos cada error como una etiqueta que ya no se puede borrar?
Tenemos que enseñar a usar las redes y a decidir cuándo guardar el teléfono. A entender que disponer de una grabación no nos obliga a publicarla. A permitir que una disculpa vaya acompañada de reparación y cambios, sin exigir una ceremonia pública de humillación.
Todos conocemos algo de nosotros que preferiríamos haber dejado atrás. Esa experiencia debería ayudarnos a mirar con más empatía a quienes apenas están creciendo.
Ojalá les demos la oportunidad que muchos tuvimos: aprender de una equivocación sin necesidad de hacer de ella un espectáculo para millones de desconocidos.
X: @rvillanueval