Educar como gente rara
Normal. Esa palabra que debería ser ecuánime está, en realidad, cargada de significado. Lo que es normal para alguien puede no serlo para alguien más, la normalidad depende de los usos y costumbres, incluso de lo que se considera socialmente aceptable o de la práctica más extendida. Pero normal en realidad no significa nada. Por otro lado, ser llamado raro, eso sí que tiene un peso mayor.
¿Sabías que la cultura occidental es la más rara del mundo? No te asustes, me explico. En 2010 el antropólogo Joseph Henrich, hoy profesor de Biología Evolutiva Humana en Harvard, publicó junto con los psicólogos Steven Heine y Ara Norenzayan un análisis que sacudió a la psicología. Las personas occidentales (Western), educadas (Educated), industrializadas (Industrialized), ricas (Rich) y democráticas (Democratic) resultaron ser de las más raras del planeta, de ahí el acrónimo WEIRD, que en inglés significa precisamente raro. Y aun así hemos querido entender la psicología humana como si todos compartiéramos esos cinco rasgos. Henrich y sus colegas encontraron que el 96% de las muestras de las principales revistas de psicología provenían de países que albergan apenas al 12% de la población mundial, y una década después la cifra seguía en 95%. Hemos querido entender el 100% de la humanidad mirando solo a una pequeña parte.
¿Y por qué esto es importante? Hablemos sobre la educación de los hijos. Las sociedades democráticas posteriores a la revolución industrial llevan menos de doscientos años de historia, un pequeñísimo fragmento comparado con las decenas o cientos de miles de años que llevamos criando hijos, y sin embargo casi todo lo que hoy leemos sobre crianza nació dentro de ese paréntesis, olvidando o desestimando por completo la forma en que fuimos educados durante casi toda nuestra existencia.
Michaeleen Doucleff, periodista científica de NPR, lo descubrió al convertirse en madre. Revisó los estudios que sostienen los consejos de crianza modernos y los encontró pobres y poco eficaces, así que tomó a su hija Rosy, de tres años, y se fue a convivir con familias mayas en Yucatán, inuit en el Ártico y hadzabe en Tanzania. De ese viaje salió El arte perdido de educar. Allí cuenta cómo las madres mayas dejan que sus hijos les ayuden en la casa desde que aprenden a caminar, sin premios ni amenazas, cómo los padres inuit responden al berrinche con una calma que poco a poco le enseña al niño a calmarse, y cómo los niños hadzabe se mueven con una libertad que a nosotros nos quitaría el sueño.
Lo asombroso es que no hace falta irse hasta Yucatán. En 2014 la psicóloga Barbara Rogoff y Rebeca Mejía-Arauz, investigadora del ITESO, compararon a niños de dos comunidades de Guadalajara. En una comunidad de herencia indígena, muchos niños de seis a ocho años cuidaban a sus hermanos, cocinaban y hacían mandados por iniciativa propia. En la comunidad cosmopolita, de familias con mucha escolarización, pocos ayudaban y casi nunca sin que se lo pidieran. Y lo más sorprendente...los niños que más ayudaban eran también los que más tiempo tenían para jugar libremente, mientras los otros pasaban de una actividad a otra organizada por adultos.
Los mexicanos tenemos esa sabiduría muy cerca, en nuestros pueblos originarios y en la manera en que criaron muchas de nuestras bisabuelas, y la hemos ido soltando por querer parecernos a los europeos o a los americanos. Por una aspiración social mal entendida aprendimos a ver en esas formas de criar algo de pobres, de rancho, de gente que no sabe. Y mientras tanto llenamos la agenda de los hijos y compramos libros de crianza escritos en otro idioma para niños que viven una vida totalmente distinta. Nos hicimos raros, WEIRD, y encima lo llamamos progreso.
@luciachidan