Doña Rosario, con mayúsculas, y la voluntad de Rosario en la CNDH
Durante 47 años Rosario Ibarra de Piedra demandó a distintos Gobiernos de la República la aparición de su hijo Jesús. Tan solo al presidente Echeverría lo encaró 39 veces en su infatigable y honrosa lucha por saber el paradero de su vástago y el de cientos de desaparecidos en la guerra sucia de los años sesenta, setenta, ochenta.
Cuando en 2001, en una entrevista para “El Universal”, le pidieron hablar del libro que preparaba tras un cuarto de siglo de protestas por las desapariciones forzadas, periodo en que fue dos veces candidata presidencial y promovida al Nobel de la Paz, a Doña Rosario, escribe la reportera Luz María Rivera, “la voz le sale en un torrente vibrante de matices todos sonoros, fuertes, y sus manos, expresivas, rematan juicios y frases”. Y luego resume el contenido del libro así:
“Tendrá fotografías de todos los desaparecidos que tenemos y, consignadas las acciones políticas de lucha: marchas, mítines, plantones, encadenamientos, crucifixiones, huelgas de hambre”.
“Lo que hicimos para lograr una Ley de Amnistía, en 1978, que la decretó López Portillo, para lograr el excarcelamiento de mil 500 presos políticos; el regreso de 57 exiliados, y también el que cesaran 2 mil órdenes de aprehensión contra militantes de izquierda, sindicalistas, campesinos, colonos, y también militantes de organizaciones armadas, que se consideraban perseguidos”.
En las palabras de Ibarra de Piedra no había autocomplacencia: “Lo que no avanzamos ni con la Ley de Amnistía fue en la recuperación de desaparecidos. Fue hasta 1979 cuando formamos el Frente Nacional Contra la Represión, que el Gobierno empezó a liberar desaparecidos: los dejaba en una carretera, en un mercado, en cualquier sitio, fuera varón o mujer, y nosotros hablamos con ellos, y ellos nos narraron cómo vieron en las cárceles clandestinas, donde estuvieron, a otros desaparecidos. Nos dieron elementos para tener esperanzas de recuperarlos con vida. (…) Hemos rescatado 148 desaparecidos. Tenemos un saldo de cerca de 500 que no han aparecido, pero no perdemos la esperanza de recuperarlos”.
Aquella mujer delgada e indómita, que todo México vio vestida de negro y con la imagen de su hijo Jesús colgada del pecho, al hablar en enero de 2001 con Luz María Rivera abrigaba “cierto optimismo” sobre el sexenio foxista: “falta que haya voluntad política de parte de este Gobierno del cambio, entre comillas. Vamos a ver si le quitamos las comillas al cambio”.
¿Cómo quería Doña Rosario quitar esas comillas? La reportera parafrasea: “(las condiciones políticas de la alternancia del 2000) podrían lograr que Vicente Fox, en calidad de comandante de las Fuerzas Armadas, finalmente dé la orden para que se abra el Campo Militar Número Uno, y los desaparecidos aparezcan”.
“Rosario de los desaparecidos”, le llamó Alba Calderón Hernández, que un reportaje publicado en “Verificado” en abril de 2022, consigna lo que hizo Ibarra de Piedra al recibir, en 2019 en el Senado de la República la medalla Belisario Domínguez: “se la entregó al actual presidente Andrés Manuel López Obrador y le pidió devolvérsela con la respuesta de dónde está su hijo y los otros desaparecidos: ‘Que la justicia anhelada por fin los cubra’”.
Siete años después, la presidenta de la CNDH Rosario Piedra Ibarra, hija de Doña Rosario, a quien acompañó en tantas “marchas, mítines, plantones, encadenamientos, crucifixiones, huelgas de hambre”, acaba de certificar la falta de voluntad política del obradorismo para abrir los cuarteles y buscar en archivos y testimonios de la Defensa pistas para dar con los desaparecidos de Ayotzinapa.
Ver para creer, vueltas que da la vida, o como quieran.