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¿Qué es un celular?

De acuerdo con la generación de mis abuelos y los detractores de la televisión de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, mi generación debería de ser una panda de imbéciles, idiotizados por un aparato de bulbos que desde que éramos pequeños atraía nuestra atención más que ninguna otra cosa. La bautizaron como la “La caja idiota”. Al paso de los años, estoy convencido de que la televisión poco tiene que ver con la imbecilidad generacional. El gran crítico y enamorado del cine, Emilio García Riera, conectado al oxígeno con un enfisema pulmonar que a la postre le costaría la vida, nos dijo -en una comida con sabor a despedida en casa de Luis González de Alba- que le agradecía a la enfermedad haberle dado tiempo para descubrir lo buena que podía ser la televisión. Efectivamente, para la televisión se ha producido muchísimo contenido basura y verdaderas joyas.

Hoy, toda proporción guardada, el enemigo público es el celular. Y la primera pregunta que tenemos que hacernos es ¿qué es un celular? Para los mayores de cincuenta, es un sustituto portátil de un aparato al que llamábamos teléfono; para los que tienen entre 30 y 50 (ellos se dicen a sí mismos jóvenes, pero ya no lo son) es un sistema que les permite articularse socialmente a través de las redes. Para los más jóvenes, ese aparato nada tendrá que ver con telefonía celular, será el agente de inteligencia artificial a través del cual accederán al conocimiento y resolverán su vida cotidiana.

El debate sobre la regulación del uso de “celulares” en las escuelas y la restricción de redes sociales para menores de edad tiene un riesgo mayúsculo: que la legislación no haga sino trasladar los miedos de los mayores a la vida de las nuevas generaciones. Umberto Eco, a quien le gustaba pensar, escribió en 1964 el ensayo titulado “Apocalípticos e Integrados” donde planteaba los dilemas de los medios masivos. La materia del ensayo -el impacto de los massmedia en la sociedad- está ya obsoleta; la forma de pensar y abordar el objeto problema sigue vigente: el problema no es la existencia de nuevos medios, sino cómo los articulamos en la producción de la cultura y en la educación de estas nuevas formas de consumo cultural.

¿Cuál es el papel del Estado y de la educación pública respecto a los celulares? ¿Restringirlos, como lo hizo Australia y más recientemente Francia? Los resultados de los primeros meses en Australia son poco esperanzadores respecto a la restricción de usos de redes sociales. No solo bajó muy poco el tiempo de exposición a la pantalla, sino que han creado una generación de jóvenes entre 14 y 15 años expertos en burlar la ley.

No hay manera de que el uso de aparatos y de inteligencia artificial no tenga un efecto sobre la forma de vivir, de pensar, de relacionarse y de interactuar con el mundo en las nuevas generaciones. Pero quizá, y solo quizá, -lo pongo sobre la mesa- el papel del Estado no debería ser el restringir, sino asegurar que todos los mexicanos tengan acceso a los aparatos inteligentes para evitar las llamadas brechas digitales, y educar desde y para el uso de las nuevas tecnologías, y no desde el miedo y para la tranquilidad de conciencia de quienes no entendemos qué es “un celular”.

diego.petersen@informador.com.mx

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