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Morena: perdió la izquierda

Los análisis en torno a las designaciones de los candidatos de Morena en los Estados, disfrazados de coordinadores para que el INE pueda seguir haciendo como que no violan la ley, se han centrado fundamentalmente en qué grupo ganó en cada Estado, cuáles candidatas o candidatos son de la Presidenta y cuáles no. La pregunta que no se ha hecho es dónde realmente ganó la izquierda en estas candidaturas.

Hay muchas razones para dudar de que Morena sea realmente un partido de izquierda, al menos en lo que se refiere a las causas que defiende. En la agenda de igualdad no hay duda: podemos estar o no de acuerdo con los mecanismos de distribución de la riqueza que plantea este partido, pero es claro que el combate a la pobreza y la desigualdad es lo sustancial de su agenda y que hay resultados en ambos rubros. En lo referente a la agenda de ampliación de libertades, el partido es más que ambiguo. Ha sido muy progresista en la Ciudad de México, pero no lo es en lo federal ni en los Estados más conservadores.

Donde más dudas hay es en el perfil ideológico de sus liderazgos: ¿realmente son de izquierda? El movimiento creció haciendo pactos con cacicazgos políticos en los estados, fueran del PRD, PRI, PAN o Partido Verde. No es el único partido que sufre de estas contradicciones; ya hemos hablado de Movimiento Ciudadano, un partido de izquierda que solo gana con candidatos y propuestas de derecha. ¿Qué dicen los llamados Defensores de la Transformación y la Soberanía sobre la idea de izquierda que tiene Morena? Una revisión de los perfiles habla de una propuesta ecléctica, si queremos ser amables con el adjetivo, por no decir contradictoria o incluso falsa.

La mitad de los candidatos en los Estados son cualquier cosa menos de izquierda. Por supuesto que, si les preguntan, todos dirán que desde chiquitos soñaron con la justicia social y la revolución, pero su carrera política la iniciaron en el PAN, como es el caso de Julieta Ramírez en Baja California; Pablo Gutiérrez Lazarus en Campeche, y Cruz Pérez Cuéllar en Chihuahua. De este último, otro panista chihuahuense reconvertido al obradorismo, el senador Javier Corral, lo acusó incluso de ser cercano a la actual gobernadora panista y pluma de vomitar de Morena, Maru Campos.

Otra buena parte viene del PRI, pero no del PRI de Lázaro Cárdenas, sino del neoliberal, ese que regurgitan cada mañana en Palacio Nacional. Es el caso de Santiago Nieto, el defensor de la transformación en Querétaro, quien hizo su carrera política en el desprestigiadísimo Poder Judicial de antes de la reforma y luego en la tecnocracia priista. O de Clara Luz Flores, una destacada priista de Nuevo León a la que se le quitó lo neoliberal cuando no le dieron la candidatura por ese partido. Ni hablar de la nayarita Jasmine Bugarín, quien inició su carrera en el PRI antes de saltar al Verde y que renunció a su nacionalidad estadounidense en la ventanilla equivocada, ahí donde no se fueran a enterar los gringos.

Resultan interesantes también los casos de Colima, donde la candidata de Morena, Rosy Bayardo, dio sus primeros pasos políticos en Coparmex, que no es exactamente un organismo de izquierda, o Eugenio Segura en Campeche, que tiene la misma concepción de la austeridad republicana que Andrés Manuel, pero López Beltrán, no López Obrador.

Por paradójico que suene, la izquierda fue la gran perdedora en las elecciones internas de Morena.

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