Una buena para el agua y lo que sigue
La historia nos ha enseñado a ser desconfiados y a no creer en la palabra de los políticos hasta no verla hecha realidad, pero el anuncio de la presidenta Claudia Sheinbaum el día de ayer es, sin duda, una buena noticia, no solo porque alivia las finanzas de Jalisco, sino porque muestra que todavía hay un resquicio de cordura política en este país: que una presidenta de un partido y un gobernador de otro se pueden poner de acuerdo en torno a un bien superior, que hay cosas con las que no se juega y que las decisiones de Estado van más allá del trienio y las elecciones.
Construir el acueducto sustituto de Chapala a Guadalajara es mucho más urgente y trascendente que terminar el sistema de Zapotillo. Esto último habrá que hacerlo también en algún momento y es poco probable que se hagan al mismo tiempo. El compromiso del gobierno de Jalisco de reconstruir las plantas de tratamiento de Miravalle es también una buena noticia. Cómo se cuelguen las medallas es asunto de ellos y sus respectivos partidos; por lo pronto, hay que celebrar la resolución y esperar que ambos cumplan.
Destrabadas estas dos obras, que son las que pueden resolver el problema de calidad del agua a mediano plazo (durarán dos años cuando menos), el gobernador y los alcaldes metropolitanos pueden, y deben, concentrarse en la agenda inmediata, que es atender la crisis por los tandeos y la falta de agua que afecta a más de un millón de habitantes, y la sociedad civil, en resolver el problema a futuro.
Si algo hemos de aprender de esta crisis es que el agua es un tema demasiado importante como para dejarla en manos de los políticos. Las obras anunciadas son muy importantes, pero no resuelven los problemas de fondo: la institucionalidad y, sobre todo, la cultura del agua.
Las instituciones del agua, comenzando por el Siapa, pero no solamente, necesitan un cambio en su enfoque que les permita tener mayor independencia técnica y política. Si llegamos a donde llegamos, fue gracias a una serie de decisiones que antepusieron el criterio político al técnico y, sobre todo, a la responsabilidad social que implica el manejo del agua en una ciudad. Si no aprovechamos esta crisis para avanzar y cambiar los criterios con los que se manejan las instituciones del agua, podemos apostar doble contra sencillo que más pronto de lo imaginado estaremos metidos de nuevo en el mismo problema.
El otro gran tema es la cultura del agua. La ciudad tiene concesionada suficiente agua de tres fuentes distintas -Chapala, la cuenca de Río Verde y el sistema de pozos alrededor de La Primavera-, pero nadie nos asegura que esa agua estará ahí si no nos hacemos responsables de los ecosistemas respectivos. Cambiar la cultura del agua no es solo enseñarnos a consumir menos, a cuidarla en las casas, las empresas y el campo, sino hacernos responsables de proteger los bosques que la producen, de no contaminarla, de usarla responsablemente y de regresarla a las cuencas de origen limpia para que otros puedan también disfrutar de ella.