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Los otros mundiales

Pocas cosas en la vida levantan tanta pasión como el futbol. Algunas de ellas verdaderamente extrañas e incomprensibles, gente dispuesta a jugarse la vida en un partido, a poner todo en once pares de piernas o gastarse el sueldo de dos años en un boleto. De hecho, resulta absurdo que pensemos que la selección de futbol, que responde mucho más a intereses de negocio de 18 empresarios dueños de los equipos que a criterios estrictamente deportivos, nos representa como nación. Pero así es, ponerse la camiseta verde -sea original, clonada, copia o sencillamente pirata- genera un sentido de pertenencia y comunidad solo comparable al guadalupanismo, mismo al que sin duda apelaremos cuando en el tercer partido el pase a la siguiente ronda esté comprometido y dependa de que algún portero en una sede lejana se equivoque, un árbitro marque un penal inexistente de último minuto, o un autogol del equipo contrario. Todo ello, por supuesto, con la intercesión de la madre del Tepeyac.

Al mismo tiempo, ningún Mundial nos había sido tan ajeno. No solo somos subsede, sino que la FIFA lo hace sentir con toda claridad: los precios están pensados para la economía estadounidense, para nadie más. Si los mexicanos no pueden pagar, a la FIFA le importa un bledo. Para la raza son los Fan-Fest en las ciudades sede. Divertirse o no durante el Mundial dependerá más de la actitud que se asuma en la calle que del boleto, porque ese es simplemente inalcanzable.

 Más allá de la FIFA y su muy amafiada forma de ser, existen otras manifestaciones que se han apropiado del Mundial para hacer notar los problemas sociales del país. El Panini o álbum de los desaparecidos, con pega de fichas de los miles de jóvenes como si fuera la colección de cartitas; las cascaritas contra la impunidad en las plazas de todo el país, no solo de las ciudades sede, para evidenciar la violencia en los barrios y la leva de personas; los grafiti a los muros que promueven el mundial como un acto de contracultura, o el movimiento “Fuera de lugar, el mundial desde los márgenes”, que propicia actos culturales que buscan evidenciar la exclusión, son todas formas de expresión y apropiación que nada tiene que ver con el campeonato de la FIFA y sí con la forma en que nos apropiamos de él.

El Mundial, al menos durante el tiempo en que la selección mexicana siga viva en el torneo, será una fiesta y también un espacio y momento para visibilizar los problemas y expresiones sociales. Porque el país que presumiremos a los turistas existe, y también ese otro México que está de la patada.

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