Las maromas de un gobernador enredado
Pablo Lemus ha decidido gobernar para las redes. Ha perdido todo miedo al ridículo y gobierna con la certeza exhibicionista de Salvador Dalí: “que hablen de mí, aunque sea bien”.
¿Quién le hizo pensar que un gobernador que se disfraza siempre para la ocasión es el gobernador que quiere la gente? ¿Quién en su sano juicio dentro del gabinete aplaude y apoya que, en una inauguración de la obra más importante de lo que va de su sexenio, el gobernador haga malabares para demostrar juventud y fortaleza? ¿En qué momento pasamos de “gobernar es comunicar” (una visión, por cierto, tan falsa como reduccionista) a gobernar es empatizar y obtener likes en redes sociales?
Pablo Lemus gobierna para caer bien. Sin embargo, no estoy seguro de que la estrategia sea la adecuada para lograrlo. En el ranking de gobernadores realizado por Consulta Mitofky para “El Economista” la aprobación del gobernador está en 53 por ciento. No está mal, pero claramente la estrategia del gobernador empático no está generando demasiado entusiasmo y no le alcanza para pasar de media tabla. El gobernador de Querétaro, Mauricio Kuri, por poner un ejemplo, que está por terminar su periodo, es bastante más austero en sus redes sociales y se ha mantenido los seis años en la parte alta de la tabla. Samuel García, el rey de las redes, por el contrario, es la evidencia de que ser popular en redes no significa buena reputación; el fosfo-gobernador está en el número 23 de la tabla y por debajo de él solo están los impresentables (Monreal, Sansores, May, Nahle).
A año y medio del inicio de su gobierno, la pregunta es qué tipo de gobernador es y quiere ser Pablo Lemus. No es -lo sabíamos bien- el animal político que controla el poder. Tampoco ha demostrado ser un estratega con una sólida y clara visión de futuro. Derivado de su origen empresarial, de Lemus se espera que sea un gran ejecutor, pero sin dinero la ejecución se complica. Quizá por eso ha decidido, desde mi punto de vista malamente, convertirse en un vendedor, un vendedor de su propia imagen.
La búsqueda de empatía puede convertirse fácilmente en una imagen de frivolidad. La línea es tan delgada como invisible, invisible particularmente para quien busca ser empático.
Las piruetas del gobernador en la inauguración de la Línea 5 al aeropuerto han dado la vuelta al país. No sé si sus administradores de redes lo tengan enredado con los números y otras maromas, pero una cosa es gozar el ejercicio del poder, lo cual se agradece, y otra muy distinta es frivolizarlo.