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Corrupción valiente y lo que el viento a Juárez

Entre la honestidad valiente y la indolente corrupción hay solo un pequeño escalón: el poder. Muy poco les duró a los morenistas la predica de la honestidad valiente que pregonaba López Obrador en sus campañas. Hoy, apenas a ocho años de haber llegado al poder, personajes claves ligados a la vida pública están cada vez más embarrados en escándalos de corrupción, enriquecimiento inexplicable y negocios turbios tan o más escandalosos que los de sexenios pasados.

Nada hay nuevo bajo el Sol. Exactamente lo mismo le sucedió al PAN cuando llegó al poder, porque el poder, por definición corrompe. Corrompe por la necesidad de mantenerlo y corrompe por el temor a perderlo. Corrompe porque el poder necesita actualizarse, ponerse en escena, mostrarse y demostrarse. No hay día que no salga un nuevo caso de corrupción de los líderes del movimiento obradorista. La fácil es acusar al mensajero, al periodista que lo da a conocer, o a la oposición de medrar políticamente con el escándalo (ojalá al menos eso hicieran bien) como si el problema no fuera la corrupción sino los que la evidencian.

Tal como le sucedió al PAN en el segundo periodo en el poder, hoy Morena ya no puede decir que se acabó la corrupción. Lo único que puede hacer diferencia es cómo la procesen. Los panistas fueron incapaces de reconocer la corrupción para combatirla, y duraron solo dos sexenios; los priistas en su regreso triunfal ni siquiera se preocuparon en ocultarla, y les costó carísimo. ¿Qué va a hacer la llamada 4T?

La apuesta de Morena no parece estar en el combate a la corrupción, cada día más evidente y extendida, sino en desmontar el andamiaje democrático que permita la alternancia. El uso de la estructura del Estado para mantener el poder terminará siendo en el corto plazo la justificación plena para permitir y sobre todo para no perseguir la corrupción. Habrá, por supuesto, casos específicos de militantes caídos en desgracia, perros flacos a los que se les subirán todas las pulgas de la justicia, que simularán el combate a la corrupción en la transición de un sexenio a otro, pero nada más.

Envalentonados con el poder, la justicia les hace lo que el viento a Juárez. La pregunta es cuánto tiempo podrá mantener un partido como Morena un esquema de partido hegemónico en el siglo XXI. Lo que cohesionó a los partidos post revolucionarios en el siglo XX, el PNR de Calles, el PRM de Lázaro Cárdenas y el PRI de Miguel Alemán fue una gran capacidad de gestionar la corrupción y la alternancia no de partidos pero sí de grupos políticos en el poder. 

Morena está transitando de un partido de tlatoani único a un conglomerado de caciques regionales y una gobernanza criminal donde lo que los amalgama es la corrupción. 

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