Claudia Sheinbaum rumbo al tercer año
Ernesto Zedillo tomó el poder el 1 de diciembre de 1994 y tres semanas más tarde el país estaba sumido en una crisis económica terrible, los miembros de su partido no lo respetaban y en los medios le decíamos la semana santa porque nadie sabía si caería en marzo o en abril. Antes de que llegara el Domingo de Ramos, consiguió un crédito puente de Estados Unidos, reconoció el triunfo de la oposición en Jalisco y metió a la cárcel a Raúl Salinas de Gortari, hermano del ex presidente, acusado de ser el autor intelectual del asesinato de Francisco Ruiz Massieu. Carlos Salinas montó en cólera, se puso en huelga de hambre y se dijo perseguido por el presidente que él había nombrado. Su protesta duró 36 horas. Cuando se dio cuenta que él ya no era el presidente, se auto exilió en Dublín.
Claudia Sheinbaum está a punto de cumplir dos años en la presidencia de la República. La sombra de su antecesor es más fuerte aún que la de Salinas de Gortari, pero la situación política parecida. El más visible políticamente de la familia López Obrador, el clavo que había dejado el ex presidente manejando el partido, fue al hijo de su mismo nombre. De entre la gran cantidad de pillos que pululan en la política mexicana, el Gobierno de Estados Unidos lo escogió a él, entre un grupo selecto, para retirarle la visa, como un primer aviso de que no es intocable. Padre e hijo montaron en cólera, y alentaron a uno de sus aliados, Rubén Rocha Moya, para que retomara la gubernatura de Sinaloa en un claro reto al poder de Claudia Sheinbaum. La rebelión duró las mismas 36 horas. Un día y medio fue suficiente para que partido, gobernadores, y poderes de la unión cerraran filas en torno a la Presidenta. Y como en el corrido de “Camelia la texana”, de Rocha, del ex presidente y de su hijo ya no se ha sabido nada. Nadie, ni un solo morenista de los que la semana pasada estaba indignados por la visa del hijo del ex presidente, o de los que celebraron el regreso de Rocha Moya ha vuelto a sacar la cara.
La Presidenta Sheinbaum llegará a su segundo informe con más fuerza, con control de los puestos clave, y con posibilidad de poner a la mayor parte de los diez candidatos a gobernador en su partido. Va a arrancar su tercer año con más fuerza política de lo que muchos pensaron que pudiera llegar a tener. Sin embargo, si la economía no mejora, si no encuentra el camino del crecimiento económico rápido, el problema no lo tendrá con su partido y sus compañeros de movimiento, como hasta ahora, sino en la calle.
Nada erosiona más el poder como una economía que golpea los bolsillos y las mesas de los ciudadanos. No hay programa social que supla la falta de empleo, y ese es ahora el reto. No hay receta secreta. Para que haya crecimiento se requiere inversión y para que se dé la inversión se requiere confianza, no en la Presidenta, en el país, y ello implica desmontar algunos de los dogmas obradoristas.