Árbitros: de Nazarenos a Pilatos
Yo solo sé que de futbol no sé nada
Juan José Arreola
En el Mundial de Italia 90, Televisa tuvo la excelente idea de invitar a Juan José Arreola, un neófito del deporte de la patada, como comentarista. Los primeros días el escritor y prohombre de Zapotlán el Grande, Jalisco, se la pasó hablando pestes de un deporte que le parecía primitivo y sobre todo arcaico, pues cuando en el tenis se comenzaba ya a usar la tecnología para definir si una bola había caído dentro o fuera del cuadro, el futbol seguía confiando en el criterio de un solo hombre para aplicar el reglamento.
Pasaron las jornadas y los partidos (la mayoría de ellos profundamente aburridos; fue un Mundial francamente malo) y un día el autor de Confabulario tuvo una revelación: lo que hace realmente apasionante al futbol es el error humano, particularmente cuando el error lo comete el árbitro. No hay otro deporte, decía el maestro Arreola, donde una jugada, cuya duración alcanzó apenas algunos segundos, permite a millones de personas tener tema de conversación durante toda la semana. Si algo le gustaba a Arreola era conversar, incluso más que escribir o jugar ajedrez.
Mentarle la madre al árbitro era, además, un desfogue sensacional. El oficio de réferi, como se decía antes, era el de enemigo público y sobre él se descargaban todas las frustraciones. No en vano el periodista costarricense Carlos Arturo “El Colorado” Rueda los bautizó allá en los años treinta del siglo pasado, cuando apenas comenzaba el futbol profesional, como “los nazarenos”, pues al igual que a Jesús siempre los crucificaban. El árbitro y sus dos abanderados eran al mismo tiempo justicieros y ladrones; las dos caras de Judas, Iscariotes cuando traicionaban, Tadeos cuando a merced de una decisión tan arbitraria como certera, lograban el milagro imposible, como un empate sobre la hora, la anulación salvífica de un gol, la mano que nunca se vio, o el maldito penal de último minuto que nos sacó del Mundial en el cuarto partido, por enésima vez.
El VAR (Video Assistant Referee) ha sido una de las peores ideas que han tenido los mandamases del futbol. No solo hicieron el juego lento y tedioso, y convirtieron a los abanderados, otrora definidores de partidos, en vulgares figuras de adorno y al árbitro en un seguidor de instrucciones dictadas desde una cabina escondida en un lugar remoto. El Nazareno, intimidante, vestido de un negro absoluto de enterrador de destinos, terminó convertido en Pilatos, el que va a lavarse las manos al VAR ante cada decisión polémica, una figura apocada y acobardada, vestido de colores chillones, armado de mucha tecnología y poca autoridad.
Gracias al VAR, lo esencialmente humano del futbol, el error arbitral, como lo festinaba el maestro Arreola, se convirtió en la eterna sospecha de la trampa tecnológica. Lo que no ha cambiado nada es el divino miedo, porque cuando Dios está en la cancha, llámese Messi, Maradona o Pelé, los nazarenos son sus hijos, solo eso.