El Mayo: un narco moralizador
El Mayo Zambada pasará el resto de su vida en un penal de Estados Unidos. Nunca lo detuvo el Gobierno mexicano: tampoco el estadounidense. Fue secuestrado por su ahijado, el hijo del Chapo, y entregado a las autoridades del país vecino. No tuvo que ser juzgado: él mismo aceptó su culpa y evitó ir a juicio. En México no tenía una orden de aprehensión. Nadie lo buscaba.
Ismael Zambada aceptó haber introducido mil quinientos kilos en promedio al año de cocaína a Estados Unidos y más recientemente también fentanilo. Un negocio de, pelos más o menos, mil millones de pesos por año, una buena parte de ellos destinados a la corrupción y otra a generar violencia: detrás de esos miles de pesos hubo también miles de muertos. Con todo, fue el narcotraficante menos exhibicionista, más calculador y en el fondo también el más moralizador, aunque parezca una contradicción.
En 2010, en plena guerra decretada por el entonces presidente Felipe Calderón, le ofreció una entrevista al periodista Julio Scherer que hoy resulta aún más reveladora. Cito:
–¿Teme que lo agarren?
–Tengo pánico de que me encierren.
–¿Hay en usted espacio para la tranquilidad?
–Cargo miedo.
–¿Todo el tiempo?
–Todo.
–¿Lo atraparán, finalmente?
–En cualquier momento o nunca.
Luego el narcotraficante manda el mensaje que quería enviar, el verdadero motivo por el que pactó la entrevista. Dice:
–Esta es una guerra perdida.
–¿Por qué perdida?
–El narco está en la sociedad, arraigado como la corrupción.
Ayer, tras la sentencia en la Corte del juez Cogan en Nueva York, Zambada leyó una carta donde primero asume su culpabilidad sin rodeos ni súplicas: “acepto el castigo que voy a recibir, no hay compensación para ello. Lamento mucho el daño causado.” Luego se puso a adoctrinar:
“Crecí pensando que la violencia era normal. La violencia debe de acabar en México y en otros lugares, se pierden demasiadas vidas (...) nadie ganará esta guerra (…) A la siguiente generación le digo que sigan un camino diferente, no hay nada honorable en la violencia y en el crimen, escojan otro camino”.
Un poco tarde para moralizar a una sociedad a la que él dedicó su vida a violentar, asesinando y mandando asesinar a miles de personas en aras de un negocio ilícito, absurdamente penalizado si se quiere, pero ilegal al fin. Se agradece la claridad y la sensatez con la que asume su condena, pero en el crimen organizado no hay moralidad posible. En el narco como en la política moral es, en el mejor de los casos, un árbol que da moras.