Ahorro o subejercicio
A los gobiernos de la 4T les encanta presumir ahorros, al grado de decir que los programas sociales no se pagan de nuestros impuestos sino de los ahorros de la Presidenta y gracias a la austeridad republicana. No es broma, lo dijo la senadora Martha Lucía Micher. Ahora es la secretaria de Anticorrupción y Buen Gobierno, Raquel Buenrostro, la que dijo que en los dos años de la presidencia de Sheinbaum se han ahorrado 83 mil millones de pesos gracias a las buenas prácticas de compras y contratos. De entrada, solo para consumo de la senadora, si esto fuera cierto, los ahorros de dos años de gobierno representan menos del uno por ciento del costo anual de los programas sociales. Dejando las tonterías a un lado, la pregunta es qué entiende el gobierno por ahorros.
¿Cómo medimos el ahorro? En teoría, esos 83 mil millones deberían de salir de sumar compras idénticas de los dos últimos años de López Obrador con las compras que hace el gobierno actual. Esto significaría que en el sexenio pasado se compró el metro cúbico de concreto a un precio y en este fue menos; que cierto número de claves de medicinas se compraron más baratas que antes, etcétera. Si eso fuera cierto, lo que significaría es que el gobierno anterior compró mal y a sobre precio. Pero no, lo que comparan es lo que creían que iban a gastar contra lo que realmente gastaron, y eso no se llama ahorro, en realidad es subejercicio.
El subejercicio genera inoperancia en las instituciones y déficit de servicios a los ciudadanos. Hay instituciones del Gobierno federal que no tienen dinero para gasolina. En el caso de Conagua es literal: no hay dinero para ir a hacer inspecciones. Los inspectores siguen cobrando lo mismo, pero no puede hacer su trabajo porque “estamos ahorrando”. El caso más patético de los ahorros son las instituciones de salud, que tienen que dejar de atender pacientes por falta de insumos fundamentales, como guantes, gasas, materiales de curación. Para la secretaria Buenrostro esto son ahorros; para los funcionarios federales es inoperancia e imposibilidad de realizar su trabajo; para los ciudadanos “el ahorro” se traduce en falta de servicios.
Desde el sexenio pasado lo que más se premia en los secretarios del gabinete es el subejercicio, como si no gastar fuera una acción plausible. En la lógica de abarrotero que caracterizó a López Obrador los ahorros se lograban no gastando lo presupuestado y enviando ese dinero a obras que se hicieron sin proyectos ejecutivos y costaron tres veces más de lo presupuestado. La Presidenta científica ya no puede gastar, porque le dejaron un déficit enorme, pero sigue premiando y aplaudiendo la mala gestión.
Los ahorros en los gobiernos son en realidad deudas con los ciudadanos. En el gobierno no hay que ahorrar, hay que gastarlo todo y gastarlo bien, y por supuesto no gastar lo que no se tiene, porque a la larga el déficit nos terminará cobrando una factura muy cara.
El buen gobierno no es el que ahorra sino el que presupuesta y gasta bien.
diego.petersen@informador.com.mx