Derecha o izquierda, ¿qué rayos es eso?
Hay un dicho que afirma “de política no se habla en la mesa”. Sin embargo, parece que nunca lo hemos llevado del todo a la práctica. En los últimos años, pareciera que vivimos en un mundo de héroes y villanos, dividido entre izquierda y derecha, donde los puntos medios y los matices tienen cada vez menos espacio. Los discursos políticos construyen antagonistas constantemente, mientras ciertos medios contribuyen a reforzar esta confrontación. Pero ¿qué significan realmente estos conceptos que parecen haber dividido el mundo en dos y que ocupan buena parte de la conversación pública?
Históricamente, la distinción entre izquierda y derecha surgió durante la Revolución francesa y, con el tiempo, se convirtió en una forma de identificar proyectos políticos distintos. Mientras la izquierda suele dar mayor importancia a la igualdad social y a la transformación del orden establecido, la derecha tiende a conceder mayor peso a la conservación de determinadas tradiciones, jerarquías e instituciones. Sin embargo, estas categorías nunca han sido bloques homogéneos ni explican por sí solas las posturas de una sociedad. La política es mucho más compleja que una división entre dos bandos.
En América Latina, la disputa ha cobrado fuerza. Desde la derecha extrema hasta la izquierda, distintos liderazgos han construido sus discursos identificando adversarios políticos. En Argentina, Javier Milei ha recurrido a expresiones como “la casta” y “zurdos” para señalar a sus adversarios. En México, López Obrador articuló buena parte de su discurso alrededor de la oposición al neoliberalismo y a las élites políticas, al tiempo que impulsó la Guardia Nacional, cuya creación en 2019 amplió la participación militar en la seguridad pública. Aunque sus proyectos son distintos, ambos casos permiten observar cómo la confrontación con determinados adversarios forma parte de la manera en que se presentan y defienden proyectos políticos.
Pero ¿cómo afecta esta polarización nuestra vida cotidiana? Cuando evaluamos las decisiones políticas según quién las propone, corremos el riesgo de defenderlas o rechazarlas antes de examinar sus consecuencias. Las reformas, los cambios legales y sus efectos sobre los derechos humanos pasan entonces a segundo plano. Mientras defendemos a nuestros representantes o condenamos a sus adversarios, dejamos de hacer una pregunta fundamental: ¿qué están haciendo con el poder? Así, la confrontación puede terminar favoreciendo a quienes gobiernan, porque discutir quién tiene la razón no es lo mismo que exigir cuentas.
La vida cotidiana se ha tornado, metafóricamente, en un campo de batalla donde disparas o te disparan. Los matices han ido desapareciendo y no, no es toda nuestra culpa. Nos cuesta mirar un conflicto sin buscar al villano construido por figuras políticas y, peor aún, cualquier comentario que cuestione nuestras certezas termina encasillado en una facción. Parece que ya no basta con tener una opinión: también hay que elegir un bando.