De la trampa y las cucarachas ante la desigualdad
La trampa es un acto de deshonestidad, no necesariamente una cultura. A raíz de la problemática relacionada con el examen de admisión de la UNAM, he leído muchas opiniones que intentan decir que la trampa es una suerte de cultura que se empata con la corrupción en nuestro país y que se estructura como un fenómeno de conducta que normaliza esta acción como una estrategia de sobrevivencia y de engaño. Diría que la trampa es una conducta que se arraiga en la frágil arquitectura institucional del estado, en la asfixia de la justicia y fundamentalmente, en la desigualdad estructural en la que vivimos. La trampa como conducta fortalece la corrupción sistémica y la mentira como recurso de sobrevivencia individual y no colectiva.
Como conducta, quizá, alguna vez en nuestra vida, algunos de nosotros hemos hecho trampa en algo con fines de ganancia individual. Tal vez, en un juego de mesa e incluso, en un examen. Hacer trampa solía ser una conducta oculta porque detrás de ella estaba la vergüenza.
Sin embargo, cuando la trampa se convierte en una conducta sistemática que se justifica para enfrentar la desigualdad de oportunidades, ahí es donde el asunto deja de tener una reflexión individual para tornarse en una reflexión colectiva: ¿qué hemos hecho como país para que la trampa se convierta en una oportunidad de construir un futuro posible?
Claro que molesta la trampa, pero no es exclusiva de una generación o de las juventudes. Cuando la trampa se asocia al sistema meritocrático que profundiza la desigualdad social y estructural en la que vivimos en el mundo, desde donde todo se convierte en competencia y la posibilidad de acercarse a la construcción de un futuro posible depende, no de las oportunidades, sino de la posición socioeconómica que tienes en el mundo; entonces la trampa se convierte en un instrumento para tener la posibilidad de construir ese futuro posible. Las y los jóvenes que intentan construirse un futuro posible y/o deseable, no son tramposas por espontaneidad, ni siquiera porque pensemos que no se esfuerzan; usan la trampa como una estrategia de acceso, pero no de permanencia. La trampa resulta ser un autoengaño.
En la India ocurrió algo similar a lo que pasó con el examen de admisión de la UNAM. Ante una filtración masiva de las respuestas del examen de admisión a la universidad, el Ministro de Educación y algunos otros personajes políticos, decidieron que la mejor manera de describir este fenómeno, era atribuir la trampa a las juventudes llamándolas cucarachas. Es así como nació el llamado movimiento de las cucarachas que desde la política se asoció a la trampa, pero que desde lo político (lo que le da sentido a la colectividad), cuestionaba la falta de oportunidades para las juventudes, la crisis de vivienda, de salarios y de desempleo en ese país; en una palabra, la desigualdad estructural ante la que se enfrentan y que hace imposible la construcción de futuro.
Las juventudes de la India, no solo determinaron agruparse y protestar, sino que provocaron un impacto político tan amplio que se convirtieron en el llamado Partido Popular de la Cucaracha y que hoy buscan registro oficial.
Comparar a las juventudes como cucarachas indignó a toda la población juvenil que se comenzaron a agrupar a partir de una publicación de un joven de 30 años llamado Abhijeet Dipke que decía: “¿qué pasaría si todas las cucarachas se juntaran?”, un post que tiene 84 millones de visualizaciones. El partido de la cucaracha se fue formando a partir de una sátira política del propio Dipke, pero semanas después, este joven comenzó a decir que el movimiento tendría que tomarse en serio a partir de la frustración de los jóvenes con relación a un futuro.
La India enfrenta una tasa de desempleo de personas entre los 15 y 29 años de casi 10 por ciento, siendo la más alta entre quienes tienen un título universitario, con relación a quienes no lo tienen. No son aún un partido político, son un movimiento de protesta que les ha llevado a cuestionar el sistema educativo y la corrupción política de su país y que tienen como su gran logro, la renuncia del Ministro de Educación de su país.
La trampa es una distancia moral que se ha llegado a justificar como una conducta para enfrentar la desigualdad, cosa que reduce la culpa y la vergüenza entre quienes la cometen. Es parte de un sistema de desigualdad que emerge con más fuerza, porque es fácil ejecutarla ante el desarrollo de la tecnología. La trampa siempre es individual y no colectiva, pero no se contrarresta como destino y desde la punitividad, sino desde la formación y la educación honesta. La trampa es inaceptable, pero como país, no hemos hecho nada moralmente aceptable para despreciarla y erradicarla, y ahí está nuestro destino ético y moral para desestructurar la desigualdad. En estos tiempos, la trampa en medio de la desigualdad social, se vuelve peligrosa cuando se convierte en negocio, y de todo esto, es de lo que tenemos que hablar.