De la nomenclatura de las calles
Los años pasan y los nombres de las calles de la ciudad van cambiando debido a diversas circunstancias, las más de las veces por razones políticas, aunque en otras ocasiones la modificación ha obedecido a la necesidad de rendir una suerte de homenaje a quienes lo merecen por méritos propios y no por andar en la política.
Los cambios en los nombres de las calles llevan a la confusión e incluso al olvido. Más de una vez, empleados de telégrafos y de correos, acostumbrados a una denominación, cuando se daban cuenta, esa calle ya había cambiado de nombre. Lo mismo sucedía con los repartidores de leche y de agua, y con los carros de sitio que acudían a los domicilios a levantar pasaje. Y cuando seguimos llamando a nuestra calle con el nombre anterior, más de algún despistado sale con la pregunta clásica: “¿Y dónde queda esa calle?”, con la obligada, jocosa y obvia respuesta: “¡Pues donde mismo, solo que ahora tiene otro nombre!”.
Ejemplos de calles que antes tenían un nombre y ahora otro hay muchos.
No seré exhaustivo, pero sí habré de referirme a algunas de ellas por los invariables recuerdos que tendrán para ustedes. Por ejemplo, la hoy avenida Chapultepec antes se llamaba Lafayette.
Los tapatíos así la identificábamos: avenida Lafayette. Esta calle corría del Sur, desde la calle de Faustino Ceballos, hoy avenida de los Niños Héroes, hacia el Norte hasta la avenida México, justo donde termina la calle San Felipe e inicia la calle Juan Manuel.
Precisamente en la confluencia de Lafayette y avenida México estaba Novedades Bertha, negociación que tenía un jingle que decía: “Donde termina Lafayette y empieza su economía”, donde se encontraba mercancía a buenos precios e incluso se vendía ropa por kilo.
La historia de la avenida Lafayette es interesante. En su trazo original llevaba el nombre de Azpeitia, en honor al célebre urbanista don Manuel Azpeitia y Palomar, uno de los impulsores de la construcción de la Escuela de Artes y Oficios. De esta antigua calle Azpeitia solo queda un trecho cortito, de lo que tengo conocimiento, apenas una cuadra hacia el poniente, entre Morelos e Hidalgo.
La calle Azpeitia modificó su trazo para dar paso a una avenida, siguiendo las costumbres afrancesadas que tenía el gobierno del general Porfirio Díaz, eterno enamorado de la avenida de los Campos Elíseos.
Pues resulta que acá, en la comarca, le quisieron rendir homenaje al ilustre militar francés, el marqués de La Fayette, llamado el “Héroe de dos mundos”, porque lo mismo luchó por los ideales libertarios de su patria, participando en la Revolución francesa, en Europa, que enarboló la bandera de la libertad en América al lado de George Washington y Thomas Jefferson para lograr la independencia de Estados Unidos respecto de la Corona británica. Su apellido no solo le dio nombre a la avenida, sino a la colonia, y esa zona recibió precisamente el nombre de Colonia Lafayette.
La Colonia Francesa, la Colonia Americana y el West End formaron una suerte de polígono que se identificaba como la Zona de Lafayette, en el poniente de la ciudad, caracterizada por su enorme cantidad de árboles y por los hermosos y suntuosos chalés de estilo francés, de los cuales todavía hoy encontramos algunos en pie.
En 1947 o 1948 se decidió cambiarle el nombre a la avenida, con motivo del aniversario de la Batalla de Chapultepec, donde el 13 de septiembre de 1847 los cadetes del Heroico Colegio Militar hicieron lo posible por salvaguardar el último bastión que quedaba en la Ciudad de México durante la invasión estadounidense y que, infortunadamente, pese a su esfuerzo, no pudieron evitar que días después ondeara la bandera de las barras y las estrellas en Palacio Nacional durante la guerra con Estados Unidos. Allí quedaron los esfuerzos de Juan de la Barrera, Juan Escutia, Agustín Melgar, Fernando Montes de Oca, Vicente Suárez y Francisco Márquez, y surgió lo que ahora se ha convertido en leyenda: que desde lo alto del Castillo de Chapultepec se arrojó Juan Escutia envuelto en la bandera de nuestro país para evitar que fuera mancillada por el enemigo. Pero esa es otra historia.
Pese al nacionalismo y al homenaje a los Niños Héroes, a la mencionada avenida se le siguió llamando Lafayette en lugar de Chapultepec. Hoy ya la gente está más acostumbrada a este nombre e incluso le llaman despectivamente la “Zona Chapu”, en otra defenestración idiomática de nuestra nomenclatura local.
Lo mismo ha sucedido con el cambio de nombres de otras calles, como, por ejemplo, la antigua calle de los Placeres, hoy Madero; la calle de la Aduana, hoy Colón; la calle Nuño de Guzmán, hoy Pedro Moreno, y, por supuesto, el hoy Paseo Alcalde.
La avenida 16 de Septiembre durante un tiempo se llamó calle San Francisco, ya que allí estaba el templo y convento de los franciscanos. Hay investigadores que dicen que antes se llamó calle del Molino y, pues, ahora tiene dos nombres en su recorrido: Paseo Alcalde y 16 de Septiembre.
Lo de Paseo Alcalde es en honor del venerable Siervo de Dios que va camino a la santidad, el muy ilustre fraile dominico don fray Antonio Alcalde y Barriga, nombrado obispo de la ciudad en 1771, a la edad de 71 años. No obstante su avanzada edad, hizo muchísimo por nuestra noble y leal ciudad: fundó la Universidad de Guadalajara, el Hospital Civil, la Escuela de Artes y Oficios y el primer complejo de vivienda social conocido como “Las Cuadritas”, ubicado en las inmediaciones del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, también construido a iniciativa suya, y todo ello en solo cuatro años, entre 1777 y 1781.
“Las Cuadritas” fueron ejemplo para muchos gobiernos y, por fortuna, aún tenemos un vestigio: una antigua vecindad, un edificio histórico, ubicado en Paseo Alcalde 576, por si algún día deciden ir a conocerlo.
Cabe aclarar que Paseo Alcalde se llama así desde la Glorieta de La Normal hasta su cruce con Prisciliano Sánchez y la antigua Catalán, Estación o Revolución, en la zona conocida como de los “Dos Templos” —San Francisco y Aránzazu—, y recobra su nombre de avenida 16 de Septiembre desde Prisciliano Sánchez hasta su cruce con la Calzada Circunvalación Agustín Yáñez, que antes se llamaba avenida Washington.
La avenida de los Niños Héroes antes se llamaba calle Faustino Ceballos; la avenida López Mateos la conocíamos como avenida de los Ingenieros; la Calzada de las Torres ahora se llama Calzada Lázaro Cárdenas, y la antigua calle del Moro hoy se llama avenida Federalismo.
Hay otros casos en que el imaginario popular cambia caprichosamente los nombres de las calles. Por ejemplo, Chilardi en lugar de Ghilardi, un general italiano llamado Luigi Ghilardi que luchó por la observancia de la Constitución liberal de 1857, pero la gente le dice Chilardi —como chile—; o la calle del Pavo, que es su nombre correcto, y no Pavo.
También está Tolsa —sin acento—, pero le dicen Tolsá, siendo que no se le puso así en honor del célebre escultor don Manuel Tolsá, autor de la estatua ecuestre de Carlos IV, conocida como El Caballito, entre otras muchas obras, sino porque sobre esa calle estaba la finca donde vivía un señor llamado Romualdo Tolsa, un militar liberal, dueño de una propiedad donde había muchas hortalizas en lo que eran las afueras de la ciudad, antes de que la mancha urbana se expandiera hacia las hoy colonias Americana y Moderna.
Otro ejemplo es la calle Pedro Buzeta —franciscano lego—, a la que llaman Padre Buzeta, pero este constructor y verdadero introductor del agua a nuestra ciudad no fue sacerdote.
Las calles de nuestra ciudad, en los sectores Juárez e Hidalgo, tenían nombres propios, claro, lo mismo que las que se encontraban en los sectores Reforma y Libertad, solo que la costumbre dio en llamar a las calles, sobre todo a las que corrían de Norte a Sur y a la inversa, de la Calzada Independencia hacia el Oriente, por una numeración con base en números pares. Así, sigue siendo más fácil ubicar un domicilio en la calle 34, la 36, la 38 o la 42, en lugar de decir los nombres propios, como Miguel Orozco, Guillermo Baca, Juan R. Zavala, Samuel Navarro o Cruz Gálvez.
En cada esquina había una placa con el nombre de la calle, el sector y el cuartel. Hoy en día, muchas calles no tienen nombre y hay que recorrer varias cuadras antes de toparse con una placa para saber dónde anda uno, máxime si no es un rumbo familiar o no somos del rumbo.
Lo que sí creo que vendría bien es seguir llamando a las calles, las plazas y los parques por su nombre tradicional. Por ejemplo: Parque de la Revolución y no Parque Rojo; avenida López Mateos y no “La López”, si queremos seguir conservando vivo el recuerdo de nuestra querida y antigua Guadalajara; avenida Chapultepec y no “Chapu”; Plaza de la Liberación; Glorieta de los Niños Héroes; Glorieta de la Minerva; Fuente de Don Sabás, y muchos otros ejemplos.
Bueno, por hoy es todo. Les dejo mi agradecimiento por su tiempo de lectura y les convido un cafecito con bísquets, mantequilla y mermelada de fresa, combinación ideal con EL INFORMADOR del domingo.
Hasta la próxima semana, si Dios quiere.
lcampirano@yahoo.com