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Cuauhtémoc Cárdenas: el ingeniero, el demócrata, el amigo

La noche del miércoles llegó la noticia: murió el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, a los 92 años. Hay muertes que llegan con estruendo. Esta llegó con la sobriedad que lo caracterizó toda su vida.

A estas horas se habrá dicho mucho de él, y casi todo será cierto. Que fue hijo del general Lázaro Cárdenas, el de la expropiación petrolera, y que cargó ese apellido como deber y no como herencia. Que fue senador y gobernador de Michoacán, y que en 1987 rompió con su partido para encabezar la Corriente Democrática.

Que en 1988 fue candidato del Frente Democrático Nacional, en una elección marcada por las denuncias de fraude. Que fundó el PRD, volvió a competir en 1994 y 2000, y en 1997 ganó la primera elección de jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal. Perdió elecciones, pero ganó algo más grande: un país donde competir fuera posible.

Todo eso pertenece a la historia, y la historia sabrá juzgarlo. Hay otra dimensión que los libros no siempre alcanzan: la del trato. Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo y convivir con él sabemos que la imagen del hombre adusto y solemne era apenas la mitad del retrato.

En el trato personal era cándido, en el mejor sentido de la palabra. Escuchaba, preguntaba, se interesaba por las ideas ajenas sin hacer sentir pequeño a nadie. Y era lúcido. Conocía los vericuetos de la política mexicana y no se hacía ilusiones sobre sus trampas. Esa mezcla escasea en la vida pública: un idealista que no era ingenuo y un realista que nunca se volvió cínico. Entendía que las convicciones sin oficio se quedan en discurso y que el oficio sin convicciones se vuelve cálculo. Él supo mantener ambos.

Esa cercanía se notaba en lo pequeño: en la pregunta que hacía al final, en la manera de tratar igual al joven servidor público que al político experimentado. Quien convivió con él recibió algo que no se finge: estima y amistad.

Insistió en que la democracia no se decreta, sino que se construye con paciencia, con instituciones, con triunfos y derrotas. Su sobriedad también fue una enseñanza. En una época de política estridente y frases hechas para el aplauso, prefería el silencio útil, el argumento largo y la palabra cumplida. No buscaba que lo quisieran. Buscaba que le creyeran.

Por eso su despedida invita a algo más que la nostalgia. No era hombre de homenajes ni de monumentos, sino de tareas pendientes. Lo suyo era animar a seguir, a no rendirse ante el escepticismo, a aportar desde el propio rincón. Para quien quiere cambiar a México, que un hombre de su peso histórico diga “sigue” no es un consejo: es una responsabilidad.

Hoy no corresponden balances ni ajustes de cuentas. Hoy corresponde la gratitud: por la congruencia, por la sobriedad y por la amistad. Los grandes no se van: se vuelven vara de medida. México perdió a una figura histórica, y quienes lo apreciamos perdimos a un amigo. Que su ejemplo nos alcance para seguir empujando.

Descanse en paz.

IG: @/joseeduardo_tq

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