Cuando lo moderno dejó de ser nuevo
Guadalajara ha aprendido, poco a poco, a mirar algunas partes de su arquitectura. Las casonas coloniales y porfirianas, que fueron sistemáticamente destruidas entre las décadas de 1950 y 1980, tienen el prestigio de lo antiguo y el encanto de lo señorial; el art déco, después de décadas de indiferencia, comienza a recibir la atención que merece. Pero hay una Guadalajara que sigue en un territorio incierto: la funcionalista, construida principalmente entre los años cuarenta y sesenta, cuando la ciudad dejó de imaginarse como capital provinciana y comenzó a verse como una metrópoli moderna.
Ese periodo dejó más edificios de los que solemos pensar. Están en Juárez, Vallarta, Federalismo, Alcalde, Enrique Díaz de León, y muchas calles secundarias. Fueron oficinas, departamentos, hoteles, comercios, talleres y agencias automotrices. No buscaban parecer antiguos ni pintorescos. Su ambición era ser útiles, luminosos, eficientes, modernos. Usaban concreto, acero, vidrio, vitroblock, ventanas corridas, esquinas curvas, ojos de buey, terrazas y escaleras visibles. Elementos que hoy suelen confundirse con simpleza, cuando en realidad expresaban confianza en el futuro.
Quizá por eso han sido tan mal entendidos. El ornamento ayuda a que un edificio reclame atención; la ausencia de ornamento exige una mirada más educada. Un balcón de cantera o una moldura neoclásica se defienden casi solos frente al público. Una ventana horizontal, un paño de vitroblock o una fachada racional necesitan que alguien explique por qué importan. Mientras esa explicación no exista, el funcionalismo tapatío seguirá siendo visto como una colección de edificios viejos, no como una etapa central de nuestra arquitectura moderna.
Uno de los casos que mejor ilustra esta fragilidad está frente al Parque Agua Azul, en Calzada Independencia Sur 1040, esquina con Constituyentes. Fue construido en 1948, cuando la Calzada se consolidaba como uno de los grandes ejes comerciales de Guadalajara. Un anuncio publicado en EL INFORMADOR el 11 de abril de ese año lo ofrecía como “edificio moderno”, con pisos nuevos, grandes ventanales y acabados finos, apto para oficinas, empresas distribuidoras, club o incluso cabaret. La palabra “moderno” no era entonces una categoría histórica: era un argumento comercial.
Años después, el inmueble alojó la venta de camiones y autos. Primero International Harvester, cuyo logotipo todavía alcanzaba a verse en lo alto del edificio; luego Borgward, y finalmente Jalisco Motors, agencia Ford, que permaneció ahí hasta que en 1972 inauguró sus nuevas instalaciones sobre Niños Héroes, en Jardines del Bosque. La mudanza decía algo de la ciudad: una ubicación que había parecido ideal frente al Agua Azul se había vuelto insuficiente para una Guadalajara que seguía extendiéndose. Y aquí converge otro tema; el abandono del Centro, pero ese es asunto para otro día.
La arquitectura correspondía a su uso. Los grandes ventanales permitían ver los automóviles desde la calle; las alturas libres facilitaban la exhibición; el vitroblock iluminaba sin perder presencia; las ventanas circulares daban carácter a una composición que, sin ornamentos, expresaba la función interior. Todavía hace menos de cinco años, pese al abandono, era posible reconocer ese lenguaje. Luego vino el incendio, la destrucción parcial, la reja tardía, las puertas tapiadas. El edificio sigue ahí, pero perdió buena parte de aquello que permitía entenderlo.
El caso importa porque no es raro. El edificio de las Costureras sobre Juárez, quizá el ejemplo funcionalista más conocido por muchos tapatíos, lleva años en una condición lamentable. El Trinidad, en Juárez 38, conserva presencia urbana, pero arrastra el desgaste de décadas. El Urrea González Paul, de Julio de la Peña, en Enrique Díaz de León esquina Montenegro, permanece como una pieza notable y semi abandonada. A ellos habría que sumar edificios de vivienda y comercio repartidos por toda la ciudad, muchos con interiores espléndidos: salas amplias, ventilación generosa, escaleras elegantes, chimeneas, terrazas y proporciones difíciles de repetir hoy.
La amenaza no siempre llega con la demolición. Muchas veces llega con algo más lento y más aceptado: la “modernización” mal entendida. Se cambian ventanales por aluminio genérico, se cubre el vitroblock, se cancelan terrazas, se subdividen espacios, se reemplazan herrerías, se colocan recubrimientos ajenos. No siempre hay malicia. Hay desconocimiento, prisa, abandono y una idea peligrosa: creer que para actualizar un edificio moderno hay que quitarle justamente lo que lo hacía moderno.
Guadalajara tiene especialistas capaces de restaurar esta arquitectura con inteligencia. También tiene ejemplos suficientes para construir una conciencia pública alrededor de ella. El funcionalismo tapatío no necesita convertirse en museo ni quedar congelado en una postal. Lo que necesita mantenimiento, uso, adaptación y respeto, entender que la ciudad moderna también es patrimonio. Porque el Funcionalismo Tapatío está hecho de concreto, vidrio, acero, azulejo, vitroblock y sobre todo de la memoria de los tapatíos más longevos, y si no aprendemos a verla, terminará desapareciendo de la manera más triste: no por falta de belleza, sino por falta de reconocimiento.