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Cuando iba a los toros

Advertencia: Sé que el tema de las corridas de toros es sensible para muchas personas. Por eso quiero pedirle a usted, amable lector, su benevolencia en caso de que no sea proclive a la lectura de un tema de recuerdos taurinos y no siga leyendo mi colaboración de esta semana. Mi propósito no es hacer apología de la fiesta brava, solamente compartir con ustedes algunos de mis recuerdos. Muchas gracias por entenderlo.

Era la década de los años sesenta del siglo pasado; por la calle Santa Mónica, a una cuadra del Mercado Corona, entre la avenida Hidalgo y la calle Morelos, en la acera poniente, se encontraban las taquillas de la Plaza de Toros El Progreso, que en esa época era propiedad de don Nacho García Aceves.

Era un local poco espacioso, pero suficiente para la venta de boletos y los derechos de apartado, y exhibir en sus paredes cabezas de toros trabajadas con maestría por algún buen taxidermista, varios pares de banderillas de lujo y muchos carteles de grandes corridas.

Uno de los más bellos carteles que recuerdo era el que anunciaba una corrida donde Luis Segura, un torero madrileño, recibiría la alternativa en la Plaza Monumental de Las Ventas, en Madrid, de manos de Rafael Ortega Domínguez y Antonio Chenel “Antoñete”, en el año de 1958, y tenía una ilustración donde Luis ejecutaba uno de los pases que le dieron fama, una chicuelina, una pintura increíble.

Luis Segura toreó en México, era un torero con clase, y confirmó su alternativa en la Plaza México, de manos de Alfredo Leal, siendo Manolo Espinosa “Armillita” su testigo en el año de 1969.

Volviendo a las taquillas, el piso estaba cubierto de aserrín y el olor a habano era lo que predominaba. Las oficinas de boletos se mudaron después a la calle de Morelos, a la vuelta de Palacio de Gobierno, entre Maestranza y Degollado, frente a la Plaza de la Liberación, en lo que ahora es el Museo de Cera, y finalmente se cambiaron a la que fuera su última ubicación, a la avenida del Federalismo; esto sería en el año 1974 o 1975.

La Plaza de El Progreso abrió sus puertas en el siglo XIX. El año es coincidente, 1856, y estuvo de pie hasta 1979, aquel primero de enero en que se lidiaron toros de Valparaíso y San Mateo para Manolo Arruza, Miguel Espinoza “Armillita” y David Silveti, quien finalmente no se pudo presentar y todo quedó en un mano a mano con los dos primeros diestros.

Yo fui a ver muchas novilladas y corridas de toros y tengo recuerdos muy vívidos; el ingreso por el lado del Hospicio a los tendidos de sol, donde decía mi papá que iban los verdaderos aficionados, aunque también reconozco que varias veces ocupé barrera de primera fila en sombra, pero ciertamente creo que se ven mejor los toros, no desde la barrera, sino desde el primer tendido.

Los domingos acompañaba a mi padre a las corridas; él era un gran aficionado y realmente conocedor, sobre todo de las pintas de los toros: que si berrendo, bragado, listón, chorreado, y sus peculiaridades en las astas: astifino, velero, y sus mañas: reservón, pastueño; en fin, sabía y me hizo entender mejor a lo que iba, saber diferenciar una manoletina de un pase de pecho, un trincherazo de un natural, una revolera, una chicuelina.

Con mi papá vi torear a los mejores de la época: Alfonso Ramírez “El Calesero”, Luis Castro “El Soldado”, Luis Procuna, Manuel Capetillo, Antonio Velázquez, Rafael Rodríguez, Carlos Arruza, también como rejoneador, Joselito Huerta, Raúl Contreras “Finito”, Jaime Rangel, Manolo Martínez y Eloy Cavazos, entre muchos más; y de los españoles recuerdo a Joaquín Bernadó, por cierto contemporáneo de Luis Segura, a Diego Puerta, Paco Camino, Manuel Benítez “El Cordobés”, Pedro Moya “El Niño de la Capea”, y muchas ganaderías como San Mateo, Cerro Viejo, Piedras Negras, Coaxamalucan, Valparaíso, Las Huertas, Rancho Seco y La Laguna.

Don Nacho García Aceves era el dueño de la Plaza de Toros y se esforzaba por impulsar la afición organizando novilladas de preselección; la bien recordada de “El Estoque de Plata” para el mejor novillero, y allí me tocó ver lidiar a Mauri Liceaga, al mismo Jaime Rangel, a Luciano Ramos, a Pedro Jiménez “Pedrín”, a Abel Flores y muchos otros grandes de esa época.

Por cierto, me tocó ver a dos toreros venezolanos excelentes, César Girón y Curro Girón, que hicieron una buena campaña en nuestro país. No he sabido de otros toreros de esas tierras que vinieran a torear a los cosos nacionales.

Afuera de la Plaza había todo tipo de antojitos, pero también se vendían trajecitos de torero para los niños, capotes, muletas y estoques de madera; también podíamos adquirir pares de banderillas de lujo, que en más de una ocasión eran entregadas a los novilleros o matadores desde las barreras para que le hicieran el honor al aficionado de colocarlas en todo lo alto.

La música siempre estaba presente. Los tradicionales pasodobles, como El Gato Montés, Francisco Alegre, Gallito, Silverio, España Cañí, que se escuchaban desde lo alto de los tendidos y alegraban el ambiente mientras se iba llenando el coso; y cuando la faena estaba empezando a cuajar, no faltaba el pintoresco exigente que gritaba: “¡Y la música toque y toque!”, y el ocurrente respondón que del otro lado de la plaza le decía: “¡Y tu madre a baile y baile!”, con las consabidas carcajadas de la gente e incluso de los lidiadores, que escuchaban cada frase y que, con toda su seriedad y gallardía, no ocultaban la risa que provocaban las ocurrencias del público.

No faltaba “la güera de los claveles”, que asistía a todas las corridas y, desde la barrera de sol, arrojaba sus claveles a los toreros que daban la vuelta al ruedo, y claro, tampoco faltaron corridas en que el público no había disfrutado de una buena corrida y dejaba el ruedo tapizado de cojines en señal del desacuerdo.

Cuando uno ingresaba a la Plaza, lo primero que se agenciaba era un cojín para estar más cómodamente sentado, ya que después de seis toros, como que… era necesario el cojín; para asistir a una corrida de toros, en aquellos tiempos, tanto caballeros como damas se vestían con sus mejores galas; volviendo a las ocurrencias del público, cuando veían buscar sus lugares a las mujeres guapas, no faltaba aquel que con poderosa voz decía: “¡Qué estará pasando en el cielo, que están cayendo acá sus ángeles!”.

Hay tanto que contar de los recuerdos que tengo de la Plaza que es imposible vaciarlos en un solo artículo. Se me quedan muchas cosas por compartir, pero ya será en otra ocasión. Por ahora, les agradezco, como siempre, su lectura, y aquí los espero en EL INFORMADOR, Dios mediante, el próximo domingo, ahora con un chocolatito y churros, como me lo sugiriese el dilecto amigo abogado don Jesús Manuel Orozco Pulido, a quien saludo desde estas páginas.

lcampirano@yahoo.com

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