Cuando el legado obliga a un golpe de timón
Durante meses, un debate público del que hemos sido partícipes ha girado en torno a una incógnita recurrente: ¿en qué momento veríamos la verdadera toma de control político por parte de la Presidenta Claudia Sheinbaum? En los hechos, la narrativa de continuidad y la inercia del diseño institucional previos parecían diluir la figura presidencial frente a los excesos de algunos gobiernos estatales emanados de su partido. Sin embargo, en la política mexicana los tiempos no siempre los marca la voluntad, sino la coyuntura; y la crisis desatada en torno a Rubén Rocha Moya terminó por precipitar un paso al frente que ya no admite marcha atrás.
El episodio sinaloense no sólo exhibió las fisuras y costos de sostener liderazgos regionales comprometidos, sino que obligó a Palacio Nacional a reconfigurar las reglas del juego. Lo que al inicio parecía un respaldo protocolario se transformó rápidamente en un distanciamiento formal. Pero el mensaje de fondo no fue únicamente para Culiacán, sino para todo el mapa de mandatarios estatales: Nadie está por encima del proyecto y a nadie se le extenderá un cheque de impunidad ni defensa ciega. El llamado a cerrar filas vino acompañado de una advertencia implícita sobre los límites de la lealtad y la disciplina partidista.
Este viraje marca el inicio de una nueva etapa en la conducción política del país. Los gobernadores en funciones, en su gran mayoría producto de negociaciones y equilibrios del sexenio anterior, representan una inercia con la que la presidenta ha tenido que cohabitar. No obstante, el desgaste de estas figuras y la cercanía de los procesos electorales locales colocan sobre la mesa una oportunidad —y una urgencia— estratégica: la entrega y definición de las candidaturas que relevarán a los actuales ejecutivos estatales.
Es aquí donde el ejercicio del poder cobra una dimensión definitoria para el mandato de Sheinbaum. La Presidenta tiene ante sí la posibilidad y la necesidad de tomar decisiones mucho más pulcras en la selección de perfiles. Ya no se trata únicamente de asegurar triunfos electorales territoriales bajo cualquier costo o alianza cuestionable, sino de blindar la gobernabilidad futura. Aquellos gobernadores que salgan dejarán tras de sí un balance que el Centro ya no puede absorber, pero lo que suceda con quienes asuman el poder —independientemente del color partidista que resulte vencedor— será, a partir de ahora, responsabilidad política directa y personal de la Presidenta.
La construcción de un relevo con perfiles de mayor solidez técnica, legitimidad ética y viabilidad política no es una concesión retórica, sino un mecanismo indispensable de supervivencia y consolidación de la gobernabilidad. Los mandatarios que resulten electos durante este ciclo serán la herencia directa que defina el tramo final de la actual administración federal y el balance histórico de su sexenio. Si en el arranque prevaleció la administración de inercias ajenas, la coyuntura actual exige la imposición de un sello propio, vertical y riguroso.
Claudia Sheinbaum ha comenzado a ejercer el control político en el terreno más complejo: el de los liderazgos locales. La pulcritud en las decisiones venideras determinará si este golpe de timón se traduce en un mando efectivo o si los pasivos regionales seguirán condicionando la agenda nacional. La línea está trazada y el costo del futuro político ahora corre por su cuenta. El golpe de timón es obligado porque buscar llevar a buen puerto su legado.
@DelToroIsmael_