Cuando el futbol nos recuerda que también somos un nosotros
Hay momentos en que toda una nación deja sus conflictos. Por unos minutos, a veces por unas horas, los desacuerdos que se viven bajan de tono; las discusiones políticas, las diferencias sociales, las heridas por la violencia y las irritaciones cotidianas parecen desaparecer hacia otra dimensión. Uno de esos momentos ocurre cuando la Selección salta al campo y el país entero contiene la respiración frente a un balón.
No se trata solamente del deporte. El futbol crea una escena simbólica donde millones de personas, que jamás se han visto ni se conocerán, descubren que comparten un mismo deseo: que los suyos jueguen bien, que resistan, imaginen una jugada creativa, anoten el gol y ganen. En el instante de la anotación se produce una pequeña fiesta del nosotros. El grito no pregunta por ideologías, edades, oficios ni códigos postales. Sale de la garganta como una corriente eléctrica que recorre casas, plazas, mercados, estadios y pantallas.
Resulta misterioso y profundamente humano que el triunfo de once jugadores pueda sentirse como una victoria personal. Nadie ha corrido los noventa minutos; nadie ha recibido las patadas, soportado el cansancio o enfrentado la presión del gol en contra. Sin embargo, todos decimos: ganamos. Esa palabra, tan breve, contiene una verdad emocional: existe un hilo invisible que nos enlaza con quienes representan nuestros colores, nuestra historia y nuestras esperanzas.
También la política despierta pasiones intensas, al igual que las medallas olímpicas y las hazañas de otros deportistas, que provocan un legítimo orgullo. Pero el futbol posee una peculiaridad: su ritmo constante, su lenguaje universal y su facilidad para congregar lo convierten en una ceremonia popular de fiel pertenencia. Un niño que juega en la calle, una abuela que sigue el partido por radio y un aficionado que viaja horas para llegar al estadio entienden la misma promesa: juntos podemos vibrar por algo que nos supera.
Esa cohesión no se convierte en hostilidad hacia el rival. El contrincante es necesario para que exista el juego, para que el mérito tenga relieve y la victoria sentido. Ganar no exige humillar al otro. La grandeza deportiva aparece cuando se celebra con alegría, se reconoce el esfuerzo ajeno y se aprende también a perder sin odio.
Por eso el futbol puede ser una escuela de solidaridad nacional. La pelota, algo tan sencillo, consigue entonces lo que tantos discursos políticos no alcanzan: hacernos sentir como una nación.
Nos enseña que la identidad no tiene por qué ser un muro, sino una plaza; no una excusa para excluir, sino una oportunidad para encontrarnos. Cuando el equipo juega con entrega y dignidad, nos hace ver que las diferencias no desaparecen, pero pueden convivir bajo un mismo porvenir. Y cuando llega el gol, por un segundo, la nación descubre que aún sabe abrazar y festejar con todo.
Nos une, no nos separa. Como tantas otras cosas en la vida.