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¿Competir o cooperar? El dilema de la mesa llena

¿Qué sentiste la última vez que tiraste comida a la basura? Aunque muchos afirman sentir culpa silenciosa al vaciar el plato, la escena se repite diariamente en millones de hogares. Detrás de este desperdicio inconsciente hay un profundo divorcio entre hábitos de consumo, consciencia personal y estrategia de negocio.

Hace años viajaba con un jefe que, sin importar el lugar o la hora, siempre ordenaba carne. Cuando le pregunté la razón, me confesó que en su infancia padeció pobreza; comer carne era un lujo de celebración. Hoy, con éxito económico, pedir ese plato era una reafirmación organoléptica de su poder de compra. No era necesidad nutricional, sino una decisión emocional de consumo.

Como especialista en marketing, este comportamiento siempre es de mi interés: la comida en el plato es un lienzo de percepciones donde se cruzan estatus, exceso y respeto. El verdadero desafío surge cuando las empresas explotan estas emociones sin entender el impacto operativo en la cadena de valor.

Hoy vivimos una desconexión entre producción, mercadeo y consumo. Según el reporte SOFI 2026 de la FAO y la OMS, el 7.8% de la población mundial —645 millones de personas— padece hambre. La tragedia no es la escasez, sino la distribución y la falta de conciencia. El Food Waste Index Report 2024 del PNUMA revela que desperdiciamos mil 50 millones de toneladas de alimentos anuales, que representan el 19% de alimento disponible en el mercado.

Cada hogar tira, en promedio, 79 kilos de comida al año, arrojando mil millones de platos diarios a la basura. Si sumamos que el 13% de la producción se pierde en la distribución, un tercio de los alimentos del planeta nunca se consume. Este desperdicio acumulado alimentaría al doble de quienes hoy padecen hambre.

¿Qué tiene que ver esta paradoja con tus competidores de negocio? Todo. Se nos enseñó que competir es un juego de suma cero: para ganar, el rival debe perder. Sin embargo, ante desafíos de esta magnitud, esa visión ciega se queda corta para las familias. Las marcas exitosas hoy no compiten para destruir al rival, sino para liderar la solución de un problema común.

A esto le llamamos “coopetición” y diferenciación por relevancia cultural. La estrategia de marketing no puede ser cosmética; debe traducirse en decisiones operativas reales. Como Hellmann’s, que con “Make Taste, Not Waste” sensibilizó a 100 millones de personas para usar su mayonesa y rescatar las sobras del refrigerador. O Grupo Bimbo, que con su estrategia “Guerra al Desperdicio” y su alianza con Too Good To Go, rescata pan próximo a vencer colocándolo en mercados secundarios. No es caridad; es diseño estratégico y decencia humana.

Competir con propósito no es una táctica publicitaria para la foto; es una decisión de diseño operativo. Y para lograrlo, primero hay que saber detenerse. Vivimos en la era de la prisa inútil, esa velocidad industrial que nos empuja a producir de más, desechar lo rápido e invisibilizar los rostros de la cadena de valor. El antídoto a la indiferencia es aprender a operar con respeto y paciencia.

Construir un propósito que conecte la operación con la experiencia y la empatía es la única forma de blindar la relevancia de un negocio a largo plazo. Cada día en nuestra organización nos sorprendemos más porque las empresas que antes nos pedían un estudio de mercado ahora nos piden ayudarlos a encontrar ese propósito y traducirlo en una estrategia rentable.

De esta filosofía conversé en el último episodio de LAMARCALAB Podcast by AURIX con los creadores de Tequila ENTREMANOS, una marca que desafía la velocidad de la industria operando “sin prisa”, empoderando a las mujeres de nuestra tierra y demostrando que la honestidad radical es una ventaja competitiva.

Los invito a escuchar esta charla en Spotify o YouTube. Detengámonos un momento, escuchemos y recordemos que, en los negocios como en la vida, si no escuchas, no vendes.

emiliano@lamarcalab.com

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