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Claudia tolera a mercaderes y ladrones en el templo

Gritos y susurros. He ahí el resumen político de la pasada semana. La Presidenta Sheinbaum, según el locuaz relato de la gobernadora Maru Campos, se permite elevados decibeles con una opositora, mas ante testimonios de corrupción de camaradas, su voz es baja, casi susurra.

La mañanera renovó la centralidad de la Presidencia. Al mismo ritmo que, en el sexenio pasado y en el actual, se desmontaba la estructura de los órganos políticos que podían operar independientemente del Ejecutivo, al titular de este se le colocó en un escenario sin parangón.

AMLO cultivó por años esa capacidad de volverse santo y seña del poder. Fue, desde la oposición, un referente; desde el gobierno capitalino, alter ego de Los Pinos, y desde Palacio Nacional, el canon: su discurso se volvió ley; su prédica, la norma, y su figura, ejemplo.

Sheinbaum decidió continuar el esquema. No es relevante, entrados en el tercer año de su presidencia, si Claudia poseía el entrenamiento suficiente o las dotes naturales para hacer de la mañanera lo que tiene que ser en este modelo: el acto con el que se da impulso a la política, la línea de resistencia y, nada menor, el pregón de un deber ser que inspira a unos, advierte a otros y compromete a todos.

Si el poder dimana del pueblo, en el obradorismo su ejercicio tiene en el patio de Palacio Nacional su momento diario, con el que se forja eso llamado, a partir de Daniel Cosío Villegas, el estilo personal de gobernar. Y el estilo de Sheinbaum es de una alta tolerancia a las denuncias periodísticas de corrupción y a los escándalos por la incompatibilidad entre el credo morenista y los videos que se hacen.

Andrés Manuel, desde luego, fue refractario a señalamientos de corrupción o negligencia por parte de su equipo, familia o correligionarios. Desde los fraudes en Segalmex hasta los audios de Amílcar Olán, del llamado Clan de amigos de dos de los hijos de López Obrador, todo quedó impune: el entonces presidente asumió que su fuerza e imagen podrían más que la prensa. Y así fue.

O al menos así fue si se mide en términos de éxito electoral. El expresidente pudo dejar la silla del águila a quien él quería. Y su destape, tan original como predecible, fue validado en las urnas. ¿Cuánto de ambas victorias, la interna y la constitucional, se debió a que Sheinbaum tenía una imagen de probidad que, en pocas palabras, la mayoría de las otras corcholatas de 2023 ni de lejos poseían?

Tres años después, lo que importa es que la Presidenta Sheinbaum convive sin evidentes ascos con escándalos e indicios de corrupción de otros. Quien vea una buena noticia en cómo al fin presentará hoy su renuncia Guadalupe Taddei, luego de días de periodicazos y videos comprometedores, no está dimensionando que lo que explotó fue cultivado por años sin que el Palacio claudista se inmutara.

O la Presidenta no sintió la fuerza para actuar a priori y forzar mucho antes la renuncia al INE de la consejera sonorense, que solo acumuló denuncias de prepotencia y sospechas de actos indebidos, o cree que, como a su antecesor, le alcanza con la acumulación de poder que hoy implica la banda presidencial y que, por más que sus compañeros de movimiento se porten mal, ella podrá llevarlos a la victoria. Pueden ser ambas opciones, desde luego: que a la Presidenta le dé para gritar a una opositora, pero no para sacar del templo a mercaderes y ladrones, a quienes, en los hechos, promete, con susurros, indulgencias plenarias.

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