Científicos documentan descubrimiento que supera a la IA: la INA
La noticia pasó prácticamente desapercibida. Durante los últimos días me he dedicado a revisar decenas de estudios científicos sobre una tecnología extraordinaria. Una tecnología capaz de almacenar cantidades gigantescas de información en un espacio microscópico, operar con una eficiencia energética que ninguna supercomputadora puede igualar, repararse a sí misma mientras aprende constantemente y tomar decisiones complejas en tiempo real.
Después de todo lo que he leído sobre esta tecnología, y permitiéndome una licencia como profesor de Sociología y Teoría Social, quisiera llamarla INA: Inteligencia No Artificial.
Comencemos por sus especificaciones técnicas. La INA incorpora un sistema de procesamiento compuesto por aproximadamente 86 mil millones de unidades especializadas conectadas mediante cientos de billones de enlaces de comunicación. Su capacidad de almacenamiento podría alcanzar entre uno y dos petabytes de información. Es decir, cerca de dos mil terabytes de información.
Y, a diferencia de los enormes centros de datos que hoy alimentan a la inteligencia artificial, esta tecnología opera consumiendo apenas unos 20 watts de energía: aproximadamente lo que consume un pequeño foco doméstico. Y todo esto en poco más de un kilo de materia.
Pensemos un momento en eso: la estructura más compleja conocida en el universo funciona con menos electricidad que una lámpara de escritorio.
Pero eso es solo el principio. La INA está integrada por alrededor de 37 billones de componentes microscópicos capaces de generar energía, reparar daños, intercambiar información y coordinarse entre sí de manera permanente.
Para dimensionar esa cifra, basta una comparación: existen cientos de veces más de estos componentes dentro de la INA que estrellas en toda nuestra galaxia.
Y dentro de cada uno de ellos, opera un sistema de almacenamiento todavía más extraordinario que sus desarrolladores llaman ADN. La densidad de información de este sistema es tan impresionante que hoy los científicos intentan copiarlo para construir las futuras generaciones de almacenamiento digital. Un solo gramo podría contener cientos de millones de gigabytes de información.
Podemos asegurar que la naturaleza llegó primero, y que llegó con varios millones de años de ventaja.
Mientras usted lee estas líneas, la INA está realizando millones de operaciones simultáneas: produce nuevas células, repara tejidos, detecta amenazas y procesa estímulos. Genera recuerdos, controla la temperatura, interpreta emociones y coordina todo ello sin necesidad de que el usuario intervenga conscientemente.
Sin embargo, ninguna de estas características es la que más nos llama la atención a los investigadores sociales. Lo más interesante es que esta tecnología, además de crear arte, escribir poesía y resolver problemas inéditos, puede adaptarse a entornos cambiantes. Aunque usted no lo crea, puede cuestionarse su propia existencia, analizar el comportamiento y crear normas de convivencia que pueden llegar a convertirse en leyes, gobiernos o incluso instituciones enteras. Y algo que me ha llamado especialmente la atención es que también es capaz de transmitir conocimiento a las siguientes generaciones.
Aun así, la propiedad más extraordinaria de la INA no aparece en ninguna ficha técnica. La propiedad más extraordinaria es su capacidad de sentir. La INA se enamora, extraña, sueña, llora. Se enoja, pero también ha desarrollado una capacidad extraordinaria para perdonar.
Puede emocionarse, conmoverse y recordar momentos vividos hace décadas con un simple acorde musical de la Black Strat de David Gilmour.
La INA encuentra sentido en una conversación, construye amistades e imagina futuros que todavía no existen. Y a veces está dispuesta a dedicar años de estudio y toda una vida a intentar responder preguntas imposibles: ¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí? ¿Hay algo más después de esta vida?
Llevo meses escribiendo maravillado por la época que nos está tocando vivir y por sus avances tecnológicos. Pero no quiero que perdamos la capacidad de asombro sobre nosotros mismos. No podemos permitir que nuestros estudiantes terminen confiando más en una inteligencia artificial que en su propio criterio, en su propia intuición y en su propia inteligencia no artificial. La IA puede responder preguntas, pero recordemos en cada clase que la INA sigue siendo la más capaz para verdaderamente formularlas.
Efectivamente, querido lector, esta tecnología está mucho más cerca de lo que imaginas. La tecnología más avanzada que conocemos no fue diseñada en Silicon Valley, no nació en un laboratorio, no funciona con servidores y no necesita conectarse a internet. Lleva millones de años perfeccionándose y lo más maravilloso es que no necesitamos descubrirla: la llevamos con nosotros todos los días.
Está detrás de nuestros ojos. Tiene nombre. Se llama ser humano. Late. Y siente.
P.D.
Si alguna vez necesitan recordar lo extraordinario que es ser humanos, por favor escuchen “High Hopes” de Pink Floyd. Pocas canciones explican mejor la nostalgia, la memoria, la esperanza y ese impulso tan humano de seguir buscando algo más allá de nosotros mismos. Y lo más impresionante es que podría lograrlo incluso si no tuviera letra; bastaría la guitarra de Gilmour.
X: @rvillanueval