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Aventuras y anécdotas en los camiones

Viajar en el transporte urbano era —y sigue siendo— toda una aventura. Recuerdo en mis tiempos las líneas Centro-Colonias, Oblatos-Colonias, Analco-Moderna, Norte-Sur, Mexicaltzingo-Mezquitán y Anexas, y otras más.

Había originalmente servicio de primera y de segunda clase. La primera eran camiones que tenían dos hileras de dos pares de asientos cada una, para que los pasajeros viajaran cómodamente sentados, y en sus inicios no se permitía que viajaran de pie; los de segunda tenían una banca corrida en forma de herradura y en el techo estaban, además de los tubos, unas agarraderas de cuero para que los pasajeros que iban de pie se sujetaran debidamente, y viajaban de pie y sentados.

Los choferes muchas veces llevaban a sus novias o amigas e iban platicando con ellas; se sentaban inmediatamente atrás del conductor y uno se enteraba de vida y obra, aventuras y desventuras ajenas.

La palanca de velocidades —enorme— de los camiones lucía un gran dado, o una bola como de billar de adorno y en el parabrisas solían colocar una suerte de cortinita de barbitas de tela. El pasaje costaba cuarenta centavos a principios de los años sesenta, cuando el dólar se cotizaba a $12.50 y los choferes tenían empotrada en el tablero, a un lado de la palanca de cambios, una cajita de madera sin tapa, que le llamaban coloquialmente marimba, donde acomodaban las monedas que recibían o daban de cambio.

En esa época estaban en circulación monedas de un peso, de cincuenta centavos (tostones), de veinte centavos, de veinticinco centavos, a las que se les llamaba pesetitas y decían que tenían una aleación que contenía sus buenos gramos de plata, moneditas de diez centavos, de cinco centavos y de a centavo, y para cada tamaño había una ranura en la famosa marimbita.

Varias veces me tocó ver quién, en un brusco enfrenado del chofer, se fue patinando por el pasillo del camión para estrellarse justo donde estaba la marimbita y tirar todas las monedas al suelo; entre las risas de los pasajeros y las reclamaciones del chofer porque el pasajero no iba bien sujeto al tubo mientras viajaba de pie, el caído ahí estaba, agachado, sobándose y juntando las monedas.

Y es que muchos camiones eran limpiados en su pasillo central, que era de madera, con un cierto lustrador aceitoso y aquello parecía una pista de patinaje que obligaba realmente a ir bien sujeto, haciendo malabares por la falta de un apoyo en un piso que no fuera resbaloso.

También, muchos choferes traviesos colocaban en el piso una moneda de a peso, de esas que realmente valían lo que representaban y cuando un pasajero listillo se subía veía la moneda tirada en el piso, y aun habiendo lugares donde sentarse prefería quedarse de pie y ahí estaba, con los vaivenes del camión pero con el compás abierto pisando la moneda que se había encontrado para aprovechar un momento en que se detuviera la marcha del camión para levantarla del piso y en la maniobra muchos dejaron sus uñas clavadas en el piso de madera, la moneda en su sitio, y fueron objeto de las risas de los demás pasajeros y del chofer, quienes, conforme avanzaba el camión por su ruta, esperaban con ansias al siguiente incauto. Qué risa, de verdad.

Los choferes entregaban el boleto cuando el pasajero se subía al camión, y era obligación conservarlo porque en la esquina menos pensada abordaba el inspector de la línea que pedía a cada pasajero le mostrara el boleto. Muchos lo llevaban en la bolsa del saco o de la camisa, otros lo ponían en la muñeca sujeto a la correa del reloj o lo hacían churrito y lo ponían en el dedo sujeto al anillo.

Lo chusco era cuando sacaban el boleto de la camisa y ya se imaginarán en estos tiempos de calor cómo se lo pretendían dar al inspector, quien obviamente solo lo veía sin tocarlo por razones más que obvias.

Muchos inspectores eran majaderos, pero con estilo. Me explico: pedían el boleto y si el pasajero se tardaba en mostrárselo, lo revisaban cuidadosamente como si fueran peritos de ciencias forenses, poniendo nervioso al pasajero ante el temor de que lo bajaran del camión y cuando se lo devolvían al pasajero después de inspeccionarlo, lo perforaban en señal de que todo estaba en orden, pero lo hacían maliciosamente, introduciendo el dedo pulgar en medio del boleto y lo cubrían con sus dedos índice y medio, significando que estaba debidamente revisado… y algo más. (Se vale reír).

Hay algo digno de mencionar por su relevancia: la honradez de los pasajeros. Claro, no faltaron los carteristas —siempre han existido— pero me quiero referir con esto de la honradez a lo siguiente; cuando el camión iba muy lleno como para subirse por la parte delantera (donde uno debía hacerlo), el chofer gritaba: “¡Por atrás!” y el pasajero así abordaba, y le daba uno al vecino inmediato el costo del boleto, y sin mediar palabra, en un acuerdo tácito, se iban pasando los pasajeros unos a otros el dinero hasta hacérselo llegar al chofer y cuando iba el boleto de regreso, si había cambio, íntegro —boleto y cambio— le llegaba al pasajero original y en todo el tiempo —que fue mucho— en que viajé en el transporte público nunca me di cuenta de algún problema que se haya suscitado por falta de pago del pasaje o que algún vivillo aprovechara la oportunidad.

También hay algo que recordar. Y esto es algo chusco y doloroso. Los camiones casi siempre detenían su marcha cuando iba a descender alguna pasajera, pero cuando se trataba de varones, solo aminoraban su marcha y no se paraban.

Los aviesos desarrollaban una técnica sorprendente para bajar con el camión en movimiento, y se bajaban de brinquito y con estilo y alguno que otro más aventado descendía de espaldas y hacía un medio giro en el aire para quedar en el sentido del avance del camión.

Pues resulta que un día un listillo de esos, a quien le puse “el copetón”, con el que muchas veces coincidí en el camión, hizo toda la maniobra, se paró con elegancia desde los asientos de atrás, recorrió el pasillo con su caminadito lleno de estilo, llegó con el chofer y le dijo con voz impostada, estilo Arturo de Córdova: “Esquina bajan” e inmediatamente pone el pie en el primer escalón del estribo, se pone de espaldas a la calle y antes de que el camión se parara, estando la puerta abierta, el amigo se sujeta de las asideras metálicas y ejecuta la maniobra… pero esta vez le falló; al hacer su giro y tratar de poner los pies en la banqueta se encontró con un poste de madera y para decirlo en tono amable se dio fenomenal carazo, si se me permite lo coloquial del vocablo para decirlo en tono decente y por allá fue a dar con sus gafas obscuras, peine, libretita, pluma, cigarros y cerillos.

Moraleja de la historia: nunca intentaré ser como “el copetón”; mejor me bajo al estilo tradicional y de ser posible con el camión detenido. Más vale.

Compartir con ustedes las experiencias y los recuerdos de un servidor y el hecho de que hagan lo propio con su familia y amistades, le dará más sentido a esta columna.

Les agradezco su paciente lectura. Aquí nos encontraremos en EL INFORMADOR el próximo domingo, si Dios quiere. Hoy tocan chilaquiles rojos, huevito estrellado, frijolitos, jugo de naranja y café. ¿Les apetece? Feliz domingo.

lcampirano@yahoo.com

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