Ideas

Aron, hoy

Su nombre difícilmente desatará muchas pasiones. Pues es sinónimo de moderación política, escepticismo intelectual y realismo pragmático.

Durante años, fue un francotirador, «una especie de exiliado interior en su propio país», como apunta Vargas Llosa en La llamada de la tribu (Alfaguara, 2018, p. 207). «Probablemente me encuentro aislado y convertido en opositor, pero ese es el destino lógico de un auténtico liberal», escribe en El observador comprometido (Página Indómita, 2019, p. 421).

Un liberal y académico clásico que, pese a no tener el carisma arrollador de Jean-Paul Sartre, su gran adversario, asumió el compromiso público del intelectual. Raymond Aron (1905-1983) es mucho menos conocido que Wittgenstein, Heidegger o Foucault. Sin embargo, fue uno de los filósofos más consecuentes y lúcidos del siglo XX.

Hijo de una próspera familia judía secular, su ambición no sólo era saber filosofía, sino comprender el mundo. Por ello, tras formarse, en los años veinte, en la École Normale Supérieure, partió a Colonia y Berlín para estudiar a Marx, Simmel, Husserl y Weber, entre otros pensadores alemanes apenas conocidos en Francia.

Eran los años de la crisis de la República de Weimar y del ascenso meteórico de Hitler. En mayo de 1933, Aron fue testigo de una quema pública de libros «degenerados». La Alemania nazi lo llevó pronto a comprender «la irracionalidad fundamental de los movimientos de masas, la irracionalidad de la política, y la necesidad, para hacer política, de aprovechar las pasiones irracionales de los hombres» (p. 55).

Miembro de la Resistencia francesa, al término de la guerra Aron defendió la democracia liberal occidental y definió el marxismo como el «opio de los intelectuales», una «religión secular». Luego de un largo oprobio auspiciado por la izquierda, la historia —la caída del Muro— acabó reivindicando su pensamiento democrático y antitotalitario.

Éste continúa vigente, quizá más que nunca, en una época tan extremista como la actual. Pues brinda herramientas vitales —argumentos, ideas y aliento moral— para contener al tribalismo político del siglo XXI.

Frente a la posverdad y el pensamiento ideológico, Aron enseña al ciudadano a ser fiel a la realidad y a los hechos; a encarar las verdades incómodas de la historia, y no abandonar el uso de la razón. Frente al dogma libertario y al populismo chovinista, invita a defender la democracia constitucional, no sólo desde la teoría, sino desde la acción cívica. En una época sectaria que confunde el matiz y la prudencia con la «tibieza» o con el titubeo cobarde y cómplice, nos exhorta a reivindicar la moderación y el «fecundo espíritu de la duda».

Al profesor de ciencias sociales y humanidades alienta a buscar el justo medio entre el académico puro y apolítico y el intelectual fanático y militante: lo que él llamaba el «espectador comprometido» («spectateur engagé»): un investigador que examina la vida social y política de su tiempo con objetividad, rigor crítico e independencia partidista, pero también con un hondo interés cívico y espíritu moral. El intelectual aroniano no sólo escribe textos académicos. Incomoda, critica y rebate ortodoxias en artículos periodísticos y ensayos destinados al gran público lector.

Al político lo invita a desconfiar del moralismo ingenuo y maniqueo para asumir una «ética de la responsabilidad», atenta a las consecuencias reales de sus actos, por encima de la seducción del purismo doctrinal y de las convicciones absolutas. Lo invita a cultivar la prudencia y abrazar un liberalismo social robusto que no tema intervenir para regular y estabilizar la economía y los mercados.

En una época tan polarizada y dogmática como la Guerra Fría, Aron tuvo la audacia de denunciar tanto el capitalismo desregulado como el estatismo tiránico y de defender un Estado de bienestar reivindicativo de las libertades sociales como libertades reales y promotor de un equilibrio entre la economía y la política, el mercado y el Estado, la libertad y la igualdad. Una alternativa necesaria en nuestros días.

Recordemos con el observador comprometido que «la ignorancia y la torpeza son factores de considerable relevancia en la Historia» (p. 65), pero que también hay veces en que «la lucidez y un poco de coraje [bastan] para cambiar el curso de la historia» (p. 80). En tiempos de oscuridad, la unión entre imaginación intelectual y virtud cívica es decisiva. Leamos y releamos al maestro Raymond Aron.

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