Ideas

Antes de que vuelva a hervir

Hay libros que parecen hablar de lugares lejanos hasta que uno levanta la vista y descubre que también están hablando de su ciudad. Eso me ocurre mientras leo “El hervidero”. Sin equiparar conflictos de naturaleza distinta, su título ofrece una metáfora para pensar nuestra convivencia: debajo de una aparente normalidad pueden acumularse tensiones que, desatendidas, terminan por desbordarse.

Una ciudad también puede convertirse en un hervidero. No necesariamente por un acontecimiento extraordinario, sino por la suma de molestias ordinarias que nadie resuelve: un servicio que falla, una explicación que no llega, una autoridad que escucha tarde. Cuando esos agravios se combinan con incertidumbre, enojo y desconfianza, el problema deja de ser exclusivamente administrativo. Se vuelve político.

El agua en el área metropolitana de Guadalajara obliga a mirar esa frontera. Para una familia, la discusión no comienza en los partidos ni en las estrategias de comunicación. Comienza al abrir la llave. Ahí se pone a prueba algo más que la infraestructura: la credibilidad de quienes tienen la responsabilidad de hacer que las cosas funcionen.

Por supuesto, alrededor de cualquier inconformidad pueden aparecer intereses dispuestos a capitalizarla. La política también consiste en disputar interpretaciones, señalar responsables y obtener ventajas. Pero sería un error confundir el aprovechamiento de una causa con su origen. Que alguien quiera montarse en el descontento no significa que el descontento sea inventado. Descalificarlo no lo desaparece.

La tentación del poder suele ser buscar primero quién está agitando el recipiente, en lugar de preguntarse por qué aumentó la temperatura. Esa inversión del diagnóstico resulta peligrosa. Mientras se discuten intenciones, las causas permanecen. Y cuando una molestia legítima recibe indiferencia, evasivas o respuestas defensivas, puede transformarse en una impugnación mucho más amplia contra la autoridad.

Una protesta no es automáticamente una revuelta. Sin embargo, la falta de pericia puede empujar un conflicto hacia escenarios que antes parecían improbables. Basta con que se cierren los canales de interlocución, se acumulen promesas incumplidas y cada respuesta llegue después del siguiente agravio. Entonces, atender el problema original ya no basta: también hay que reparar la relación rota.

Para eso existe la política. No solamente para competir por el poder, sino para procesar diferencias, construir acuerdos y evitar que los desacuerdos destruyan la convivencia. Cuando falta política, sobran los monólogos. La autoridad habla para defenderse; los inconformes, para hacerse escuchar; y la oposición, para seguir agitando. Todos elevan el volumen, pero nadie consigue abrir una salida.

Hace falta una visión práctica y pragmática: resolver lo urgente, explicar lo comprobable y comprometer únicamente lo que pueda cumplirse. Sentarse con quienes reclaman no equivale a rendirse. Reconocer una falla no significa entregar el gobierno. Corregir a tiempo es una demostración de autoridad, no de debilidad. La firmeza sin sensibilidad termina pareciéndose demasiado a la sordera.

Despresurizar tampoco significa comprar silencio ni administrar apariencias. Significa reducir las razones del enojo mediante resultados verificables. Si existe una falla, atenderla; si falta información, publicarla; si hay responsabilidades, esclarecerlas. Y si alguien comete actos de violencia, proceder conforme a la ley, sin convertir a todos los inconformes en sospechosos ni usar la protesta para justificar cualquier conducta.

Ahora toca reconstruir confianza. Toca tener sensibilidad para entender que detrás de cada reclamo hay rutinas alteradas, gastos imprevistos y paciencia agotada. Toca estar a la altura del momento: menos reflejos defensivos, más capacidad de respuesta; menos disputa por imponer una narrativa, más voluntad para recuperar credibilidad.

Eso me recuerda esta lectura: ningún gobernante debería acostumbrarse al ruido de una olla bajo presión. El silencio tampoco garantiza tranquilidad; puede ser cansancio, resignación o espera. La responsabilidad consiste en actuar antes del desbordamiento. Porque cuando el hervidero vuelve a hacer de las suyas, la factura llega a toda la ciudad.

@DelToroIsmael_
 

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