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“Amarga Navidad”: Muy “meta”, muy “autoficción”, muy Almodóvar

Almodóvar vuelve a estirar la liga de la ficción o, mejor dicho, de la autoficción. El realizador manchego (y quienes le rodean) se convierte en materia prima de su más reciente largometraje: “Amarga Navidad”, un opus imperdible para los completistas del cine de Pedro. El relato se erige como un exquisito oxímoron audiovisual: una “biopic ficticia” sobre un cineasta absorbido por su proceso creativo y sobre la asistente que le ha entregado la vida, un melodrama “meta” donde hay una película dentro de la película.

Elsa es una cineasta de culto que está lista para embarcarse en el proceso de escribir el guion de una nueva película. Para lograrlo, empieza a nutrirse de las penas y contradicciones que aquejan a quienes le rodean. Pronto descubriremos que Elsa es, en realidad, un personaje de ficción, la protagonista del nuevo guion de Raúl, un afamado director que está escribiendo su nueva película tras un bloqueo creativo. Para lograrlo, ha decidido echar mano de su propia vida y de las tristezas de su asistente personal, Mónica.

En “Amarga Navidad”, Almodóvar juega consigo mismo y con su entorno; la pieza parece hablar sobre ética creativa, pero en realidad va más allá. Los protagonistas (Elsa y Raúl) son confrontados por cruzar una línea al asumir que la intimidad del otro es suya para ventilarla a través del cine, para moldearla a través de la ficción. El problema es que han olvidado algo crucial: que la ficción también es verdad.

En efecto, el relato habla sobre la ficción como cauce de la verdad. ¿Qué es la ficción y qué dice sobre nosotros mismos y sobre la otredad?

Para muchos, la ficción es mentira y fantasía, invenciones y patrañas; en realidad, la ficción es verdadera porque habla de las cosas nuestras (individuales y colectivas) que consideramos verdad: el amor, la muerte, la vida, el deseo, la tristeza, el odio, la injusticia, la alegría, el dolor, el triunfo, el fracaso, la amistad, la valentía, la impotencia... Puras cosas que abrazamos como verdad en la experiencia de existir. Los personajes que rodean a los guionistas ficticios de “Amarga Navidad” se sienten vulnerados, abusados incluso: qué más da que todo sea ficción (que los eventos o acciones sean ficción) si sus emociones verdaderas están siendo colocadas en el imponente escaparate fílmico.

Almodóvar no deja pasar la oportunidad, también, de hablar sobre el ego del artista. El premiado cineasta se burla de sí mismo, se regodea en sus falencias, indulgencias, inseguridades y fetiches creativos. Mientras otras películas de su filmografía son una ventana al “estilo Almodóvar” (formal e intelectualmente), esta es más bien un espejo. El ejercicio se parece al de la fantástica “Dolor y gloria” (2019), solo que Pedro ha cambiado de alter ego: antes fue Antonio Banderas, hoy es Leo Sbaraglia.

Además del citado actor argentino, en “Amarga Navidad” brillan con especial fulgor Bárbara Lennie y Aitana Sánchez-Gijón como Elsa y Mónica, respectivamente. Victoria Luengo, Milena Smit y Quim Gutiérrez también están en excelente tono. Y ni qué decir de Carmen Machi y Rossy de Palma, que aparecen por apenas unos instantes para robar escenas; sobre todo, Machi cuando trata de descifrar qué significa eso de “cineasta de culto”.

En fin, la autoficción es otra vez la herramienta de un Almodóvar que transita por los caminos de la deconstrucción de su persona creativa, de su persona pública, del artista que tendría que tomarse a sí mismo muy en serio y que tiene la “obligación” de que cada nueva creación cumpla con los estándares justos para ser venerada. El realizador del que siempre se espera un “magnum opus”. 

Afortunadamente, “Amarga Navidad” es un sólido ejercicio metafílmico que siembra en nosotros preguntas interesantes: ¿artista y obra son sinónimos? ¿Podemos dejar a la ficción sin verdad? ¿En dónde reside el valor artístico del autorretrato? ¿Puede un artista declarar las experiencias del mundo como propias? ¿Quién soy bajo la mirada del otro cuando ese otro es un artista? Y más, mucho más. La única amargura sería ser un cinéfilo férreo y no ver esta película.

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